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Wojtyla y las culpas de la Iglesia

Indro Montanelli
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19 de marzo de 2000  

MILAN

Hablo como persona perteneciente a la cultura laica -la premisa me parece obligada-, lo que significa que hablo como un hombre que en los problemas de la Iglesia e incluso en su lenguaje se siente incómodo y siempre con el riesgo de decir alguna tontería. Pero las palabras con las que el Papa ha anunciado la celebración penitencial del domingo último en San Pedro del Vaticano han dejado estupefacto incluso a un laico como yo.

Algo había presagiado, o creído presagiar, en un coloquio que mantuve hace algunos años, cenando con él en su departamento privado. Un departamento situado en un punto tranquilo del Vaticano y de cuya solemnidad parecía ser la negación.

No puedo referir los términos de la conversación porque estaba y me sigo considerando obligado a la discreción. Ninguna "revelación" desde luego, nada explosivo; se habló sobre todo de Polonia. Pero comprendí, o creí entender entonces, que aquel Papa decidido y capacitado para penetrar dentro de sí mismo iba a dejar detrás de él un montón de ruinas: las de la estructura autoritaria y piramidal de la curia romana.

Ahora me parece entender que aquella intuición vagamente catastrofista pecaba, sí, pero pecaba por defecto: las que el papa Wojtyla dejará tras de sí no son sólo las ruinas de la curia, sino de la Iglesia, o por lo menos de aquella Iglesia que desde hace dos mil años estamos acostumbrados a considerar como tal y que la llevamos, incluso nosotros los laicos, en la sangre.

Nada nuevo, pero sorpresivo

En su larga historia, la denuncia de los errores cometidos en nombre de la Iglesia no representa una novedad, aunque el uso que se ha hecho de esa denuncia en estos últimos tiempos, y que linda con el abuso, nos ha dejado un poco sorprendidos. Pero mencionar entre los propios errores, es más, incluso -si lo hemos entendido bien- entre las propias culpas también los cismas y las consiguientes excomuniones de las otras iglesias cristianas, ortodoxas y protestantes, esto a nosotros los laicos nos plantea la desconcertada pregunta: "Pero, ¿en qué quedamos...?". No es un juicio. Es -repito- un desconcierto. Pero más que legítimo, me parece.

El cardenal Ratzinger, maestro en los más sutiles distingos, ha declarado que "es para sacudir las conciencias de hoy por lo que la Iglesia reconoce las desviaciones de ayer"; pero ha tomado también, a mi entender, ciertas distancias con respecto a la iniciativa añadiendo que "la Iglesia de hoy no puede constituirse en tribunal con respecto a las generaciones pasadas".

Dos afirmaciones que me parecen muy difíciles de conciliar.

Tengo una sospecha que creo puedo confesar porque no tiene nada de blasfema, y ni siquiera de despectiva. Es ésta: que el papa Wojtyla querría devolver a la Iglesia una vocación misionera que desde hace siglos ha quedado ofuscada por la vocación autoritaria a causa del predominio de sus intereses temporales sobre los intereses espirituales; que también por eso ha pedido la ayuda de las otras iglesias cristianas, aun con el sacrificio de su propio primado, y que ahora está tratando de forzar los tiempos de este largo y según mi opinión imposible proceso porque siente próxima la muerte, de la cual no tiene miedo; sólo tiene miedo de que no le permita cumplir su misión.

Repito, no se trata más que de una sospecha.

El autor es un periodista e historiador italiano. Obtuvo el premio Príncipe de Asturias en 1996.

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