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De hija rebelde de radicales a dirigente menemista sospechada

La ex secretaria de la Función Pública está acusada de sobrefacturar un contrato de publicidad; peleas con Corach
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21 de agosto de 2000  

Se había acostado un poco tarde y por eso el teléfono estaba desconectado. Cuando se despertó, al mediodía, vio su nombre en la tapa de los diarios vinculado con una causa judicial que podría depararle la misma suerte que al ex titular del PAMI Víctor Alderete, que por ahora está preso.

Desayunó y después llamó a su abogado de siempre, Mauricio de Núñez, quien no se esforzó por despejar inquietudes judiciales. Claudia Bello no estaba preocupada, estaba irritada.

Pidió que comenzara a preparar su defensa para la causa que tiene en sus manos la jueza federal María Servini de Cubría, por su supuesta participación en el pago de una coima en el contrato de 6 millones de pesos que firmó para la campaña de prevención del efecto del Y2K (virus informático), que se temía por la llegada del año 2000.

Una chica de carácter

El carácter fuerte de la ex secretaria de la Función Pública emerge en cada situación compleja. Y desde que decidió militar en el peronismo al lado del ex presidente Carlos Menem, varias veces rescató esa esencia que comenzó a formarse en Avellaneda el 23 de marzo de 1960, el día en que nació.

Tenía cinco años cuando se puso al frente de su primera batalla: conseguir que instalaran una calesita en el barrio, algo que el administrador de los monoblocks en los que vivía la familia Bello no tenía en sus planes.

Ella era un miembro más de una "bandita de pibes" (como contó varias veces), en la que también estaban sus seis hermanos. De chica era caprichosa y no le gustaban las fotos. Las odiaba. También se enojaba cuando su mamá le ponía vestidos con volados y puntillas para mostrarla frente sus amigas. Y ella ponía mala cara.

El paso de los años y la cercanía con el poder, siempre al lado de Menem, le hicieron cambiar los jeans y las zapatillas por trajes refinados, que le gusta usar con la camisa un poco abierta y corbatas flojas. "Estuve diez años en el poder ganando diez lucas por mes, ¿qué quieren, que me siga poniendo la misma ropa?", se queja cuando los medios la critican por su cambio de look a la sombra del poder menemista.

Su abuelo, Vicente Bello, era un puntero radical de La Boca, y su abuela, doña Lola, lo ayudaba buscando afiliados por los alrededores del Riachuelo. Ese legado político quedó en manos de uno de sus hijos, Carlos Bello, también radical, que de Avellaneda volvió a La Boca para comandar la UCR de la zona, hasta 1989.

Ese año, Carlitos (como le decían los punteros) murió y no pudo ver a su hija Claudia en la función pública de la mano de Menem. Ya se habían reconciliado después de varias peleas. La rebeldía había marcado el inicio de la carrera política de Claudia: a los 19 años dejó la tradición radical de su familia y se hizo peronista en la Facultad de Derecho, que abandonó después de haber cursado tres años.

Los domingos, cuando se mezclaban el fútbol, las pastas, el mate, y llegaba la hora de la política, la tensión se apoderaba de la familia Bello. La hija del dirigente radical defendía las ideas peronistas. A su padre (como admitió años después la ex funcionaria), la situación le producía un gran malestar. La madre oficiaba de árbitro.

El le había presentado, cuando ella cumplió quince años y lo festejó en el salón del barrio -el de los Bomberos Voluntarios de La Boca-, a uno de sus amigos, Fernando de la Rúa. Ninguno de los protagonistas podría haber imaginado lo que les deparaba el futuro: a Carlos Bello, una hija peronista; a De la Rúa, la presidencia, y a Claudia, diez años de gestión en el menemismo y el ocaso fuera del poder, con problemas judiciales durante el gobierno de ese amigo de su padre.

Pero Carlos Bello también le presentó a su hija, años después, al gobernador de La Rioja. Menem usaba en esa época las patillas y los zapatos de cuero blanco. Ella ya militaba en la Juventud Peronista y estaba seducida por la pelea interna que se vivía en el justicialismo: el caudillo riojano, sin apoyo partidario, contra Antonio Cafiero, avalado por todo el justicialismo. Ella decidió jugarse por el dirigente riojano y no se alejó más desde que él la convocó para el lanzamiento de su candidatura presidencial.

Lealtad

"Un funcionario tiene que responder sólo a quien lo puso", decía cuando comenzaron las peleas en el gabinete menemista. Esa fue su filosofía para sostenerse diez años en el poder, ocupar ocho cargos en la gestión de Menem y ser una de sus preferidas.

