Cavallo, de salvador a enemigo del pueblo

La indignación ciudadana fue su final
Jorge Oviedo
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21 de diciembre de 2001  

En agosto de 1998, mientras la otrora poderosa Rusia se debatía en una crisis política que había derivado en una catástrofe financiera, fue convocado para ofrecer soluciones un prestigioso economista, famoso por haber puesto en orden las cuentas de su país mientras capitaneaba el Ministerio de Economía en uno de los períodos de mayor expansión en la historia.

Lo había logrado, además, aplicando una idea vista como extravagante, que generaba reminiscencias del patrón oro y que los especialistas despreciaban al identificarla como un esquema de tipo de cambio fijo.

Domingo Cavallo, el economista internacionalmente reconocido de entonces, que acumuló importantes ahorros gracias a lo bien que cotizaban en el exterior sus conferencias, es hoy un hombre acorralado, que no puede salir de su casa sin temer un hasta hace poco inconcebible rechazo entre sus connacionales y a quien la Justicia le impide salir del país.

Sus vecinos, además, pasaron de integrar la masa de votantes de su partido de centroderecha a constituir una indignada manifestación ciudadana que le exige que abandone el barrio.

La convertibilidad que instauró en 1991 es hoy una caricatura monstruosa de lo que alguna vez representó en la Argentina.

Era la garantía económica e institucional para la distribución de los beneficios de una alianza política entre los dueños de los votos -Carlos Menem y el PJ, por entonces- y los dueños del capital que acudieron a la Argentina, primero para las privatizaciones y luego para la más colosal ola de extranjerización de las empresas argentinas.

La convertibilidad, la independencia del Banco Central y la libertad para el movimiento de fondos fueron los pilares de esa estructura.

Esa comunidad de intereses fue herida de muerte en 1999 con la devaluación del real. Entonces, los exportadores pidieron la devaluación y los dueños de bancos y empresas privatizadas clamaron por la dolarización.

Todos los intentos por renovar la alianza anterior fracasaron y culminaron con el catastrófico final de la segunda gestión de Cavallo en Economía. Esa debacle arrasó su prestigio de economista y ha reducido a escombros su carrera de político.

En su carácter de político, que era el que más le gustaba, llegó en marzo como salvador -otro papel que le encanta- al exánime gobierno de De la Rúa. Con la alianza de gobierno en agonía y con algunos de sus miembros blandiendo discursos más opositores que el PJ, logró de éste una delegación de poderes legislativos que le permitiera a De la Rúa esquivar el Congreso.

Fue su primer error, y quizás el más grave. Dejó a vastos sectores del oficialismo en el lugar en el que se sienten más cómodos: el de oposición. Evitaron así trabajar como un partido de gobierno.

Sus enemigos dentro de la UCR mantuvieron un control lleno de irregularidades en la Anses y el PAMI, que en conjunto manejan más de la mitad del presupuesto nacional.

Pero no es menos cierto que sus propios errores fueron también decisivos. La convertibilidad ampliada, una de sus primeras medidas, generó en los prestamistas del exterior la certeza de que la devaluación era inminente.

Peleas perdidas

Sus peleas con el FMI no tuvieron el éxito de otras épocas. Pareció no percibir que con los cambios de administración en la Casa Blanca y en el Fondo ya no funcionaban las estrategias de pocos años antes.

Al Fondo no le importó abandonar al que fue su mejor alumno, al que trata ahora como un impertinente repetidor consuetudinario. Preferían dialogar con el viceministro Daniel Marx.

El corralito bancario fue el tiro de gracia. Y la orden a los bancos de desconocer los medidas cautelares de los jueces contra la restricción, una inconcebible muestra de desesperación.

El espectro de la confiscación de los ahorros fue el límite de la paciencia ciudadana, junto con la desaparición de los pagos y el trabajo para el paupérrimo sector de la población que vive de changas.

Parecería que sólo una catástrofe de proporciones hoy inimaginables podría borrar dentro de años la imagen del Cavallo de hoy, a quien se le puede reconocer el mérito de haber encontrado la salida a la hiperinflación, pero también acusarlo de haber profundizado la hiperdepresión.

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