Como un último grito de alerta

José Ignacio López
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14 de diciembre de 2001  

Suena como un último y casi desesperado grito de alerta. Provoca el efecto de un sonoro cachetazo. Zamarrea sin distingos para rescatar de una incomprensible actitud a una dirigencia ciega y sorda a los datos de la realidad que parece llevar al país al abismo de la disgregación. El texto episcopal es un llamamiento dramático, capaz de ser convertido en la página liminar de un tiempo nuevo, de una reconstrucción moral imprescindible.

Con lenguaje inédito, acorde con la magnitud de la crisis terminal sobre cuyos alcances y consecuencias vienen advirtiendo hace más de un año, los obispos argentinos no encontraron mejor modo que este sacudón para cumplir con su decisión de erigir a la Iglesia en ámbito para el diálogo.

Tironeados por unos, manipulados por otros, considerados como una parcialidad o buscados para apañar mezquinas concertaciones de intereses, meros tironeos sobre un botín que ya no existe, los obispos mantuvieron la mano tendida, pero fijaron condiciones. Se ofrecieron como ámbito para el encuentro, sin sustituir responsabilidades, pero ofreciéndose como instancia para despojo de mezquindades, para el cambio que conduzca a la grandeza de espíritu.

Y dijeron cuál es el diálogo que están dispuestos a promover. No es casualidad que el título del severo comunicado pueda enhebrarse con los últimos pronunciamientos de la Conferencia Episcopal: "El diálogo que la patria necesita porque requiere algo inédito y porque queremos ser Nación".

Diríase que se llega al dramático llamamiento como parte de la misión pastoral de quienes se sienten gestores de reconciliación, porque las otras cuatro convocatorias sólo recogieron adhesiones retóricas. Y ahora, ante el derrumbe, "para recuperar la dignidad y la esperanza de nuestra gente ya no alcanzan las palabras".

Por eso es el de ayer un texto prieto, que conmueve con las palabras precisas. Hace ya tiempo que la prosa episcopal ha abandonado eufemismos: el comunicado dirigido ya no a los feligreses, sino a la opinión pública y especialmente a dirigentes y responsables de las instituciones del país, es la expresión de ese estilo.

Como si no bastaran los ominosos datos de la realidad para aquilatar qué clase de gestos se necesitan, esa dirigencia necesitó ser advertida que su apetencia de poder es tan grande "que la Nación se torna ingobernable".

El diálogo que se reclama exige veracidad, desprendimiento y actitud de servicio. El de los obispos es un esperanzado llamado: hurga en un último resquicio, en una última oportunidad para que esa reconstrucción pueda ser encarada con sentido patriótico y, ante todo, con la vista puesta en la injusta deuda social que pone en peligro la gobernabilidad y la paz.

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