Cristina Kirchner manda, las urnas obedecen

Carmen de Carlos
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23 de agosto de 2011  • 08:59

El triunfo de la Presidenta en las primarias, con algo más del 50 por ciento de respaldo, ha hecho trizas el sueño de un cambio inmediato en la Argentina. La victoria de Cristina Kirchner representa un mazazo para los partidos de la oposición, incapaces de hacerle sombra por sí mismos o con ayuda de otros, como intentó Ricardo Alfonsín (12,17 % al unirse, en ese matrimonio político de conveniencia, con Francisco de Narváez.

El poder en las urnas de la jefa del Estado también ha supuesto un revés para el peronismo clásico que hoy se presenta como rebelde en las figuras de Eduardo Duhalde (12,16 por ciento) y Alberto Rodríguez Saá (8,17 por ciento). En la misma línea de fracasos, el resultado de Elisa Carrió ha hecho más ruido, por lo abultado (3,24 por ciento de apoyo), que la derrota digna del socialista Hermes Binner (10,26 por ciento).

Cada cual puede hacer la lectura que más le convenga pero ningún candidato está en condiciones de poner sobre la mesa un resultado que, a día de hoy, le permita decir que él es la alternativa. Los porcentajes obtenidos, a título individual, rozan el bochorno aunque la suma de todos arroje un caudal de votos similar al recogido por Cristina Kirchner.

Llama la atención que, -la Presidenta aparte-, quizás el mayor beneficiado de estas primarias desnaturalizadas (los partidos habían elegido previamente a dedo a sus candidatos) resulte ser alguien que no competía en ellas: Mauricio Macri. El jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires tiene un capital territorial que procura administrar, con aparente éxito, como si fuera nacional. Su objetivo, para dentro de cuatro años, es ocupar la Casa Rosada pero la meta aún queda lejos.

En este escenario únicamente se puede considerar el liderazgo de Cristina Kirchner. Sus aciertos y los errores de "los otros" la confirman como referente indiscutible.

La Argentina es un país donde los tiempos políticos, a veces, parecen medirse con relojes de diseño propio. Hace apenas 10 meses, antes de la muerte de Néstor Kirchner, los sondeos reflejaban el inicio de la decadencia de la mujer que hoy, al menos en las urnas, enamora a la mitad del país. En menos de un año la Presidenta ha transformado un drama personal en un triunfo electoral. El celo tradicional a su intimidad, que compartía con su marido, dio paso a un exhibicionismo sin pudor destinado a las masas. "Cristina", sin más, lloraba, hablaba del embarazo (luego frustrado) de la novia de su hijo Máximo y hasta le daba consejos.También, se dirigía a Florencia, la hija que la acompaña en un dolor que hace público. Naturalmente, ella, recordaba las virtudes de "Él". En el cierre de campaña llegó a decir que el corazón del ex presidente se había roto de tanto amarla y en la presentación de su vicepresidente, el ministro de Economía, Amado Boudou, identificó una corriente de aire con el espíritu del difunto. El teatro de la política levantaba el telón y la taquilla de las urnas, entusiastas de sumarse al espectáculo, se desbordó a su favor.

Pero la victoria de Cristina Kirchner no responde sólo a una estética facilista del histriónico y sufriente modelo de Evita Perón. Hay otros factores, de fondo y de forma, que la explican. Ella recoge parte de la siembra de su marido. Néstor Kirchner se encontró en el año 2003 una Argentina arruinada económica y anímicamente. Logró, pese a los modos, que el país se recuperara en ambas direcciones, le insufló una sobredosis de nacionalismo y enarboló como propias banderas que habían quedado a media asta. El caso de los derechos humanos, de los que el matrimonio nunca se había ocupado, es una de ellas. En perfecto tándem "Néstor y Cristina" recurrieron a un principio que se identificó en su día con George Bush: "O estás conmigo o estás contra mí". Con esa filosofía la pareja señaló enemigos y convenció a sus seguidores de que "los malos" lo eran no sólo para ellos sino para toda la Argentina. En este apartado se encuentra la batalla con los medios de comunicación críticos, cuya influencia en el voto, como pasó en el Ecuador de Rafael Correa o la Bolivia de Evo Morales, por citar naciones amigas de Argentina, resultó irrelevante.

En ese contexto de autosuficiencia, con el país en crecimiento sostenido, sin graves convulsiones sociales y los sectores más desfavorecidos contenidos con multimillonarios planes sociales, la sensación de bienestar, como pasaría probablemente en otros sitios, se traduce en votos. La inflación, la corrupción en emblemas del oficialismo, como la Asociación de Madres de Plaza de Mayo, los gestos autoritarios o la presencia de personajes con permanentes prácticas de abuso de poder, lease Guillermo Moreno, no han pasado factura en estas elecciones. Parecería que el "efecto teflón" que disfrutó Lula se puede hacer extensivo hoy a la figura de Cristina Kirchner. La crisis que atraviesa Europa y las dificultades de Estados Unidos posiblemente también hayan colaborado para que el argentino, en esta ocasión, haya sido conservador en el voto y la mayoría prefiera el continuismo, con todos sus defectos, al cambio.

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