Albornoz: "Hay doble discurso sobre la ciencia"

El profesor de filosofía acusa a los políticos de inconsecuencia
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28 de febrero de 2004  

"La sociedad argentina tiene dificultades con la realidad concreta. Como el contexto es adverso y las condiciones en que está el país son difíciles y dolorosas, nos liberamos por el lado del pensamiento, imaginándonos una Argentina que no existe, que tiene pocas posibilidades de existir alguna vez..."

Mario Albornoz es tan contundente en su diagnóstico como tenaz para buscar señales de aliento. Profesor de filosofía especializado en política científica y tecnológica, con estudios de posgrado en administración pública en España, investigador principal del Conicet y docente universitario, Albornoz distingue, por el lado positivo, el germen de un consenso sobre lo que hay que resolver.

Aunque se confiesa desconcertado por el gobierno de Néstor Kirchner, elogia sin reticencias la política económica y cree que el Presidente sabe interpretar, por ahora, "lo que la gente piensa de sí misma y la necesidad de autoestima de los argentinos". Dice que la convocatoria para dialogar con algunos sectores, como la comunidad científica, es auspiciosa. Sin embargo, advierte que la crisis será nuestra compañera de ruta por varios años y que los problemas axiales del país siguen sin encararse.

Cuando describe el estado del sistema científico, Albornoz -59 años, coordinador de la Red Iberoamericana de Indicadores en Ciencia y Tecnología y mención especial de los Premios Konex 2003- menciona la baja inversión del Estado y sus consecuencias, pero advierte que un aumento del presupuesto para ciencia y tecnología no será suficiente si no se enfrentan algunos déficit estructurales.

Desde el Centro Redes, la entidad sin fines de lucro que dirige, Albornoz y su equipo de jóvenes investigadores han denunciado, por ejemplo, la migración de científicos jóvenes, desalentados por la falta de oportunidades y captados por los centros de investigación de los países industrializados. Calcularon, también, que se requeriría un aumento del 71% de los investigadores existentes para abastecer las potencialidades vacantes de la Argentina. Y detectaron que el 61% de los argentinos que realizan posgrados en los Estados Unidos manifiesta interés por quedarse allí.

-¿Qué percepción tenemos en la Argentina de la ciencia y la tecnología?

-En la Argentina hay una percepción muy positiva de la ciencia como cuerpo de conocimientos que puede permitir la solución de los problemas principales de la sociedad, como una actividad en la que los argentinos somos buenos y alcanzamos cierto prestigio internacional. Sin embargo, la gente percibe que en la Argentina se hace ciencia de buena calidad, pero que no llega a aplicarse porque no hay suficiente difusión de los conocimientos científicos. No se la valora como un instrumento que, efectivamente, vaya a solucionar los problemas. En los sectores que toman decisiones acerca de la asignación de recursos públicos y privados, hay una especie de esquizofrenia: un discurso favorable a la ciencia y una práctica que la deja relegada a un sector marginal.

-¿Quiénes son responsables de ese doble discurso?

-Probablemente tenga que ver con la historia de este país, que tuvo la fantasía de ser rico hace unas cuantas décadas, que acumuló riquezas sobre la base de una renta agropecuaria que exigía poca inversión en conocimientos, ciencia y tecnología, que no resolvió nunca adecuadamente su proceso de industrialización y en el que muchos años de economía cerrada hicieron que las empresas fueran poco competitivas. Eso explica las dificultades que tenemos en los últimos años para acompañar las transformaciones que ocurren en el mundo.

-¿Hay alguna responsabilidad del lado de los científicos?

-Honestamente, creo que es menor. Los científicos, en la Argentina y en el mundo, tienen una cierta tendencia endogámica, pero en la Argentina no me parece que ése sea un rasgo predominante. En realidad, la comunidad científica viene siendo uno de los sectores más castigados por la crisis. Primero, por el empobrecimiento que sufrieron todos los sectores sociales. En la Argentina, estamos por debajo de una condición de supervivencia. Pero la crisis también castiga a los científicos de otro modo: en la medida en que no son requeridos para contribuir al desarrollo, se genera en el sistema científico una crisis de sentido. Sin embargo, lo que es absolutamente evidente es que en los últimos años las iniciativas más importantes de acercamiento de la ciencia a sectores productivos y sociales provinieron de las instituciones académicas y de los centros de investigación.

-En este estado de crisis que usted describe, ¿cómo se explica que el sistema siga formando científicos tan requeridos en el exterior y tan buenos cuando trabajan aquí?

-Se explica porque el sistema científico argentino tiene tradición y tiene excelencia. Los científicos que están incorporados a las instituciones científicas, en general, no se van. Están protestando, de mal humor, pero defienden sus instituciones. Se van los jóvenes, los que no consiguen incorporarse al sistema. Por otra parte, la producción de la ciencia argentina medida en las principales bases de datos del mundo ha ido aumentando en estos años, a pesar de que el financiamiento ha caído. Es una comunidad científica que todavía tiene una clara idea de lo que es la excelencia y es absolutamente consciente de que se debe defender a la ciencia. El sistema científico tiene buena gente y tiene la capacidad de seguir formándola. Lo que no hay es una organización que dé una oportunidad para quedarse en el país, o para irse y luego reincorporarse.

