Alejandro Catterberg: "En el Gobierno hay una falta de visión, de plan y de relato"

Alejandro Catterberg, director de Poliarquía
Alejandro Catterberg, director de Poliarquía Fuente: LA NACION
Astrid Pikielny
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11 de octubre de 2020  • 01:08

Cansada. Exhausta. Preocupada. Pesimista. Así describe Alejandro Catterberg a la sociedad argentina atravesada por una larga crisis económica, pero ahora, además, golpeada por la pandemia y la cuarentena. El analista político y director de la consultora Poliarquía no desconoce el volumen político de la vicepresidenta ni las confrontaciones internas en el Frente de Todos ni que Alberto Fernández sea un presidente "muy condicionado" por cuestiones internas y externas, pero a diferencia de los que cargan en Cristina Kirchner la responsabilidad por el momento que atraviesa la Argentina, Catterberg advierte sobre los problemas de gestión del Presidente y su gabinete.

"El problema no es solo la conflictividad interna y la falta de un rumbo claro sino además, la falta de gestión o una buena gestión, las demoras e impericias, y algunas malas decisiones por parte del Presidente y su equipo de gobierno en los últimos meses", opina. Y eso deja a la Argentina en un "atolladero".

En este contexto, el principal desafío, dice Catterberg, es conseguir credibilidad. "Hay una falta de visión, de plan, de relato. Este es un gobierno carente de relato, carente de historia, carente de promesa que permita pensar que las cosas van a mejorar. Y esa ausencia genera una desconfianza muy alta". Ese relato ausente en el gobierno nacional -dice- es lo que sí encuentra lugar en La Cámpora.

-A siete meses del inicio de la cuarentena y con un regreso paulatino a las actividades, a pesar del alto índice de contagios, ¿cómo describe el humor social?

-El contexto social muestra a los argentinos en un estado de alto nivel de preocupación y de cansancio. Es una sociedad exhausta como consecuencia no solo del coronavirus: la pandemia y la cuarentena profundizaron una tendencia que en las encuestas ya se venía viendo hace tiempo relacionada a la falta de crecimiento económico y la falta de progreso personal. En Poliarquía tenemos el Índice de Optimismo Ciudadano que trata de capturar justamente si en la sociedad predomina el optimismo o el pesimismo. Ese índice muestra que durante los últimos 8 años, salvo algunos pocos períodos de meses excepcionales, siempre predomina el pesimismo. Este va a ser el tercer año consecutivo de recesión, alta inflación y pérdida muy profunda de poder adquisitivo. En abril de 2018 el dólar costaba 16 pesos, ahora cuesta 160. Entonces, hay un contexto preocupante y la gente se manifiesta con poco apoyo a la clase política en general. Hoy básicamente hay solo tres dirigentes políticos a nivel nacional que tienen un consenso social superior al 40%. El resto no alcanza un número relevante de apoyo.

-¿Quiénes son esos tres?

-Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal. Independientemente de quiénes sean, esto demuestra que hay muchos dirigentes políticos de distintas fuerzas que no tienen buena imagen como consecuencia del desgaste. Es una sociedad que como característica, además, tiene dos minorías muy intensas políticamente, con visiones muy distintas del país y cuyas posiciones se han vuelto cada vez más antagónicas sobre muchísimos aspectos de la organización económica, social y política.

El peligro mayor del sistema argentino no es que aumente la intensidad de la conflictividad entre las minorías y la grieta, sino que la mayoría silenciosa deje de ser silenciosa y el sistema tambalee
Alejandro Catterberg

-¿Este panorama en los indicadores se asemeja a algún otro momento de la Argentina?

