Alfonsín y Menem buscan la recuperación del poder

Joaquín Morales Solá
El radical se armará fuera del Senado; la puja del peronista
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27 de junio de 2002  

Raúl Alfonsín y Carlos Menem, los dos ex presidentes más influyentes desde la restauración democrática, están volviendo. ¿Alfonsín también? Cada vez que el ex mandatario radical se va de algún lugar partidario o institucional lo hace con el propósito de recobrar fuerzas y volver a la política. Su adiós es siempre temporario.

Menem suele decir que quien aspira a la presidencia debe ser primero presidente de sí mismo; esto es, tener confianza en su propio destino más allá de las dificultades del presente. Cumplió otra vez con esa premisa cuando lanzó su actual candidatura sin tener en cuenta los altos índices de rechazo en vastos sectores sociales.

Algunas cosas unen a ambos líderes: los dos tienen problemas con las mediciones de opinión pública, pero los dos han decidido no renunciar a la política. O, dicho de otra manera, no abandonarán la búsqueda del poder.

Hay otro paralelismo entre ellos y se refiere a la claridad con la que plantean sus posiciones, sean éstas compartidas o no. Alfonsín ha dicho que su partido debe acompañar al gobierno de Eduardo Duhalde hasta el fin de su mandato y dos ministros radicales (el de Defensa y el de Justicia) integran el actual gobierno.

La confrontación fundamental de Alfonsín con Rodolfo Terragno y Federico Storani es porque éstos prefieren mostrarse más distanciados del gobierno de Duhalde. Aducen que la coalición gobernante podría llevar a la UCR la cosecha electoral más magra de su historia.

"Se es opositor o se es oficialista. Nunca he dicho ni o so ", replica Alfonsín. Mientras sus dos oponentes internos aspiran a calentar los motores electorales rápidamente, el ex presidente quiere estirar los tiempos antes de que llegue el inexorable domingo de elecciones.

El Senado es una jaula para Alfonsín. En otra vocación que sólo la comparte con Menem, el ex mandatario radical está dispuesto a recorrer el interior del país, meterse en comités de mala muerte y pasar horas conversando con dirigentes alejados de los principales centros urbanos de la Argentina. La mayoría de los dirigentes políticos detesta esos trajines. Alfonsín reconstruyó siempre con esa militancia su liderazgo partidario.

Hay, sin embargo, una notable discrepancia entre ellos y refiere a la actitud frente a la pelea pública. Sin duda, una de las razones de la renuncia de Alfonsín al Senado fue el convencimiento de que algunos senadores radicales -y otros no radicales- le pegan a él para conseguir que los reflectores políticos los alumbren. Se fastidia con Terragno, con Vilma Ibarra y con Cristina Kirchner.

Menem, en cambio, no sólo acepta el pugilato público, sino que lo convoca. Desde Adolfo Rodríguez Saá hasta Elisa Carrió, no ha dejado un solo contendiente sin réplica. Sabe que las fulguraciones de la pelea lo empujan al escenario. La propia actitud de cautela de Menem frente a Duhalde es más producto de su necesidad interna dentro del PJ que de su espíritu. Pero llegará el momento, más pronto que tarde, en el que saldrá a confrontar con el actual presidente, que es lo que realmente le gusta.

En la interna del PJ, Menem tiene, como Alfonsín, un mensaje claro. En contraposición con una evidente falta de propuestas hacia el futuro, el ex presidente peronista maneja cuatro o cinco ideas (alineamiento con los Estados Unidos, dolarización, regionalización del país y disminución a una cuarta parte del número de legisladores nacionales) con las que insiste sin dar grandes precisiones.

Esos proyectos, entre tanta carencia de ideas, explican tal vez la mejora que Menem experimentó en encuestas últimas. Debe reconocerse, también, que Menem y Rodríguez Saá son los únicos candidatos peronistas lanzados a la campaña electoral.

El más peligroso adversario de los dos es el gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, pero lo es sobre todo de Menem. Reutemann, que no se ha decidido aún a lidiar por el poder presidencial, tiene las mismas características ideológicas de Menem y convoca la misma confianza de importantes sectores de poder económicos e internacionales.

Reutemann es para Menem lo que Terragno podría significar para Alfonsín; el fantasma del relevo es, siempre, un espectro muy aborrecido por los jefes políticos.

Con todo, Duhalde es el centro de la mayor divergencia entre Menem y Alfonsín. El ex presidente radical prefiere preservar al gobierno de transición, porque en el fondo coincide con los planteos económicos de Duhalde y con sus renuencias a aceptar fácilmente las presiones internacionales.

Menem está obligado a preservar el gobierno de Duhalde. Ha recibido un mandato del sentido común que interpretan los gobernadores del PJ: "No se peleen más", les han pedido. Los líderes provinciales le reclamaron a Menem otro gesto: quieren que cualquier solución política incluya una salida honorable para Duhalde.

Más que por sensibilidad humana, se trata de una táctica electoral. Para ellos, Duhalde es el único dirigente bonaerense que podría abroquelar en una sola posición a todo el peronismo de la provincia de Buenos Aires. "Si depende de mí, tendrá un puente de plata", ha prometido Menem. Alfonsín salió del Senado para hacer algo muy parecido en el radicalismo: contener y tejer para que los radicales no se vayan detrás de Carrió o de Ricardo López Murphy. El poder como objetivo, aunque entendido de manera diferente, es lo que está impulsando a los dos.

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