Ante el desafío de no desoír a la ciudadanía

Rosendo Fraga
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6 de mayo de 2003  

El 18 del actual será la primera vez en la historia argentina que tiene lugar la segunda vuelta de una elección presidencial. Quien gane habrá obtenido una mayoría de opción que si bien le permitirá gobernar no deberá dejar en el olvido el resultado de la primera vuelta, que ha sido el mensaje primario de la ciudadanía.

Una primera lectura puede ser la histórica. Ella muestra que nunca el primero en una elección presidencial estuvo por debajo del 25% de los votos, con un electorado dividido entre diferentes candidatos y con sólo una diferencia de 10 puntos respecto del quinto. Este resultado muestra una sociedad más pluralista y diversa, que no entrega mayorías electorales como en el pasado -sobre 17 elecciones presidenciales realizadas en la Argentina en el siglo XX 16 se ganaron por mayoría ya fuera con colegio electoral propio o en primera vuelta- y que no está dispuesta a otorgar mandatos para nuevos liderazgos hegemónicos, como fueron los de Perón o Yrigoyen, o mayoritarios, como los de Alfonsín y Menem.

La concurrencia a votar fue alta dado el descrédito de la política, ya que votó el 77,6% del padrón electoral, -1,9 punto por debajo del promedio registrado desde el restablecimiento de la democracia, en 1983-, y el voto positivo por candidatos fue del 75% del padrón total, 17 puntos más que en la elección legislativa de 2001. Esta nueva situación para la política argentina dará mayor prioridad a acuerdos, coaliciones y consensos antes que a la impronta del liderazgo personalizado.

La lectura política ratifica la dispersión y pluralidad de una sociedad compleja y en proceso de cambio. Políticamente, compitieron tres justicialistas (Menem, Rodríguez Saá y Kirchner) y tres radicales o ex radicales (López Murphy, Carrió y Moreau), asumiendo que mientras el PJ está dividido, la UCR, en proceso de diáspora.

Ideológicamente se presentaron dos candidatos con programas económicos de mercado (Menem y López Murphy), otros dos con propuestas más estatistas (Carrió y Kirchner) y otros dos más populistas (Rodríguez Saá y Moreau). Pero en términos de cultura política, compitieron cuatro populistas -los tres justicialistas más Moreau- y dos liberales (López Murphy y Carrió). Esta última representando un liberalismo más progresista y el anterior más centrista. Menem encarna un populismo de centro-derecha, Kirchner otro de centroizquierda y Rodríguez Saá, al igual que Moreau, uno que puede ser denominado como clásico. Ninguna de estas expresiones llegó a un cuarto de los votos y ello plantea la riqueza y complejidad de una sociedad más plural.

Visión sociológica

Pero una visión más sociológica de la elección permite una mirada más escéptica sobre el resultado electoral del 27 de abril. El voto por el PJ, en los hechos el populismo, creció del 38% al 60% -sumando sus tres candidatos-, mientras que el voto por las expresiones no justicialistas bajó del 58% a sólo un tercio, comparando los resultados de la última elección presidencial con la precedente que tuvo lugar en 1999. En las 23 provincias ganaron candidatos del PJ y sólo en la Capital se impuso un no justicialista (López Murphy). La decisiva ventaja que obtiene Kirchner en la provincia de Buenos Aires -que es el 38% del electorado-, y más concretamente en el Gran Buenos Aires -que representa el 26%-, fue crucial para impedir que Menem obtuviera una ventaja importante que le permitiera enfrentar con posibilidades de éxito la segunda vuelta.

El papel de los gobernadores y los intendentes en favor de los diferentes candidatos justicialistas fue decisivo para definir los resultados. Es que el peso de los llamados "aparatos" que controlan con mecanismos clientelistas los votos populares se ha incrementado con el aumento de la pobreza y la indigencia que ha tenido lugar en la Argentina en los últimos meses y el hecho de que el 18% de la población esté viviendo de subsidios del Estado administrados por estructuras políticas, cuando un año atrás lo hacía sólo el 1%. Esto genera una creciente "territorialización" de la política, que muestra una dirección contraria a la que registra el aumento de la pluralidad mencionada precedentemente.

Cabe destacar que los dos candidatos que compiten en la segunda vuelta (Menem y Kirchner), además de ser caudillos de provincias que representan el 1% del electorado nacional, provienen de los dos distritos con más empleados públicos del país, ya que en ambos una de cada tres personas de la población económicamente activa está empleada en el sector público. La gobernabilidad futura dependerá en gran medida de acuerdos, coaliciones y consensos para los cuales la cultura política argentina no muestra experiencias exitosas en su historia; por el contrario, evidencia fracasos recientes, como el de la Alianza UCR-Frepaso.

Es probable que en el futuro gobierno -cualquiera sea el candidato que gane- la política territorial sea la clave de los acuerdos necesarios, antes que el Congreso. Gobernadores e intendentes del Gran Buenos Aires serán decisivos para lograr los acuerdos que después serán llevados al Congreso.

En el corto plazo el papel de los caudillos tradicionales será decisivo para la gobernabilidad. En caso de ganar Kirchner, estará encarnado en Duhalde, mientras que si lo hiciera Menem sería su figura la clave de la gobernabilidad. Esto muestra que la Argentina, pese a la crisis, no ha logrado avances en materia de cultura política.

Pero si bien en el corto plazo la gobernabilidad pasa más por la política territorial y los viejos caudillos, sólo un cambio de fondo en la cultura política, que privilegie lo institucional sobre lo territorial, permitirá mejorar la calidad de la representación, lo que resulta decisivo para que la Argentina lleve los cambios postergados que requiere. No olvidar esta prioridad es el mensaje de la primera vuelta que no debe ser desoído por quien gane.

El autor es director del Centro de Estudios Nueva Mayoría

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