-Hay muchas analogías que se empiezan a hacer con el 2001. Todavía, incluso en nuestros indicadores, no estamos en esa situación. Pero en términos de preferencias cuantitativas, nosotros en las encuestas preguntamos por muchos indicadores que tienen que ver con cómo está el país -cómo está usted, cómo está su economía, cómo va a estar el futuro del país- y cuando uno mira estos indicadores, hoy esos valores están igual o peor que el peor momento de los ocho años de Cristina Kirchner. O sea, podríamos hacer la equivalencia con 2008-2009, que fueron años de mucha recesión, crisis política y mucha confrontación, pero esos indicadores de evaluación de la sensación económica, social y personal no están todavía como estaban en el último año y medio del gobierno de Mauricio Macri, que alcanzó valores peores. Y están aún más lejos de los valores de lo que fue 2001 y 2002.

-¿Cuál era la popularidad y el nivel de imagen de Alberto Fernández en el arranque de la cuarentena, que fue altísimo y cómo está hoy?

-Es uno de los dirigentes con más del 40%, pero ha ido perdiendo apoyo. Arrancó con niveles de apoyo social de alrededor del 60%, no muy distinto con el que arranca cualquier presidente luego de haber ganado una elección y haber llegado al poder. No muy distinto al nivel de apoyo con el que arrancó Macri, por ejemplo. En un primer momento, la pandemia le dio un shock de popularidad muy marcada no solo a Fernández sino a la mayoría de los dirigentes que tenían responsabilidad de gestión en este contexto, porque también los gobernadores y los intendentes tuvieron ese aumento de popularidad en el inicio de la pandemia. Y dos meses después el proceso social empezó a revertirse de forma acelerada.

-¿Cuáles fueron los motivos de la pérdida de popularidad del Presidente?

-Eso está en sintonía con el cambio de discusión de la agenda política, con la pérdida de resultados de las medidas que fue tomando, y también, con el cambio en la forma en la que se mostraba el Presidente: al principio se mostraba conciliador, moderado y superador de la grieta con conferencias de prensa que medían 50 puntos de rating, como la final de un Mundial de fútbol. Cada 15 días tenía una vidriera de 40 o 50 puntos de rating en donde ofrecía un perfil más conciliador. Eso fue desapareciendo. Ese atributo que Alberto Fernández había logrado construir todavía no desapareció del todo, pero se ha ido diluyendo a medida que las condiciones económicas y políticas lo han ido acercando más a una agenda impuesta por Cristina Kirchner. Hay una grieta y una polarización que había estado anestesiada y que revivió rápidamente; y eso contribuyó a la pérdida de la popularidad que había ganado. A eso yo le sumo condiciones económicas que se fueron complicando y medidas sanitarias cuyos resultados hoy no son para nada satisfactorios.

El problema no es solo la conflictividad interna y la falta de un rumbo claro sino además, la falta de gestión o una buena gestión, las demoras e impericias, y algunas malas decisiones
Alejandro Catterberg

-¿Cuál es el mayor desafío de Alberto Fernández hoy y cuál es su mayor dilema?

-En cierto sentido, son los mismos. El mayor desafío de Alberto Fernández es conseguir credibilidad. Hoy los tomadores de decisiones, los inversores y un sector muy grande de la sociedad argentina, no creen o no tienen confianza. No perciben un plan y un camino por el cual la economía argentina puede salir del atolladero en donde está. Hay una falta de visión, de plan, de relato. Este es un gobierno carente de relato, carente de una historia y de una promesa de que las cosas van a mejorar. Y esa ausencia genera una desconfianza muy alta.

-¿Cuál cree que es la causa de esa ausencia?

-Tiene que ver con algo que no está resuelto -y yo no sé si tiene solución- y que es el problema fundacional de este gobierno: la relación entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner y la relación entre los distintos sectores del peronismo. No se sabe cómo es el proceso de toma de decisiones del país y no se sabe quién tiene la última palabra sobre los temas, como es evidente en las contradicciones al interior de la coalición de gobierno y que abarcan un montón de temas. Ahí es donde pareciera que este es un gobierno que está atrapado, condicionado, y no se advierte cómo va a hacer para evitar vivir constantemente en este círculo de dudas, confrontaciones internas y parálisis que esto genera.

