
Autoritarismo y libertad de expresión
Acosar a los medios, amedrentar a los periodistas, establecer mecanismos de censura y de autocensura, lograr que los periodistas critiquen a sus colegas en lugar de investigar la corrupción y los desatinos políticos y aprobar leyes para desarticular a las empresas periodísticas y reemplazarlas por canales de difusión oficialistas son herramientas de Gobierno que conducen al mismo objetivo: eliminar el disenso.
El Gobierno está concentrado en manos de la voluntad de una sola persona (o de un matrimonio). Basta con leer el diccionario para saber que eso se llama "autocracia", un sistema que, por definición, no reconoce límites, porque, precisamente, no acepta la libertad del otro. Por eso, en ese esquema, las alusiones que haga un gobierno en cuanto a su interés de alcanzar mayores estándares de pluralismo son, en principio, sólo una coartada para escamotear las verdaderas intenciones del poder.
Para un gobierno autoritario, no hay libertad de prensa: hay medios opositores, que lideran una embestida de la oposición contra el Gobierno. ¿No es esto lo que dijo Néstor Kirchner en el discurso que dio en la CGT?
En esa visión, el gobernante tiene derecho de defenderse contra los ataques agresores y considera a los periodistas como sus enemigos. Por eso, cuando la Comisión Interamericana intentó visitar Venezuela, el presidente Hugo Chávez no le permitió ingresar. Ahora, la diputada Silvana Giúdici, presidente de la Comisión de Libertad de Expresión de la Cámara de Diputados, pidió a la titular de la Relatoría de Libertad de Expresión de la OEA, Catalina Botero, que frente al "clima persecutorio" y de creciente hostigamiento en contra de la prensa, visite el país para constatar la situación. ¿Verá el Gobierno con buenos ojos ese examen?
Para el gobernante autócrata, no hay mayorías y minorías que deban ser igualmente respetadas: sólo hay un gobierno, frente a disidentes que deben ser acallados, un eufemismo de su supresión.
Enseñaba el politólogo Norberto Bobbio que la verdadera prueba de fuego de una democracia es qué hace con el disidente, si lo tolera o lo reprime. Probablemente, en el oficialismo no hayan leído demasiado a Bobbio, porque han demostrado poco interés por la lectura: tal vez por eso, la Feria del Libro se convirtió en la arena de un coliseo donde el debate intelectual es reemplazado por un griterío para censurar a quien piensa distinto.
Para el gobierno de una persona tampoco no hay contradicciones posibles. Por eso, el titular del ex Comfer Gustavo Mariotto puede defender afiches anónimos y su jefe, Néstor Kirchner, puede sostener que no se escuda en el anonimato, poniendo nombre y apellido a sus supuestos enemigos. El Gobierno es todo; la contradicción, inexistente.
Para el gobierno unipersonal, no puede haber justicia independiente. Por eso, prefiere juzgar a sus ciudadanos, especialmente a los periodistas, en tribunales populares en la plaza pública, en una parodia de juicio por jurados donde no hay jueces independientes y donde no está garantizado que el supuesto reproche ético contenga dosis de justicia.
Sólo semejante cariz autocrático del poder puede explicar los ataques que está sufriendo la libertad de expresión en estos días.






