Crónica de una noche de fin de ciclo kirchnerista

Un periodista de LA NACION repasó lo vivido en las últimas horas de Cristina Kirchner en el poder; imágenes de una medianoche histórica
Diego Cabot
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10 de diciembre de 2015  • 03:21

Como tantas veces, la Pirámide de Mayo era el eje de una marcha que circulaba contra el sentido de las agujas del reloj, casi como un desafío a los minutos que corrían. Quizá lo único irremediable en la Argentina de la medianoche era el tiempo. Eran las 12 de la noche y el mandato de la presidenta Cristina Kirchner terminaba. Unos 500 militantes cantaba el himno mientras giraba por el circuito que inmortalizaron las Madres de Plaza de Mayo.

Esa era toda la militancia que esperó en la calle. Dos Madres de pañuelos blancos marcaban el ritmo cansino mientras cantaban el Himno Nacional casi remixado con un la marcha peronista que sonó inmediatamente después. Detrás, el santuario en el que se convirtió una valla de seguridad exhibía centenares de carteles.

El resto era una dantesca escenografía de basura. Botellas plásticas y latas de cerveza de a miles se apilaban en cada rincón del complejo. Carteles ya usados y decenas de cañas que durante la tarde fueron mástiles de banderas inundaban las calles. Cada auto que pasaba era un crujido de cañas trituradas y vidrios que explotaban. Sobre el Cabildo, remolones, algunos vendedores de choripanes o milanesas mantenían la guardia para colocar alguno más. El humeante carbón mojado delataba a los que habían abandonado la venta.

No habrá flores amarillas ni pasto cuidado en la Plaza de Mayo para esperar a Mauricio Macri . Deberá contentarse con que la plaza esté limpia. No mucho más. "¿Llegan a limpiar?". "Sí, llegamos", dijo desde una camioneta, un empleado de las empresas que tienen la concesión de la limpieza urbana porteña. Desde la Casa Rosada hasta el Cabildo un grupo de recolectores no se cansaban de llenar bolsas negras con desperdicios de la fiesta.

La de anoche no fue una noche de mudanzas. No se veía camionetas en ninguno de los ministerios que rodean la Plaza. Ni tampoco había movimientos en la burocrática Diagonal Sur, una zona en la que abundan las reparticiones públicas. Apenas la llegada de Gabriela Cerutti encendió algunos cánticos.

A las 12.30, en el Obelisco, había un puñado (un puñado literal) de seguidores de Macri que festejaban algún que otro bocinazo. Pero la escenografía, y los sonidos de las bocinas sobre todo, cambiaban a medida que se acercaba la Avenida del Libertador. Juncal ya estaba cortada una cuadra antes de la casa en la que se suponía que dormiría Cristina Kirchner. Era un festival de cacerolas. A pocas cuadras de ahí, en un restaurante de Ayacucho y Libertador, sobre una mesa que daba a la calle, cenaba con cinco invitados, Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia. Sólo por la custodia que lo esperaba afuera se presumía que allí estaba alguien importante.

Diez minutos más tarde, en la esquina de Libertador y Salguero todo era euforia. La enorme avenida se había convertido de hecho en un estacionamiento mientras una decena de policías trataban de dejar dos carriles libres.

Todos tenían sus motivos para estar en la calle. Los que se van y ya iniciaron los planes del regreso, y los que llegaron y se ilusionan con quedarse. Al fin y al cabo, la Democracia es tan grande que los comprende a todos.

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