Algunos hombres del menemismo la vincularon sentimentalmente con el entonces presidente, pero ella siempre lo negó. "Hay una diferencia generacional muy grande, pero yo siempre lo admiré, le tengo mucho respeto y es un político increíble. Yo quería construir mi imagen con la gente y me vinculaban con el presidente, eso me mató", dice hoy la ex funcionaria.

Nunca se casó, tiene 40 años y detesta hablar de su vida privada. Ama el tango, el rock y va a la cancha a ver a Boca todos los domingos.

De la mano del menemismo llegó a la Secretaría de Acción Social, luego a la de Acción Política, a la de Derechos Humanos y después fue secretaria de Relaciones con la Comunidad. Entre 1992 y 1993 fue interventora federal en Corrientes, un cargo que le trajo polémica porque fue denunciada por gastar 125 millones de pesos en seis meses. El escándalo, que llegó a los tribunales, no le impidió convertirse en convencional constituyente en 1994, cuando se reformó la Constitución.

Corach, enemigo

Su principal enemigo en el gobierno menemista, y aun fuera del poder, fue el ex ministro del Interior y actual senador Carlos Corach. Se odian. Sus peleas eran por el poder del PJ porteño y por conseguir una banca en el Senado. Ganó Corach.

Bello acusó al operador preferido del menemismo de haberle "robado" las elecciones internas en las que Corach se quedó con la candidatura a senador. Ella se agarró a golpes con los fiscales del ministro del Interior y Menem tuvo que intervenir para frenarla y parar tremendo escándalo.

El encono entre ambos llegó a su máxima expresión cuando ella lo acusó de haber ideado una operación periodística en su contra: se decía que la funcionaria era adicta a las drogas. Además, ella le adjudicó haber orquestado un ataque personal cuando balearon su auto en medio de la campaña del justicialismo porteño.

Ante la mirada sorprendida de todo el gabinete, sacó de su cartera un gas paralizante y amenazó al ministro del Interior: "Sos un hijo de p...", le dijo exasperada. El la miró aterrado.

Menem ya la había nombrado secretaria de la Función Pública, cargo que ocupó hasta diciembre último.

Desde ese puesto firmó un contrato con la empresa Lautrec Publicidad sin llamar a licitación porque, según se defiende, "no tenía tiempo" para hacerlo y debía lanzar la campaña de prevención del efecto Y2K.

Turno judicial

La Oficina Anticorrupción estimó que se habría pagado un sobreprecio de dos millones de pesos. El mes último, el fiscal Carlos Stornelli la acusó de haber cometido un supuesto fraude al Estado, delito que prevé penas de entre 2 y 6 años de prisión.

Bello está dispuesta a defenderse el viernes próximo frente a la jueza federal María Servini de Cubría. Dice que no se siente perseguida y que no tiene miedo de ir presa. Menem la llama cada vez que su nombre aparece en los diarios vinculado con la causa que se inició en la gestión delarruista.

Apenas la denunció la Oficina Anticorrupción, fue, en persona, a pedir explicaciones casi a los gritos.

También se la vinculó con una presunta coima de $ 1.400.000 proveniente del "affaire" IBM-Banco Nación.

Un año después de haber llegado al poder, se mudó del barrio de Congreso, donde alquilaba un departamento de tres ambientes, a un semipiso en Palermo tasado en 150.000 dólares.

Cuando dejó el gobierno declaró en la ex Oficina de Etica que, junto con familiares, era dueña de seis propiedades valuadas en medio millón de dólares; tenía joyas por 35 mil dólares; más 50.000 pesos en efectivo y un Audi que se compró en 1998 por $ 34.700, además de depósitos en el banco por 24.000 pesos. Cobraba como funcionaria $ 8500 y justifica su crecimiento patrimonial con la herencia que les dejó su padre a sus seis hijos.

El mal final de su carrera política no la amedrenta. Ahora retomó los estudios para recibirse de abogada en la Universidad de Buenos Aires, es asesora de dos empresas y planea volver a la política el año próximo.

"Yo no tengo nada que ver con María Julia Alsogaray. Ni ideológica ni patrimonialmente. A mí no me comparen", dice.

De militante en la juventud pasó a ser una de las funcionarias preferidas de Menem y ahora se prepara para volver a la pelea, lo que más le atrae. Quiere poner su nombre otra vez en una lista para competir en las urnas por una banca en el Congreso. No le importa su pasado. Pero tampoco su incierto futuro judicial.

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