Artesanía económica por el estrecho desfiladero de la crisis

Jorge Liotti
Jorge Liotti LA NACION
Alberto Fernández busca administrar a mano todas las variables para superar la etapa más complicada; dudas sobre la renegociación de la deuda con el FMI
Alberto Fernández
Alberto Fernández
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5 de enero de 2020  

Antes de arrimarse a su primer mes de presidencia, Alberto Fernández ya tocó todos los botones de la consola de la economía. Primero subió las perillas del lado derecho y dispuso un incremento generalizado de impuestos, aumentó retenciones, endureció el cepo cambiario, allanó el camino para desindexar jubilaciones y dio señales de que no va a declarar un default. Una dosis brusca de ortodoxia fiscal con praxis peronista que dejó perplejos a los mercados.

Pero inmediatamente después activó las perillas del lado izquierdo y estableció la doble indemnización para despidos, frenó las tarifas de los servicios públicos y el precio de las naftas, subió salarios, otorgó bonos a jubilados y beneficiarios de la AUH y congeló intereses de los créditos UVA. Grageas de heterodoxia redistributiva para atenuar en forma rápida los efectos más inmediatos de la recesión.

Este doble movimiento, en apariencia contrapuesto, buscó tres objetivos inmediatos: reactivar la economía, reducir las expectativas inflacionarias y pavimentar el camino de la renegociación de la deuda. Pero todavía nadie quiere arriesgar pronósticos sobre los posibles resultados. Los economistas disienten entre sí sobre las posibilidades de tener éxito en los dos primeros puntos, pero en general coinciden en que la señal para los acreedores fue positiva. El Gobierno cuenta con estimaciones técnicas del impacto de cada medida, pero no quiere darlas a conocer para no generar falsas expectativas. Enseñanzas que dejó el macrismo. Hoy no hay proyecciones oficiales en materia inflacionaria, cambiaria, ni siquiera presupuestaria.

El Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf) realizó un interesante ejercicio de cálculo para saber cómo daría la cuenta final de todas las medidas anunciadas en estos primeros 25 días de gestión. Partió de la base de que el déficit primario de 2019 fue de 0,8% del PBI y de que la perspectiva para este año, al final del mandato de Mauricio Macri, era de 1,6 %. Ahora, al sumar todas las medidas expansivas y restar todas las restrictivas, la cuenta le da una proyección de 0,9%, es decir, similar a la del año pasado. En definitiva, Fernández estaría logrando reducir fuertemente el déficit proyectado a partir de un giro en el esquema de redistribución de ingresos que van a pagar los sectores medios y altos, más el campo. "Si el Gobierno pudiera administrar los recursos dentro de este marco, podría mostrar que sin aumentar el déficit primario de 2019 generaría expansión de la economía vía consumo", concluye Nadín Argañaraz, uno de los autores del informe.

En el proceso de toma de decisiones económicas hoy predomina el principio de prueba y error, según admiten en el propio entorno del Presidente, casi como un orgulloso contraste con el Excel de Lopetegui-Quintana. Alberto Fernández se ha transformado en un operador artesanal de la crisis. Él es el gestor central de la economía. A su alrededor se empieza a desplegar una dinámica inorgánica y pragmática, que por ahora se justifica por la premura y el escaso tiempo en el poder, pero que no luce recomendable como modelo estable.

Santiago Cafiero es la polea de transmisión de todas las decisiones. No se preocupa por tener juego propio, sino por ejecutar fielmente los pensamientos de su jefe. A su lado, Cecilia Todesca tiene un rol operativo clave para homologar las decisiones económicas. Gustavo Beliz se encamina a ser el arquitecto conceptual del Gobierno. No solo talla en temas judiciales o de inteligencia, también interviene en economía y habla con operadores en Estados Unidos. Martín Guzmán por ahora luce focalizado en el tema de la deuda, sin efectivizar el rol de superministro que se le había atribuido inicialmente. "Está en todo, pero no aparece mucho. Solo se ve su periscopio", ilustró un funcionario con despacho propio en la Casa Rosada.

