Dinero y encuestas, las grandes razones

Joaquín Morales Solá
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18 de abril de 2012  

"Los países deben justificar sus decisiones y vivir con ellas." Esa frase fue la más diplomática y directa advertencia al gobierno de Cristina Kirchner sobre el futuro de represalias que le aguarda en el mundo después de la expropiación de los bienes de Repsol en YPF. Pertenece a Hillary Clinton, pero es probable que ni siquiera haya hecho esa reflexión como secretaria de Estado. Es el análisis de una mujer inteligente que está desde hace 20 años en el corazón del poder de Washington (primera dama, influyente senadora y secretaria de Estado). Cristina Kirchner no es más progresista que ella: Clinton promovió recordadas políticas de progreso e inclusión social, y sufrió la derrota con algunas de ellas.

En efecto, la Presidenta deberá convivir en adelante con la desconfianza. Declarados de interés público los hidrocarburos y el papel para diarios, ¿por qué no podrían ser declarados de interés público en tiempos próximos el cemento o los caramelos? Esa es la pregunta que se hacen los empresarios aquí y en el exterior. Un amplio sector de la sociedad suele tentarse con esas cosas. ¿Acaso una mayoría social no apoyó la Guerra de las Malvinas, las frivolidades de Menem o la fiesta del default? Fueron simpatías breves, es cierto, pero simpatías al fin.

De hecho, para Francia ayer no fue suficiente la reacción de la Unión Europea y salió por su cuenta a rechazar la expropiación de YPF. Tiene razón en adelantarse a las cosas. Después de todo, YPF controla sólo un tercio del mercado del petróleo. ¿Qué pasará con los otros dos tercios controlados por otras petroleras (entra ellas, la francesa Total) cuando el Gobierno descubra que no resolvió nada tras romper el bazar? Los franceses tienen experiencia con las prepotentes expropiaciones argentinas: ya le sucedió lo mismo a Suez de Francia, ex concesionaria de Aguas Argentinas, actualmente la estatal Aysa.

Los franceses fueron convertidos entonces en enemigos, como ahora lo son los españoles. Las formas del kirchnerismo esquivan siempre cualquier sistema civilizado para acordar las diferencias. No hace mucho, un español importante le aconsejó a Carlos Zannini que hablaran con Repsol, incluso de la peor de las alternativas: la expropiación. "Todo puede resolverse de una manera serena y ordenada", le dijo. Zannini lo escuchó, pero no le respondió. Hasta él depende de esa vocación por la guerra y el empellón tan propia de los Kirchner.

Cristina Kirchner dijo que no le respondería a la prepotencia del canciller español José Manuel García Margallo, que, en verdad, había quebrado (suele hacerlo) las normas diplomáticas. No le contestó con palabras, pero desató su furia en los hechos, que es una manera mucho peor de responder. La expropiación de YPF se pareció, según los procedimientos de su inmediata intervención, a las viejas imágenes de un golpe de Estado. Un pelotón de funcionarios llegó al edificio de la petrolera y echó en el acto y de mala manera a todos sus directivos, sobre todo a los españoles. Cerró oficinas, incautó cuentas de correos electrónicos y apagó el sistema de computación. Trasladaban así la ira contenida durante varios días de la presidenta argentina.

El Gobierno deberá vivir también con la suspicacia de sectores políticos nacionales y extranjeros de que sus políticas están siempre espoleadas por dos razones: el dinero y las encuestas. Néstor y Cristina Kirchner se convirtieron en los abanderados de la privatización de YPF cuando su provincia necesitaba desesperadamente los recursos de las regalías. No fueron sólo ellos. Menem le vendió YPF a Repsol en 1998, cuando ya tenía problemas para pagar la enorme e impagable deuda pública que él mismo había creado. Cristina Kirchner expropió YPF ahora porque ella también tiene problemas para pagar las desmesuradas facturas de las importaciones de combustibles, producto de la mala política energética del kirchnerismo. Dos medidas distintas, pero con un mismo objetivo: que el petróleo, propio o de otros, se haga cargo de los gastos del populismo.

Deberá vivir también con la común pregunta sobre a qué Estado se refiere la Presidenta cuando habla de Estado. En primer lugar, desmintió con la firma lo que había dicho con las palabras. YPF será una sociedad anónima y no una empresa del Estado. ¿Por qué? Porque las empresas estatales están sujetas a severos controles de organismos constitucionales, aunque en la era kirchnerista queda ya sólo uno, la Auditoría General de la Nación, que hace lo que puede. Aerolíneas Argentinas sigue siendo, formalmente, de sus anteriores dueños españoles. Nunca se terminó la expropiación. Nadie, por lo tanto, debe controlarla. Un sarcasmo de la historia: la expropiación de YPF está respaldada en una ley de Videla, el mismo que acaba de aceptar, por primera vez, que la dictadura asesinó e hizo desaparecer a miles de personas.

Axel Kicillof dijo ayer en el Congreso que "YPF terminará igual que Aerolíneas Argentinas". ¿Qué significa que terminará igual? Aerolíneas Argentinas, manejada por un grupo de inexpertos amigos del poder, le acarrea al Estado un déficit diario de dos millones de dólares. Tal vez Kicillof coincidió sin quererlo con Mauricio Macri, que se convirtió en el único político opositor con una posición clara: "Dentro de un año estaremos peor que ahora", dijo. Se refería a la crisis energética y a la expropiación de YPF.

Cristina Kirchner deberá vivir también con el estigma de ser una aliada cambiante e imprevisible. No le expropió las acciones a la familia Eskenazi, viejos amigos de ella. Los Eskenazi se endeudaron con Repsol y varios bancos extranjeros importantes para comprar las acciones de YPF, según la operación de argentinización que promovía el matrimonio Kirchner. Ahora se quedaron con las acciones y con las deudas, pero sin los dividendos de la empresa y sin la gestión de la compañía. La venganza es un mandamiento en el dogma del kirchnerismo.

Esa desconfianza como aliada irá más allá de las fronteras nacionales. Los países del Mercosur estaban preocupados ayer por la repercusión de la decisión petrolera de Cristina en la relación con la Unión Europea. En rigor, y para decirlo con palabras directas, Cristina hizo trizas cualquier posibilidad, ya escasa de antemano, de un acuerdo de libre comercio entre la UE y el Mercosur. Otros países de América latina (México, Perú, Chile y Colombia) vienen de hacer pomposos seminarios con España para cautivar la inversión de los empresarios españoles. España está mal, pero, por eso, sus empresarios decidieron invertir en el exterior, sobre todo en América latina.

El aislamiento personal, de su gobierno y de su país, que terminó activando la decisión de Cristina Kirchner sobre YPF, fue bien recibido en una sola capital del mundo: Londres. La declamada causa de las Malvinas es la primera víctima frente a un mundo, cercano o lejano, estupefacto ante la inútil audacia de la presidenta argentina.

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