-¿En qué medida cree que para preservar la coalición el Presidente pone en riesgo la gestión y el gobierno que encabeza?

-Es que si preservar la coalición implica una ausencia de dirección y rumbo del Gobierno -evitando las tensiones y rupturas y no dando debates internos para que haya una definición-, el destino del Gobierno es muy malo. Y eso genera constantes y mayores crisis. El problema que tiene este gobierno no es solo cómo se toman las decisiones entre los dos sectores del peronismo sino también, los graves problemas de gestión del Presidente y de su gabinete. El problema no es solo la conflictividad interna y la falta de un rumbo claro sino además, la falta de gestión o una buena gestión, las demoras e impericias, y algunas malas decisiones por parte del Presidente y su equipo de gobierno en los últimos meses.

-Usted no cree, como creen algunos, que se pueda responsabilizar exclusivamente a Cristina Kirchner.

-De ninguna manera. Yo creo que el problema principal es que Cristina Kirchner eligió a las dos personas que terminan teniendo los dos cargos más altos del país: el Presidente y el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Ese para mí es el problema principal. Pero a eso se suma que hay claramente problemas de gestión en el gobierno nacional.

-Algunos dicen "gobierna Cristina", otros que dicen que "es un gobierno bifronte" y algunos dicen que "Alberto es el Presidente, es el que tiene que tomar las decisiones y construir su poder".

-Es un presidente que está muy condicionado. También hay que entender que ya antes de la pandemia y el coronavirus los márgenes de maniobra con los que Alberto Fernández contaba eran muy pocos porque estaba muy condicionado por el contexto económico argentino, por la situación social, por una grieta muy presente y por el contexto internacional. A todo eso se sumó la cuarentena y a todo eso se sumó, además, que Cristina Kirchner tiene una cuota de poder muy importante: es la socia principal de la coalición de gobierno. Los márgenes de maniobra con los que contaba y cuenta el Presidente son muy escasos. Mi impresión es que el plan original de Alberto Fernández era ser lo más moderado que se puede ser cuando uno es socio de Cristina Kirchner y del kirchnerismo. En esa moderación estaba implícito dar señales de responsabilidad fiscal, negociar con los bonistas, negociar un acuerdo con el Fondo Monetario, estabilizar la economía y, una vez que la economía estuviese estabilizada, teniendo el poder que en la Argentina concentra el sistema híper presidencialista, ir ganando espacio político interno dentro de la coalición de gobierno. Ahora, para mí ese plan quedó trunco cuando estalló el coronavirus porque la crisis que trae la pandemia rompe esta idea de que la economía va a estar determinada por lo que se haga políticamente.

-¿Cómo es eso?

-A partir del coronavirus la situación económica quedó determinada por el nivel de crisis económica ligada a la pandemia. Entonces, la pregunta se revierte: dado que vamos a tener un nivel de crisis económica como el que estamos viendo y vamos a ver por delante, ¿es posible que esa crisis económica conviva con una moderación política? ¿O esa crisis económica nos va a llevar a la radicalización y la profundización de la política? Y evidentemente lo que quedó demostrado es que en un contexto de crisis económica el plan de la moderación política tiene corta vida.

El problema fundacional es la relación entre Fernández y Cristina Kirchner y la relación entre los distintos sectores del peronismo. No se sabe cómo es el proceso de toma de decisiones
Alejandro Catterberg

-¿Qué refleja la imparable suba del dólar?