Los empresarios admiten que todavía no lo conocen. Tratan con Matías Kulfas, de creciente influencia pero nula presencia pública (ni siquiera estuvo en la conferencia de prensa con la UIA y la CGT el día de la firma del acuerdo tripartito, donde fue reemplazado por Daniel Arroyo). También con Paula Español, quien se mostró muy dinámica en el desafío de hacer la vieja tarea de Guillermo Moreno con buenos modales. Los hombres de negocios por ahora acompañan con algo de expectativa y mucho de resignación. Lograron moderar la suba de salarios anunciada por el Gobierno, pero quedaron enredados en la discusión sobre cómo absorber parte de la quita del IVA a la canasta básica. Un representante del sector industrial graficó: "Hay diálogo con los funcionarios, pero no es orgánico. Avanzan por impulso y nos van llevando, no sé si producto de las circunstancias o por estrategia". Una sorda batalla se libra en las góndolas por fijar precios de referencia, en una economía que perdió todos los parámetros. Los acuerdos de precios y salarios fueron convenidos de palabra, un soporte que ya falló varias veces, como ayer recordó Héctor Dáer. El Gobierno sostiene que, a pesar de haber impreso $220.000 millones desde que asumió, no habrá una transferencia directa de la emisión a precios, porque el año pasado la inflación fue de 55% y la expansión monetaria, del 27%. Demasiada matemática para una economía en la que no rigen las leyes naturales.

El efecto arranque

En la mayoría de los ministerios todo recién está empezando a funcionar porque la transición no existió (probablemente el que más sintió el efecto arranque fue Gabriel Katopodis, quien en silencio trata de rearmar de cero el Ministerio de Obras Públicas). Por ahora no hay reuniones de gabinete, sino encuentros puntuales entre dos o tres funcionarios, en general, con Cafiero, y en ocasiones, con Fernández. Las decisiones van y vienen varias veces, lo que genera desprolijidades.

La más grosera en los últimos días fue el fallido aumento de naftas de YPF. Guillermo Nielsen había planificado originalmente una suba del 8%. Para sellar el anuncio se reunió con Cafiero, quien sumó telefónicamente por altoparlante a Guzmán. El ministro de Hacienda planteó allí que no era conveniente generar tanto impacto en las primeras semanas de enero y se acordó acotarlo al 5%. Allí se dispusieron las medidas operativas para aplicar el incremento en más de mil surtidores de todo el país. Seis horas antes de que se gatillara la suba y cuando las estaciones de servicio estaban listas para actualizar los valores, Fernández llamó a Nielsen y le ordenó frenar todo, sin demasiadas explicaciones. El presidente de YFP nunca supo bien qué pasó, pero las miradas apuntaron al departamento comunicacional, donde anida un sector de La Cámpora encabezado por Santiago "Patucho" Álvarez. La marcha atrás significó la primera interferencia directa de Cristina Kirchner en materia económica, un terreno donde hasta ahora no había incursionado. En el Gobierno lo consideraron un hecho episódico, pero para los observadores externos fue una luz de alerta que no contribuye a emancipar a Fernández de su vicepresidenta.

Estas prevenciones quedaron expuestas en un cable de esta semana de la agencia Bloomberg, en el que un funcionario no identificado de la administración de Donald Trump advirtió que Estados Unidos podría retirar su apoyo a la Argentina ante el FMI por su vínculo con Evo Morales y Nicolás Maduro. Pero lo fundamental fue que el funcionario además diferenció en la administración nacional un ala pragmática, encabezada por Fernández, y otra dogmática, liderada por Cristina. Dejó implícita allí la necesidad de que el Presidente neutralice a su vice si quiere renegociar la deuda, un celo que se verá agravado por la crisis con Irán.

Tal fue el revuelo que generó ese texto que el Gobierno se comunicó después con Mauricio Claver-Carone, principal asesor de Trump para la región, con el fin de aplacar la polémica. No caben dudas de que un sector influyente de la Casa Blanca está disgustado con el gobierno peronista. La embajada de EE.UU. en Buenos Aires lo ha dejado traslucir sin disimulo. Todavía ejerce cierto contrapeso un Departamento de Estado desconcertado por la diplomacia tuitera de Trump. En el albertismo aún no pueden determinar si las internas norteamericanas lo benefician o lo complican.

Las señales del FMI también son ambiguas. En Hacienda aseguran que el diálogo es constante y que el vínculo se mantiene en un alto nivel. Sin embargo, reconocen que "no hay reuniones bilaterales previstas para las próximas semanas". Los operadores de Wall Street no se alarman por las demoras y les prestan más atención al ajuste fiscal, a la declaración de Guzmán sobre los límites de la emisión y, sobre todo, a que el Gobierno se pertrechó con dólares del Central para afrontar los próximos pagos. Nadie cancela deudas si después piensa defaultear.

El problema es que, según cálculos privados, alcanzaría para afrontar vencimientos por medio año más, lo cual fuerza a una resolución rápida con los bonistas privados. Ese debería ser el próximo paso. Es la única manera de que el plan de emergencia de 180 días tenga sentido. El Gobierno, los gremios, los empresarios y el mercado coinciden en que aún falta desarrollar un auténtico programa económico. Pero para eso hay que ordenar las variables básicas que permitan estabilizar la situación y hacer algún tipo de proyección. Ahí anda Alberto Fernández moviendo a mano las perillas del tablero para ver si puede ecualizar la realidad.

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