Corte: el gesto que Julio Nazareno se negó a dar

Santiago Kovadloff
Santiago Kovadloff LA NACION
(0)
22 de octubre de 2000  

Es un hecho. La Corte Suprema de Justicia acaba de reelegir como presidente del cuerpo, por tercera vez consecutiva, al doctor Julio Nazareno. Cuatro votos contra cuatro decretaron un empate inicial. El doctor Nazareno, al tomar la decisión de votarse a sí mismo, puso fin al atascadero y los cinco votos le otorgaron la conducción por tres años más.

Nadie puede argumentar que el doctor Nazareno no estaba en su derecho al proceder como lo hizo. Pero acaso a la Nación le hubiese convenido, en este momento tan crítico, que procediera de otro modo. Que contribuyera a atenuar el peso asfixiante que el personalismo ejerce sobre el tejido anémico de las instituciones fundamentales de la República.

Cuatro votos parecerían haberse orientado, por lo menos formalmente, de conformidad con esta convicción. Cinco, en cambio, decidieron que no había por qué atender su reclamo. Y uno de esos cinco, nada menos que el del propio Nazareno, volvió a decir yo con franca indiferencia hacia el nosotros. ¿Qué señal hubiera dado al país un gesto de prescindencia por parte del doctor Nazareno? Ese gesto, a mi entender imprescindible, le hubiera dicho al país que reforzar en este momento la impresión de que las autoridades están adheridas al poder con tanta decisión como la que se pone en cuestionar la idoneidad de su conducta pública sólo puede resultar improductivo, si es que de revitalizar se trata la alicaída confianza de la población en el valor representativo de sus instituciones.

¿Qué señal emite la decisión contraria, vale decir, el hecho de que el doctor Nazareno resuelva, con su voto, adjudicarse un período presidencial más al frente de la Corte Suprema? Se trata de una decisión que contamina la Justicia con procedimientos difícilmente discernibles de los peores comportamientos del escenario político argentino.

La retención abusiva de ese poder confiere a los hombres que en ella se empecinan el nefasto valor de las figuras que se pretenden providenciales, insustituibles. Se trata de un procedimiento éticamente cuestionable porque mina la fe pública en la creencia de que la celosa preservación de las instituciones del país está por sobre los intereses y ambiciones de sus circunstanciales representantes.

Estamos mal y por eso no vamos bien. Hay que llamar a las cosas por su nombre. Hay que llamar, sobre todo, a la templanza y a la cordura. Después de todo, en el orden de la Justicia y en el de la política, templanza y cordura son dos de los atributos posibles del amor a la patria.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Politica

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.