-¿Existe una política activa de captación de recursos humanos por parte de los países industrializados?

-Sí, la migración no sólo responde a problemas nuestros. Hay un desnivel en la concentración de la riqueza en el plano internacional que hace que existan oportunidades en otras partes que no hay acá. Los países industrializados tienen déficit de profesionales y la Argentina es uno de los países proveedores de materia gris. No somos el mayor proveedor. En realidad, en los Estados Unidos antes que a los argentinos prefieren a los asiáticos. Pero la migración argentina es, dentro de América latina, la que tiene la proporción más alta de recursos humanos altamente formados.

-¿Hay conciencia del riesgo que ese éxodo supone?

-La sociedad argentina tiene dificultades con la realidad concreta. Se piensa la Argentina desde posiciones ideológicas, ideas preconcebidas, visiones románticas. El debate universitario es, claramente, así. Como no se puede discutir sobre lo concreto, se discute sobre arquetipos ideológicos y visiones románticas del pasado que fue.

-El país se construyó como tal en una época romántica.

-Sí, y como parte de la creación de un país moderno se construyeron mitos de apuro, para generar la identidad nacional.

-¿Cree que estamos viviendo una revalorización de algunos mitos nacionales con el gobierno de Kirchner?

-No lo sé. El gobierno de Kirchner me desconcierta. Lo que sí creo es que, como rasgo general, la sociedad argentina está cambiando. Me parece que hay muchísima mayor percepción de los problemas. Si las crisis en profundidad como la que estamos viviendo tienen algún lado positivo es que hacen que la gente empiece a tomarse las cosas en serio. Me parece que el gobierno de Kirchner es una expresión bastante clara de esta etapa de la sociedad argentina. El nivel de sintonía del Gobierno con la sociedad, y viceversa, es muy alto. No es sólo la aprobación de la gestión de Kirchner, sino que la gente se ve reflejada en sus políticas. La retórica y la gestualidad de Kirchner representan lo que la gente piensa de sí misma, y de ahí viene su nivel de adhesión, quizá más que de las medidas concretas.

-¿Qué papel juegan los medios de comunicación en esta adhesión? ¿Construyen una realidad o reflejan un estado de ánimo?

-El papel de los medios en la formación de un estado de ánimo es muy importante, y así se está comprobando aquí. Sin embargo, no creo en la omnipotencia de los medios, en el sentido de que puedan construir realidades ficticias o de que, si en un momento lo hicieran, esto fuera sostenible en el tiempo. Vea lo que pasó con la fascinación del gobierno de De la Rúa por las campañas de imagen. Se lograron golpes de efecto, pero no alcanzó con eso. En una sociedad informativamente abierta, como afortunadamente es la argentina, los medios tienen gran influencia, pero, en definitiva, creo que reflejan los estados de ánimo sociales. A la gente le gusta que Kirchner sea firme frente al FMI, a los acreedores y a las empresas privatizadas, porque piensa que durante muchos años hemos estado a merced de ellos. Esto los medios lo captan y lo reflejan, pero no creo que tengan el poder de crearlo.

-¿Cree que esta adhesión al Presidente es en realidad la adhesión a un discurso?

-No sólo a un discurso, sino a una imagen, a una gestualidad, a una manera de plantarse. Kirchner ha entendido muy bien la necesidad de autoestima de los argentinos, de cómo pararnos frente al mundo. Es una fase muy superior al ingreso en el Primer Mundo por decreto, o a las relaciones carnales. Ahora sí, efectivamente no es una posición decantada. Habrá que seguir viendo cómo evoluciona. Todavía los problemas básicos no han sido resueltos.

-¿Cuáles son, a su juicio?

-En primer lugar, la Argentina tiene que definir cuál será su perfil productivo, cómo va a hacer para generar valor económico. Estamos colaborando con la Secretaría de Ciencia y Tecnología en un plan estratégico, y hasta ahora las tendencias macroeconómicas son muy preocupantes. La tasa de crecimiento necesaria para empezar a revertir el desempleo y generar trabajo requeriría políticas muy activas, y no son fáciles de poner en práctica. La segunda cuestión por resolver es la crisis social. Nos hemos acostumbrado a decir que somos distintos del resto de América latina, pero en realidad hace muchos años que somos iguales a los peores países del continente. Es uno de los tantos mitos románticos de la Argentina. En tercer lugar, tenemos que solucionar la cuestión del conocimiento. La Argentina no puede seguir haciendo planes para salir de la crisis agregando tres páginas de ciencia y tecnología en sus planes estratégicos. Tiene que articular la educación y la inversión en el conocimiento. Y el otro problema es la reconstrucción de las instituciones. No hay una cultura institucional importante en la Argentina.

