Cómo gobernar después de octubre

Joaquín Morales Solá
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28 de agosto de 2001  

El vértice del gobierno (integrado por el presidente Fernando de la Rúa y sus funcionarios más próximos) analizó en las últimas horas los distintos escenarios posteriores a las elecciones nacionales del 14 de octubre.

Descontada la perspectiva de una derrota electoral del oficialismo, según el anticipo unánime de las encuestas, el gobierno se concentró en las dos alternativas que podría tener a mano después de los comicios: un sistema de cohabitación en el poder con el peronismo o el nombramiento de un gobierno técnico, sin dependencia partidaria, pero con un compromiso político mayoritario de apoyo en el Congreso.

El gobierno cavila en torno de la certeza de que, sean como fueren las elecciones, no habrá buenas noticias para el Presidente y su séquito. De acuerdo con las mediciones de opinión actuales, el peronismo perdería votos con respecto a su última experiencia electoral, pero ganaría en el total de sufragios del país (y, por lo tanto, en el número de diputados que enviará al Congreso Nacional).

Lo peor es que tampoco será una buena novedad para el Gobierno el probable triunfo de los más estridentes candidatos radicales, como es el caso de Rodolfo Terragno en la Capital, porque el ex jefe de Gabinete se colocó en una posición de dura crítica a los cursos de la política gubernamental. "Las noticias malas serán malas y las noticias buenas serán también malas; no sé si hay un caso así en la historia", ha dicho uno de los ministros más importantes de De la Rúa.

El presidente del partido cavallista, Armando Caro Figueroa, también vicejefe de Gabinete, se mostró francamente alarmado porque ningún distrito radical aceptó integrar listas de candidatos con la organización política del ministro de Economía, tal como lo había reclamado el propio De la Rúa cuando habló de la unión nacional y de la ampliación de la Alianza gobernante. "La estructura radical está en poder de Alfonsín", concluyó Caro Figueroa.

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Otro fenómeno nuevo que se está dando en el radicalismo es el deslizamiento hacia el progresismo de casi todo su aparato sin que exista, por ahora, un contrapeso de centro o de centroderecha, como lo tuvo históricamente. El centrista Ricardo Balbín compitió durante décadas con el progresista Alfonsín; luego éste, durante su largo predominio en el partido, debió vérselas con el polo centrista que lideraron en su momento Eduardo Angeloz y el propio De la Rúa.

Tal vez la persona que más ha hecho para empujar ese deslizamiento radical hacia la izquierda haya sido la diputada Elisa Carrió, porque -según afirman muchos dirigentes partidarios- obligó al radicalismo a disputarle el liderazgo de las franjas progresistas de la sociedad. Los casos más emblemáticos de esa disputa tan sorda como intensa son los que corporizan los dirigentes bonaerenses Federico Storani y Leopoldo Moreau y, quizás, el propio Alfonsín.

El ex presidente tendrá oportunidad el viernes de fijar las líneas políticas de su campaña electoral durante la reunión plenaria del comité nacional partidario, pero las posiciones más duras podrían provenir de la convención nacional del radicalismo, que deliberará en la próxima semana. La convención (que siempre estuvo a la izquierda de la conducción nacional) está presidida por el gobernador de Entre Ríos, Sergio Montiel, un crítico permanente de las políticas de Cavallo.

No hay miembro de la comunidad política que no esté esperando, a la vez, que el peronismo se coloque, en vísperas electorales, a la izquierda del partido del Gobierno. De hecho, el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, ha superado con creces el discurso más duro de cualquiera de sus competidores internos. El mandatario de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, anticipó, por su parte, que no habrá ninguna colaboración del peronismo con el Gobierno, "por lo menos hasta las elecciones", precisó.

En la más absoluta reserva, algunos exponentes delarruistas deslizan que una aplastante derrota de Alfonsín en la provincia de Buenos Aires podría cambiar el equilibrio de fuerzas interno.

El eventual traspié del ex presidente podría arrastrar también a Moreau (primer candidato a diputado nacional) y a Storani, jefe del partido en la provincia. "Es obvio que en la provincia de Buenos Aires no fracasará la política del Presidente", dijeron esos funcionarios.

¿Podrá aprovechar De la Rúa esa contingencia? Sucede, sin embargo, que tampoco al primer mandatario le va bien en Buenos Aires. Según uno de los encuestadores más escuchados históricamente por el radicalismo, desde hace 20 años que un presidente no tiene una imagen tan pobre, como De la Rúa ahora, en las encuestas bonaerenses.

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Los funcionarios que se han reunido en las últimas horas tienden a descartar la posibilidad de un gobierno de cohabitación con el peronismo después de octubre. "El peronismo caminará entonces hacia la presidencia en 2003 (o, por lo menos, creerá que lo está haciendo) y no aceptará compartir con De la Rúa los costos de gobernar en estos momentos", argumentaron.

Un gobierno técnico es una vieja idea que el ex ministro del Interior Carlos Corach le aconsejó al Presidente en uno de sus habituales diálogos reservados con el mandatario. Pero esa idea se generalizó últimamente y refiere a un gobierno sin compromisos partidarios, pero con la garantía de no obstrucción parlamentaria.

De la Rúa y sus ministros (y no todos serían los mismos de ahora) gobernarían de acuerdo con su leal saber y entender, aunque con una condición de hierro: todos los miembros del Gobierno, incluidos De la Rúa y Cavallo, deberían hacer renuncia expresa a cualquier candidatura en las próximas elecciones presidenciales. Es la condición que ha puesto el peronismo antes de que se abra el debate incipiente.

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