Cristina visitó la tumba de Chávez y Maduro la acompañó

El flamante presidente venezolano se sumó en el tramo final y dejó en claro que mantendrá el vínculo privilegiado con la Argentina
Mariana Verón
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21 de abril de 2013  

CARACAS.- Había convocado a los medios, pero apenas llegó, pidió estar sola. Desde sus funcionarios, la seguridad y los periodistas debieron abandonar en el mediodía de ayer el patio dentro del Cuartel de la Montaña, donde descansan los restos de Hugo Chávez, para que la presidenta Cristina Kirchner estuviera 18 minutos frente a la tumba del ex presidente.

Cristina dio cuatro vueltas alrededor de la gran piedra que guarda debajo el cuerpo de Chávez en el mausoleo del barrio 23 de Enero, un asentamiento chavista marcado por las casas humildes y por los carteles del ex presidente y de Nicolás Maduro que cuelgan de las pequeñas ventanas.

Visiblemente emocionada, apenas ingresó la Presidenta ordenó que todo el personal se corriera hacia una zona alejada para que no la vieran en los momentos que le dedicó a su amigo.

Por debajo de sus anteojos le brotaron las lágrimas, que secó con su mano derecha, mientras con la otra acariciaba una y otra vez la fría piedra. Allí dejó un ramo de lirios y, apoyada en sus codos, parecía hablarle al ex presidente.

Todos debieron dejar el lugar de la tumba, ubicada en el medio de una fuente de agua y escoltada por dos cuadros de Simón Bolívar dentro del cuartel que se convirtió en museo de Chávez.

Cristina Kirchner llegó allí con el secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini, y el de la Presidencia, Oscar Parrilli, y el ministro de Planificación, Julio De Vido. El resto de la comitiva, integrada por el canciller Héctor Timerman y el gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, ya había partido adelantada al aeropuerto de Maiquetía.

Maduro, que asumió anteayer, se sumó a la visita al final del recorrido. Antes había llegado su mujer, Cilia Flores, que guió a la jefa del Estado por la galería que guarda gigantografías con imágenes de Chávez desde su paso por la función pública hasta retratos familiares.

Maduro había estado allí la semana pasada, en el cierre de su campaña junto a Diego Maradona. Su llegada a último momento para acompañar a Cristina dio muestras de que la Presidenta mantendrá con el sucesor de Chávez el mismo trato privilegiado que había mantenido con el ex presidente venezolano.

Apenas terminó la recorrida, Cristina Kirchner partió rumbo a Buenos Aires. En su paso por esta ciudad, la Presidenta evitó todo contacto con los medios y ayer mantuvo a rajatabla su decisión de no hablar.

Ni la política internacional motivó algún tipo de declaración. Contrastó con el trato de su par de Brasil, Dilma Rousseff, quien apenas llegó al hotel EuroBuilding, donde se hospedó, habló con los medios.

La comitiva se cerró nuevamente ayer. Nadie quiso reflejar en público algún tipo de reacción sobre la marcha de protesta que el jueves movió el tablero político.

En privado insistían en destacar que, más allá del número de participantes, había sido una marcha importante, pero que carecía de un liderazgo político que capitalizara electoralmente el reclamo.

El viaje sirvió, eso sí, para una larga descripción y confesiones presidenciales vía Twitter, la única comunicación que desplegó la Presidenta en los últimos días.

Ayer volvió a la red social y descargó una catarata de mensajes. Contó la charla que mantuvo en el baño, terminada la ceremonia de asunción de Maduro en la Asamblea Nacional, con Leisbeth, la edecana venezolana que siempre la acompaña en sus estadías en esta ciudad, y de Rosaura, una joven de maestranza.

Aunque sin nombrarlo, Cristina reflejó su incomodidad por la presencia del presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad.

Relató por qué había decido esperar en el baño hasta que autorizaran su salida. "Ahí no tenés que hablar con nadie con quien no quieras hablar", escribió.

La noche anterior también había dedicado una serie de tuits. Y eligió sólo relatar el cohetazo que a las 20 hizo temblar los edificios púbicos caraqueños en apoyo a Maduro. A la misma hora, y sobre todo en el barrio de Las Mercedes, donde está el hotel Tamanaco, donde se alojó, sonaron fuertes las cacerolas de protesta.

En su paso por el mausoleo, una enorme construcción de paredes amarillas y techos color teja donde el 4 de febrero de 1992 Chávez dirigió el fallido intento de golpe de Estado, Cristina dedicó rezos a su amigo en la pequeña capilla del edificio.

A su regreso a Buenos Aires la aguarda una agenda marcada por la aprobación de las leyes de reforma laboral, que serán tratadas el miércoles en el Congreso.

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