¿Y dónde están los intelectuales?

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
Cuestiona el poder, objeta el discurso dominante, provoca la discordia e introduce un punto de vista crítico
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22 de enero de 2015  • 00:50

Todos fuimos testigos del cambio, paulatino pero incesante: los medios de comunicación se poblaron de estrellas del espectáculo y profesionales de la opinión, los periodistas se dedicaron a escribir libros de divulgación histórica y los administradores de empresas y especialistas en marketing se hicieron cargo de los destinos de la industria cultural. ¿Y qué pasó, mientras tanto, con los historiadores, los filósofos, los ensayistas, los editores? Su borramiento de la esfera pública, alentada y celebrada por el espíritu de una época profundamente antiintelectual, brilla sobre todo en momentos críticos como el actual, donde cunden los atentados terroristas y las muertes sospechosas en el terreno de la alta política. A fines del año pasado se publicó un breve y sustancioso libro que intenta explicar el proceso mediante el cual todos ellos fueron desplazados del lugar de preeminencia que ocuparon durante todo el siglo XX. Se llama ¿Qué fue de los intelectuales?, y está firmado por el historiador italiano Enzo Traverso, profesor de la Universidad de Cornell y autor, entre otros libros, de La violencia nazi. Una genealogía europea y La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX.

Su borramiento de la esfera pública, alentada y celebrada por el espíritu de una época profundamente antiintelectual, brilla sobre todo en momentos críticos como el actual

Para Traverso, lo que define a un intelectual es que "cuestiona el poder, objeta el discurso dominante, provoca la discordia e introduce un punto de vista crítico, no solo en su obra sino también y sobre todo en el espacio público". El nacimiento del término (su pasaje de adjetivo a sustantivo) puede ser fechado con precisión: aparece por primera vez en Francia con el Caso Dreyfus, el 23 de enero de 1898. Trasponiendo los dígitos de aquel año, podemos establecer también su fecha de caducidad: 1989, con la caída del Muro de Berlín. "Es el momento en que concluye un ciclo histórico, que señala el triunfo del capitalismo: la democracia liberal combinada con la economía de mercado aparece como un sistema sin alternativa. La caída del muro señala el final del comunismo como gran utopía del siglo XX. A partir de entonces, el intelectual ya no es más el inventor de las utopías", señala Traverso.

Lo que este libro hace, entonces, es describir con precisión y sencillez ese camino que va de 1898 a 1989, y las causas históricas, políticas, económicas y sociales de ese desplazamiento. "Hace un siglo, el intelectual pertenecía a una elite, era miembro de una minoría que monopolizaba el saber y podía utilizarlo. Hoy, su estatuto social no es el mismo. Con el crecimiento de la industria cultural y el arribo de la universidad de masas, el intelectual se volvió un trabajador como los demás, se desclasó", asegura. Y agrega: "Además, hay una segunda razón para el eclipse de los intelectuales: su aniquilamiento por el poder de los medios. No se puede ignorar que hoy en día la palabra 'intelectual' suele designar en el lenguaje corriente a personajes mediáticos. No son expertos en temas de gobierno, ni intelectuales específicos ni investigadores, y todavía menos críticos: lejos de denunciar el poder, contribuyen a legitimarlo".

Nadie debería tener dudas, a la luz de las tensiones del mundo contemporáneo, de que esa sigue siendo una tarea indispensable.

Pero no son solo los medios de comunicación los que han decidido, según Traverso, prescindir de la compañía, la ayuda o la guía de los intelectuales en los comienzos del nuevo siglo. También se han desentendido de ellos los partidos políticos, tanto en Europa como en América latina: "Hoy en día los partidos no necesitan militantes ni intelectuales, sino ante todo gerentes de comunicación, ya que se volvieron postideológicos", dice. "Pero no estoy de acuerdo con decretar el fin del intelectual crítico, que supuestamente ya no tendría papel alguno que desempeñar...el intelectual del presente debe ser crítico y específico a la vez. La dominación, la opresión, la injusticia no han desaparecido. No podríamos vivir en este mundo si nadie las denunciara".

Nadie debería tener dudas, a la luz de las tensiones del mundo contemporáneo, de que esa sigue siendo una tarea indispensable.

Un ejemplo inmejorable de la vigencia de la necesidad de responder desde una vocación intelectual a los problemas del presente puede encontrarse en el artículo que, entre tanta indignación vacua, escribió el filósofo esloveno Slavoj Zizek sobre el atentado contra la redacción de Charlie Hebdo en París, titulado "¿Están los peores realmente llenos de intensidad apasionada?". Así, en tiempo presente, a contracorriente y a salvo de las indignaciones del sentido común, es como piensa un verdadero intelectual.

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