De Juan Duarte a Nisman, el peronismo bajo sospecha

Tiene en su haber una colección de muertes extrañas, nunca del todo debidamente aclaradas
Pablo Sirvén
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22 de enero de 2015  

El revólver estaba en el piso, cerca de los zapatos. Su cabeza, en medio de un charco de sangre, sobre la cama.

Extraña forma de morir la de Juan Duarte: arrodillado, con la mitad superior del cuerpo descansando sobre donde habitualmente dormía, emprendió su sueño definitivo.

Había renunciado unas horas antes a su estratégico cargo de secretario privado del presidente de la Nación, Juan Domingo Perón, abrumado por las acusaciones de corrupción que su propio cuñado y jefe directo se ocupó de fogonear. Era el 9 de abril de 1953 y ya no estaba Evita, su hermana y gran protectora, devastada por un cáncer ocho meses antes. Nadie creyó que se trataba de un suicidio, comenzando por su propia madre.

-¡Asesinos! Me han matado a otro de mis hijos -se quebró Juana Ibarguren, al enterarse de la infausta noticia.

El peronismo, que en octubre de este año cumplirá 70 años desde que empezó a moldear a su imagen y semejanza la vida de los argentinos, tiene en su haber una colección de muertes extrañas, nunca del todo debidamente aclaradas, a las que acaba de agregar un nuevo eslabón: el fin inesperado del fiscal Nisman.

Informativamente, 2015 no puede haber arrancado de manera más lúgubre: empezó con la conmoción por el asesinato de la adolescente Lola Chomnalez, en Uruguay, todavía no dilucidado, y prosiguió con el impactante atentado a la revista satírica Charlie Hebdo, en París, y sus sangrientas derivaciones.

La imprevista irrupción de Nisman, con su gravísima acusación contra la Presidenta y su canciller el miércoles de la semana pasada, parecía que nos iba a deparar otro tipo de emociones. Pero la abrupta y cruenta salida de escena del fiscal nos devolvió a la atmósfera tétrica que se empeña en envolver a este enero al que todavía le quedan nueve días más por recorrer. Con un agravante: ahora el miedo es institucional. La salud de la República se resquebrajó como nunca en estos 31 años de democracia. Y ni en el oficialismo ni en la oposición terminan de aparecer los anticuerpos necesarios para superar esta oscura encrucijada.

Si había algo más que le faltaba al kirchnerismo para parecerse al menemismo, su primo hermano y antecesor en la escala zoológica de la política, del que, además, heredó a muchos de sus funcionarios reciclados, era prestarse como abono fértil para un nuevo y extraño "¿suicidio?" (así, entre signos de interrogación, como lo puso la Presidenta).

Para colmo, el tratamiento de la "escena del crimen" -revelador lapsus de Jorge Capitanich en su conferencia de prensa del lunes- no deja de acumular inconsistencias, sospechas e interrogantes. Llamativos e inquietantes resultaron los mensajes premonitorios, en la mañana del domingo, de Alex Freyre, preguntándole socarronamente a Luis D'Elía -uno de los sospechados en la trama denunciada- si ése sería un buen día para Alberto Nisman y el que esa misma noche, antes de conocerse el hecho, protagonizó el periodista Roberto Navarro por C5N al asegurar a cámara que acababa de recibir el dato de que el fiscal no se presentaría al día siguiente en el Congreso. En cualquier país normal, la Justicia los llamaría a declarar.

Cuando las toneladas de papel de diarios, de monumental segundaje en radios y canales de TV, e infinidad de bytes en Internet amainen tras el estupor por la muerte de Nisman, sólo quedará con claridad la siguiente secuencia:

1) Un fiscal involucra a la Presidenta en un plan de encubrimiento del atentado contra la AMIA.

2) Ese mismo fiscal es encontrado muerto con un tiro en la sien.

Como sucedió en otras tragedias, Cristina Kirchner pretendió quitarle el cuerpo a esta luctuosa noticia. Pero como su silencio se tornó insoportable, y hasta contraproducente, se vio forzada a pronunciarse, aunque prefirió chapucear antes que expresarse como una verdadera estadista.

El contraste con el último día de 2014 fue notable: horas antes de levantar las copas, la Presidenta se tomó el trabajo de escribir 28 tuits sobre perros y cigarrillos. Cuando el atentado contra Charlie Hebdo impactó a todo Occidente, tampoco tuvo nada para decir más que reproducir el frío comunicado de la Cancillería.

La gravedad de lo sucedido con Nisman ameritaba un mensaje por cadena nacional. Pero prefirió manifestarse más informalmente en dos ocasiones por Facebook. Como una adolescente con su diario íntimo, la Presidenta entremezcló frívolamente impresiones personales, referencias biográficas y su obsesión de siempre por atacar a Clarín. No le hizo bien a nadie. Menos a ella.

Al darse a conocer la denuncia completa de Nisman, la inefable cuenta de Twitter @CasaRosada trató de desmerecerlo, al indicar que algunas de las fuentes de su escrito eran los periodistas Pepe Eliaschev, Gabriel Levinas y Jorge Lanata.

En los Estados Unidos, el affaire Watergate fue iniciado por dos periodistas desde un diario. El peso de sus investigaciones obligó a renunciar a su presidente Richard Nixon.

El suicidio es la más feroz pena de muerte: la que alguien se aplica a sí mismo. Si ya nos cuesta aceptar que la vida se termine naturalmente en algún momento, toda interrupción violenta nos subleva, abre el abismo bajo nuestros pies y nos deja más interrogantes que certezas. Mucho más en la Argentina, donde el estado de sospecha es un hábito tan común como respirar.ß

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