Coronavirus: Alberto Fernández y la peste argentina

Alberto Fernández, ante una prueba de liderazgo de primer orden
Alberto Fernández, ante una prueba de liderazgo de primer orden Crédito: Agustín Marcarián
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13 de marzo de 2020  • 10:00

Si había un plan secreto ya no sirve. Si Alberto Fernández desafiaba a los acreedores a una partida de póker, se quedó jugando al solitario. La economía mundial avanza hacia una recesión segura cuya magnitud es todavía imposible de pronosticar. Todo lo que era valioso se diluye en la psicosis apocalíptica de la pandemia del coronavirus .

A tres meses de asumir, el Gobierno que se impuso resolver rápido una emergencia heredada se enfrenta a un desastre que empieza a revelarse peor. Los países a los que Fernández viajó a pedir ayuda con la crisis de la deuda -Italia, España, Francia, Alemania- soportan un drama sanitario desconocido en la historia moderna. Ya no se puede llamar a esos teléfonos, salvo para ofrecer condolencias o comunicar -con mucho pesar- que vamos a cortar la comunicación aérea con ellos. Mucho menos se puede esperar auxilio de Donald Trump , enfocado en construir su reelección en plena explosión de contagios en su país.

Ni el Fondo Monetario Internacional (FMI) ni los bonistas tienen incentivos para tomar decisiones en estas circunstancias. Lo único seguro es que los vencimientos abultados de la deuda argentina siguen anotados en el calendario para el otoño que se avecina.

¿Otra vez el mundo nos impide a los argentinos marchar hacia el éxito? Lo vivimos a fines de los años 90 cuando el tequila, la caipirinha y otros brebajes importados arruinaron la bendita convertibilidad menemista . En 2001 los aviones que voltearon las Torres Gemelas sellaron el destino desgraciado de Fernando de la Rúa . ¿Y cómo olvidarse del "efecto jazz" que denunció Cristina Kirchner después del derrumbe de Lehman Brothers ? ¿O el "pasaron cosas" de Mauricio Macri , frustrado por la sequía y la guerra comercial China-Estados Unidos cuando en su entorno fantaseaban con quién iba a sucederlo en 2023?

Es el karma de los gobernantes autóctonos. Van de una emergencia a otra sin haber resuelto la primera. Lo urgente recomienda concentrarse en el corto plazo, incumplir la palabra, castigar a algunos en función de lo prioritario, esperar siempre una compresión ajena que no suele llegar.

Pero hay algo más que mala suerte. Las maldiciones de la naturaleza o de la geopolítica ofrecen a la política argentina la coartada recurrente a su incapacidad para resolver problemas de manera sostenible. Cuando los vientos nos empujan hacia adelante disfrutamos de la fiesta como si no hubiera mañana. El "deme dos" en Miami en la era de Menem. Los superávits gemelos que se fumó el primer kirchnerismo. El dólar libre y barato del efímero boom financiero macrista.

Es el karma de los gobernantes autóctonos. Van de una emergencia a otra sin haber resuelto la primera. Lo urgente recomienda concentrarse en el corto plazo

El daño que el coronavirus hará a la salud y la economía global puede ser hondo , pero la experiencia permite tildar de tremendista a quien anuncie una catástrofe duradera. Parece inevitable: la respuesta al desafío de la pandemia terminará por dar resultados. Aparecerá una vacuna. Se distribuirá por el mundo. Los gobiernos tomarán medidas extraordinarias para reacomodar la vida. La gente volverá a trabajar y a darse besos. Los aviones volarán. Las acciones recuperarán valor.

Pasó después de otras crisis sanitarias, de los terremotos financieros, de las grandes guerras.

La peste argentina, en cambio, persiste después de cada nuevo brote. Los desarreglos del presente se proyectan hacia el futuro. Y el diagnóstico se cristaliza: un país sin moneda, que gasta sistemáticamente más de lo que produce, que incumple contratos de manera compulsiva, que se convierte en refugio internacional para la inflación, que consiente una educación en franca decadencia y siempre propenso a una división social tóxica.

A Alberto Fernández la historia le tiende otra oportunidad de torcer ese sino angustiante. No tuvo tiempo aún de tomar ninguna decisión irreversible ni parece haber en él una obsesión con el bronce. Es un político pragmático y con años de experiencia en el poder.

Quedó de pronto ante una prueba de liderazgo . Primero con la gestión de la crisis sanitaria y, después o en paralelo, con el impulso de un programa coherente de desarrollo. Alguien debe afrontar la más elemental de las verdades: la Argentina tiene un problema grave y el culpable no está afuera.

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