-El contexto económico argentino es muy difícil, la falta de credibilidad que los mercados y los inversores tenían en el regreso del peronismo y del kirchnerismo al poder era muy profunda, pero el tipo de economía que Argentina podía ver es muy distinta al que estamos viendo por esta crisis. Estamos frente a caídas muy profundas del producto, de la producción, del empleo. Entonces, claramente acá hay una consecuencia muy clara de la pandemia: la crisis económica no es generada por la política, pero este cuadro político no contribuye a apaciguar los efectos, sino todo lo contrario, los profundiza. La desconfianza aumenta y eso, a su vez, genera mayores tensiones. Además, lo que el kirchnerismo ha demostrado siempre frente a momentos de tensiones, debilidad y dificultades es que no suele moderar y negociar sino pisar más a fondo el acelerador. Mientras los argentinos ven sus preocupaciones vinculadas a la pandemia, a la economía, a la pérdida de empleo, a las crecientes tasas de criminalidad, la política y el Gobierno debaten temas totalmente alejados a la realidad de los ciudadanos medios.

-En la Argentina hoy existe un bicoalicionismo. ¿Qué similitudes y qué diferencias encuentra en el Frente de Todos y Juntos por el Cambio en tanto ambos espacios han tenido que administrar sus tensiones, sus críticas y la convivencia interna entre sectores que tienen posicionamientos políticos-ideológicos distintos?

-Es un dato alentador para el sistema político argentino que se haya reconstruido el bipartidismo, en este momento expresado en un bicoalicionismo. O sea, en las elecciones del año pasado, las dos principales fuerzas electorales consiguieron el mayor porcentaje de votos sumados desde 1983. Y, además, lo que se había roto en la Argentina era sobre todo la representación de las clases medias urbanas, que entre 2002 y 2015 casi carecieron de una representación o de una fuerza unificada que los representara. Entonces, la consolidación de Cambiemos, a pesar de haber sido derrotado en una elección nacional -pero obtuvo el 40%, gobierna varias provincias, gobierna municipios, tiene la mayoría en la Legislatura bonaerense, tiene un porcentaje muy significativo en el Congreso nacional- me parece en sí mismo es un dato muy positivo. En cuanto a las comparaciones, creo que acá hay un tema muy claro y que es que en Cambiemos, durante la presidencia de Macri, había un liderazgo claro y había un rumbo y una promesa marcada. Había sectores de la sociedad que les gustaba más o menos, pero se entendía quién era que tenía la última palabra, quién era el que marcaba el camino por seguir. En esta situación actual, eso está ausente. En las dos coaliciones hay líneas más conciliadoras y líneas más confrontativas, pero me parece que, a diferencia de lo que ocurría en los cuatro años de Mauricio Macri o en los ocho años de Cristina Kirchner, donde también había un liderazgo muy claro y un rumbo muy claro, hoy el gobierno de la coalición peronista-kirchnerista carece de rumbo, promesa y liderazgo claro.

El dato interesante es que por primera vez desde que existe Cambiemos, no hay un liderazgo claro. Siempre hubo un líder muy claro, Mauricio Macri; y sobre todo adentro del Pro. Eso ya no es así
Alejandro Catterberg

-Usted se refirió a dos minorías intensas. ¿Qué sucede con "la mayoría silenciosa"?

-Primero, no es un fenómeno exclusivo de Argentina. Se da en muchas democracias del mundo en donde los sectores sociales minoritarios -pero muy activos y polarizados- condicionan a los dirigentes políticos, y su vez los dirigentes políticos utilizan y profundizan esa dinámica para consolidar un núcleo duro de votos que le permitan condicionar al resto del sistema. Eso es lo que hemos visto con Cristina Kirchner cuando quedó afuera del Gobierno: nunca rompió su piso del 25% de apoyo y con ese 25% de apoyo Cristina Kirchner era la principal fuerza del peronismo. No había ningún otro dirigente en todo el peronismo que pudiera desplazarla, y a partir de eso, y cómo de se dieron las circunstancias en el gobierno de Macri, eso le permitió volver al poder. Hoy lo que a mí me preocupa en particular en la sociedad argentina es la disociación que hay entre sus problemas, sus demandas y el debate público.

-¿En qué sentido?

