Cinco muertos en una verdadera guerra

La policía reprimió en forma brutal; la Justicia acusó a De la Rúa por homicidio e indagó al jefe de la Federal y a Mathov
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21 de diciembre de 2001  

Sin eufemismos, la Capital se convirtió en el escenario de una verdadera guerra en la que hubo muertos, incendios generalizados y saqueos.

La manifestación popular que pedía la dimisión de Fernando de la Rúa se convirtió en la versión local de la intifada, luego de que la Policía Federal reprimió, a veces con asombrosa brutalidad, el avance masivo de la gente, que apedreó tanto a uniformados como locales de empresas multinacionales y financieras.

Hubo cinco muertos, caídos bajo el fuego de armas reglamentarias de la policía. Y 41 heridos de bala. Además de cientos de manifestantes que sufrieron severas irritaciones y hasta vómitos, afectados por gases de alta toxicidad -no los clásicos lacrimógenos- lanzados a discreción por los uniformados. Y 61 civiles y 50 efectivos internados con diversas lesiones.

En una muestra de que la represión pareció desmedida, la jueza federal María Romilda Servini de Cubría acusó a De la Rúa por homicidio y le prohibió salir del país. Indagó anoche al jefe de la Policía Federal, Rubén Santos, y al secretario de Seguridad Interior, Enrique Mathov, como responsables por las muertes, los heridos y las privaciones ilegales de la libertad, tras considerar ilegítimo el decreto de estado de sitio. Haría lo propio con el presidente saliente y el ministro del Interior, Ramón Mestre.

Dispuso además la libertad de la mayoría de los detenidos.

La jueza, que está en turno, había ido al mediodía a la Casa Rosada para hacer cesar la represión que, para entonces, aún no había causado víctimas mortales. Y obtuvo un no como respuesta. Anoche, cuando la tragedia que ella mismo previó y quiso evitar ya se había producido, Servini oficializó las imputaciones.

Lo que comenzó en la más tradicional zona porteña se extendió, con el correr de las horas, a los barrios, donde se produjeron saqueos que los vecinos intentaron evitar a palazos, como ocurrió en dos comercios de la zona de Once, casi a las 22.

En el eje de Avenida de Mayo, entre la plaza y el Congreso, en las diagonales Norte y Sur, y en el Obelisco casi no quedó una sucursal bancaria sin ser destruida o incendiada por los grupos más exaltados. Y el fuego había alcanzado, incluso, a media docena de camionetas, autos y ambulancias.

Al cierre de esta edición el humo negro se elevaba en distintas zonas del macrocentro, como si se tratara de las secuelas de un bombardeo. Y las corridas parecían no acabar nunca.

Paso a paso

La primera batalla campal, de gigantescas e inimaginables proporciones, se produjo a cinco minutos de la una de ayer, cuando miles de cacerolazos festejaban la renuncia de Domingo Cavallo y las columnas que habían manifestado en paz en el Congreso bajaban ya hacia la Casa Rosada.

La Guardia de Infantería de la Federal avanzó contra los manifestantes en la Plaza de Mayo, donde tres palmeras ardían y daban un marco dantesco a la batalla. Fue, desde entonces, un flujo y reflujo de policías que perseguían a manifestantes, hasta que los roles se invertían.

Al amanecer ya habían sido destrozadas casi todas las entidades bancarias a lo largo de la Avenida de Mayo. Cayeron también, al paso de los más violentos, teléfonos públicos y locales de la cadena McDonald´s.

A las 9.30 de ayer, una nueva embestida policial terminó con 10 detenidos. La resistencia popular, a pedradas, fue reprimida con gases, balas de goma de la Infantería y latigazos y embestidas de a caballo de los efectivos de la policía montada.

Hasta las Madres de Plaza de Mayo fueron expulsadas del paseo.

La protesta excedía edades y grupos sociales. Gente que salía de las oficinas se despojaba de sus corbatas y se sumaba a los que, con el torso desnudo, desafiaban a la policía con gritos y, a veces, con pedradas.

Pasado el mediodía, el clima de guerra era mucho más que una metáfora. Desde el virtual cerco de fuerza armado por la policía alrededor de la plaza los uniformados dominaban la Avenida de Mayo y las diagonales Norte y Sur, en un juego de terror en el que los manifestantes iban hacia los policías, con las manos en alto y al grito de "Argentina", hasta que eran obligados a huir en todas direcciones, a fuerza de gases y embestidas de la montada.

Ya para entonces había policías que, visiblemente, parecían superados por la situación y al borde de cometer un desatino. No extrañó, entonces, que inocentes comenzasen a caer bajo el fuego de las armas reglamentarias.

Casi en Rivadavia y Bernardo de Irigoyen dos jóvenes fueron alcanzados en el pecho por balas de plomo. Y frente al 667 de Avenida de Mayo, una bala de calibre 9 milímetros destrozó la cabeza de un manifestante.

No lejos de allí, un par de horas más tarde, otros dos murieron por balas policiales. De los cinco, dos fallecieron en el hospital Ramos Mejía, otros dos en el Argerich y uno en plena calle, según informó el SAME.

Las muertes elevaron el odio contra la policía a niveles no vistos desde hace dos décadas. Otra vez manifestantes y uniformados persiguiéndose unos a otros eran la regla.

Los más exaltados, durante el día, fueron militantes de agrupaciones estudiantiles y de izquierda, en claro contraste con los vecinos que anteanoche, y hasta que la madrugada se hizo muy peligrosa, habían sido mayoría en la espontánea protesta.

El Banco Provincia de Diagonal Norte y Perón ardiendo era el marco de las corridas de la montada. A esa altura, los policías ya no disimulaban y apuntaban con sus armas reglamentarias, cortas y largas, a cualquiera que se cruzara por el camino.

Seguían las roturas de sucursales bancarias y hasta fue incendiado un local de Musimundo en el Obelisco.

Las últimas dos grandes batallas, casi simultáneas, se produjeron en la Plaza de la República y en Avenida de Mayo y 9 de Julio, cuando el sol ya se había puesto y el grueso de los manifestantes había sido desplazado del Congreso y de la Plaza de Mayo.

A esas alturas, ni siquiera la renuncia de De la Rúa, el hombre que había decretado el estado de sitio, era capaz de frenar ni a la policía ni a la gente.

El microcentro fue centro de la batalla

Los disturbios se produjeron desde la madrugada de ayer hasta anoche. Temprano, la mayoría de los manifestantes eran vecinos, comerciantes y empleados. Por la tarde las calles fueron copadas por estudiantes, militantes de izquierda y jóvenes sin banderías

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