-¿Qué deberíamos imitar, y a qué países?

-No hay un único país al que nosotros podamos mirar como referencia. Recuerde la famosa tipología hecha, irónicamente, por Samuelson, en la que Japón y la Argentina constituían, cada uno, una categoría en sí mismos. Desde hace muchos años, la Argentina es un enigma casi indescifrable. Por eso no hay un país de referencia al que debamos mirar, porque casi ninguno tiene el balance de problemas y recursos que nos caracteriza. Sin embargo, podemos aprender muchas cosas. En la definición de un perfil productivo, Chile tiene cosas para enseñarnos. En el manejo de la crisis social hay muchos ejemplos. Pienso en el desempleo español de los primeros años de la democracia. Hasta muy avanzados los años setenta, España era un país de emigración hacia Europa. Hoy se ha revertido esa situación y somos nosotros los que exportamos mano de obra a España. En la cultura institucional, yo trataría de aprender mucho de Francia, de los países escandinavos y, en general, de los anglosajones. En el problema del conocimiento científico, miraría a Brasil, un ejemplo muy cercano de buenas prácticas. Si se trata de fortalecer una opción como la informática, creo que Irlanda y la India han aplicado políticas que deberíamos mirar con cuidado.

-¿Qué expectativas le genera el modelo económico del Gobierno?

-La política económica que puso en práctica Lavagna durante la gestión de Duhalde y que se ha profundizado con la de Kirchner merece un elogio sin reticencias. Sin embargo, el "modelo" al que se refiere la pregunta todavía no está definido. Por una parte, porque no se ha cerrado la negociación por la deuda. Por otra, porque no se ha alcanzado un acuerdo entre los principales actores acerca del camino más adecuado para alcanzar un desarrollo sustentable. Esta es la discusión que es necesario realizar en profundidad.

-En las encuestas sobre sus preocupaciones, la gente habla del desempleo, de la inseguridad, de lo más inmediato. ¿Somos incapaces de pensar en el largo plazo?

-Tenemos una dificultad para pensarnos en el largo plazo de manera no romántica. Pensar que la Argentina está fuertemente condicionada por el contexto internacional se toma como antiargentino. Muchas veces, como los contextos son adversos y como pensar en las condiciones reales en que está el país es difícil y es doloroso, podemos liberarnos imaginándonos una Argentina que no existe, que tiene pocas posibilidades de existir alguna vez. No podemos pensar que vamos a generar empleo a paladas en los próximos años. Vamos a convivir largo tiempo con la crisis y tenemos que tener estrategias para eso. Además, debemos aprender a gestionar. La gestión ha sido infravalorada en los últimos años, o se ha convertido en una tecnocracia vaciada de pensamiento utópico. Una gestión sin utopías no soluciona los problemas, pero las utopías que se construyen sin cable a tierra no modifican la realidad.

-¿Qué opina de la gestión del rector Guillermo Jaim Etcheverry en la UBA?

-Guillermo es un intelectual brillante, un hombre honesto y, en lo personal, un buen amigo. Es pronto para opinar, pero, por no eludir la pregunta, le diría que el problema de la UBA es mucho más complejo que el de tener un buen rector. Además, pienso en la gestión de Jaim Etcheverry como de transición, y con esto no le quito importancia, sino que se la aumento, porque las transiciones son difíciles de gestionar. En ese proceso, el rector debe señalar rumbos, aunar voluntades y mantener el rumbo con firmeza. Supongo que eso es lo que está haciendo, pero no lo puedo afirmar porque, como le decía, hoy no estoy en la UBA.

-Para reconstruir la autoestima como país ¿hace falta apelar a mitos, construir una utopía?

-Sí hace falta construir una utopía, pero las utopías tienen que estar vinculadas con caminos posibles. Las utopías son movilizadoras si señalan un rumbo en el que tiene sentido caminar; dibujan una meta que está lejos, pero sabemos que cuando lleguemos vamos a alcanzar alivio para la gente. Si no, la utopía significa evasión de la realidad.

-¿Cuál es su utopía en la Argentina actual?

-En este momento la utopía debe ser construida sobre bases ética,s y la sociedad en su conjunto está tratando de hacerlo. Los argentinos nos debemos una sociedad justa. Para lo que tiene sentido que trabajemos es para que en esta sociedad no haya cartoneros, ni chicos revolviendo la basura, ni hambre ni miseria. Eso es un imperativo ético, y es la gran utopía. La utopía no depende tanto de la inspiración de un gran iluminado, de una gran idea genial, sino de un sentimiento ético compartido para construir una sociedad mejor. La ciencia hoy en la Argentina es uno de los elementos que permiten que esa utopía ética se pueda alcanzar. A través de un esfuerzo científico importante, se pueden empezar a encontrar soluciones que necesitamos para darle vivienda y salud a la gente, generar empresas y todos los valores agregados que se necesitan. 

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