-Creo que el sistema debería tener recaudo y que esas disociaciones no se profundicen porque lo que se podría estar preparando un escenario en donde, en algún momento, ese mal humor y esa desconfianza se expresen en un "que se vayan todos", o en el apoyo a algún outsider que capte ese mal humor generalizado del votante medio argentino. Tal vez el peligro mayor del sistema argentino no es que aumente la intensidad de la conflictividad entre las minorías y la grieta: el peligro mayor es que la mayoría silenciosa deje de ser silenciosa y el sistema tambalee.

-¿Y cómo ve a la oposición?

-En la Argentina se consolidó una alianza y una coalición partidaria que representa a un sector social muy importante. Cambiemos, en el contexto tan negativo que enfrentó en la elección, logró el 40%. Eso, más el hecho de que el Gobierno actual tenga dificultades enormes que probablemente continúen, es un incentivo muy grande para que las tensiones internas que hay dentro de la coalición opositora queden minimizadas y no se produzcan quiebres. El dato interesante es que por primera vez desde que existe Cambiemos, no hay un liderazgo claro. Entonces, cuando haya que tomar decisiones sobre posicionamientos políticos de Cambiemos, candidaturas, mensaje y campaña electoral, se va a poner a prueba a la coalición: es la primera vez que se rompió el verticalismo interno y hay muchos liderazgos diferentes que tendrán que coincidir en cómo mostrar un mensaje unificado.

-Ahora, para el gobierno nacional parece haber sido más difícil administrar el "fuego amigo" que relacionarse con la oposición.

-El problema del Gobierno no es que tenga una oposición que le tire tres toneladas de piedras y fuerce violentamente la caída de un tratamiento legislativo importante. Hoy el Gobierno tiene problemas mucho mayores que la oposición. El problema no es solo la relación Alberto Fernández-Cristina Kirchner, el problema es que claramente hay al menos dos sectores muy marcados dentro del peronismo, y uno de ellos es La Cámpora, que es posiblemente la organización política con la estructura más fuerte del país y tiene un objetivo de seguir avanzando en ocupar espacios cada vez mayores en el mapa del poder político argentino. La Cámpora es una organización que ha ido creciendo, tiene un liderazgo marcado, tiene una estructura, tiene militancia, tiene jóvenes que se involucran, tiene financiamiento y han, además, empezado a ocupar cada vez más posiciones de gestión. Ya manejan gobiernos provinciales, manejan intendencias, tienen 15 senadores, tienen más de 30 diputados y tienen control de cajas políticas en el Gobierno nacional. Ahí hay una estructura de poder muy sólida dentro del partido peronista frente a intendentes y gobernadores de otros sectores del peronismo. Y además tiene lo que decíamos antes que carece el Gobierno: La Cámpora tiene una narrativa, tiene un relato.

-¿Y a Máximo Kirchner lo ve como un sucesor posible? ¿A Axel Kicillof?

-Yo creo que hay un proyecto de poder en Máximo Kirchner, en La Cámpora, en Kicillof y hay, en Cristina Kirchner, un proyecto de consolidar una generación política que se referencie en ella y ocupe el poder en el país en los años por venir. No sé si eso será en la figura de Máximo Kirchner o de Kicillof o de otra persona. Creo que la agenda de Cristina Kirchner está dominada básicamente por generar una consolidación de una fuerza como La Cámpora y una generación política que se referencie en ella: trabaja y se mueve para eso. Y el segundo elemento de su agenda es todo lo vinculado a la reivindicación de su gestión. Hoy tenemos una vicepresidenta que parece más preocupada por reivindicar lo que fue su agenda de ocho o diez años atrás que por los problemas actuales de la Argentina; es una vicepresidenta que está preocupada por mejorar su situación judicial, conseguir cierto nivel de revancha judicial por lo que ella considera fueron acusaciones falsas contra ella y su familia y reivindicar y corregir los sectores de los medios de comunicación y de la Justicia que ella considera que actúan dentro de lo que llama el lawfare. En su agenda no está la economía y no está el coronavirus. Nadie ha escuchado a la Vicepresidenta hablar sobre los temas que están hoy son cruciales en la sociedad argentina.

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