El acuerdo político o el abismo

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9 de diciembre de 2001  

En Kabul desde hace días opera la Bolsa. Por mal que esté la Argentina, Kabul es todavía un nombre más apropiado que el de Buenos Aires para advertir que, cuando las definiciones son claras -por las leyes de la política o por las de la guerra, que es su continuación por otros medios, según Clausewitz-, todo comienza a ser posible.

Millones de argentinos atribulados por los efectos sin precedente, esta semana, de una crisis económica y financiera de larga data, siguen sin saber cuál es el escenario nacional siguiente al que los arrojó a la zozobra por la ruptura intempestiva de reglas básicas de vida cotidiana, el viernes 1°.

Y seguirán sin saberlo, y sin que nadie razonablemente se los pueda explicar, hasta que no haya un acuerdo político que haga posible en el tiempo alguna de las alternativas económicas en controversia.

Los tiempos se aceleran: ahora no se mensura el riesgo país, sino cuánto se desprende el dólar paralelo del dólar de la convertibilidad del uno a uno

Anteanoche, el presidente De la Rúa volvió a comunicarse por teléfono con su antecesor, Carlos Menem, a fin de avisarle que esté preparado para una reunión a la que será invitado como presidente del principal partido de oposición. Y ayer mismo, el jefe de Gabinete, Christian Colombo, discutió con gobernadores sobre la forma de lograr un consenso político respecto de lo que no sólo el Fondo Monetario Internacional sino el mundo reclaman de la Argentina: que diga hacia dónde quiere ir.

En el fondo, todos los actores políticos -como los empresarios- se encuentran con sus fuerzas en tensión al límite. Es éste el momento en que se decide quiénes pagarán mayor o menor costo por una crisis devastadora. Lo vienen haciendo así desde hace meses, pero ahora los apremia la urgencia al presentir que la dinámica de los hechos puede arrojarlos al vacío.

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En las últimas cuarenta y ocho horas, el ministro Cavallo consiguió reencauzar en Washington las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, sin cuya resolución la Argentina carecerá indefinidamente de la liberación de fondos de ese organismo, que resultan vitales para su financiamiento, la restauración de la credibilidad financiera y también para que otras entidades internacionales, como el Banco Mundial, vuelvan a cooperar con el país.

Esa sola gestión vale tanto como para decir que la semana comienza en la relación formal con el FMI mejor que la que terminó ayer. Pero por más que el ministro de Economía argentino esté involucrado en una nueva negociación que ahora parece avanzar, queda por delante la cuestión principal, sin la cual lo demás sería letra muerta: un acuerdo político básico sobre el presupuesto nacional para el año próximo.

De lo contrario, habría un quinto fiasco, después de lo que siguió al blindaje, al megacanje, al acuerdo de agosto y al propio comunicado del FMI del miércoles último.

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La Argentina, para poner la situación en su verdadero contexto, ha vuelto a situarse dentro del programa del FMI, que es el único auditor confiable de la economía de un país. Las autoridades del organismo consideran, además, superado el hecho de que se hayan tomado de manera inconsulta las recientes medidas económicas, a las que consideran como irremediables, y confían en que la situación se normalice.

Esta es la información de la que disponían anoche el presidente de la Nación y algunos de sus colaboradores más cercanos, como Adalberto Rodríguez Giavarini.

El ministro de Relaciones Exteriores confía en que, si la Argentina presenta un presupuesto aceptable para el 2002 y anticipa pautas razonables para el 2003, buena parte de las tensiones creadas por los incumplimientos relacionados con el año que termina pasarían entonces a ser un capítulo superado.

Existen otras dos certezas en las cercanías del Presidente. En primer lugar, la Argentina va a hacer un gran esfuerzo para cumplir con los vencimientos del 14 y del 19 del actual y si es necesario va a apelar a la disponibilidad de los fondos de las AFJP. En segundo lugar, el Banco Central seguirá moviéndose con los encajes para evitar que ninguna institución sana sufra.

Desde los voceros del FMI hasta el doctor Cavallo han coincidido a lo largo de estos días en que la Argentina necesita un plan económicamente sustentable. Ha sido el presidente de los Estados Unidos, George Bush, el primero en reducir el drama argentino a una sola palabra, "sustentabilidad".

Pero cuando la administración norteamericana simplificó con una voz, no más, lo que estaba en juego, lo hizo después de recordar que el problema argentino debía definirse, en primer lugar, en el propio país. Y eso significa lograr coincidencias mínimas que lo hagan gobernable a ojos de la comunidad internacional.

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Desde la asamblea de la Conferencia Episcopal de noviembre del año último, los obispos han hecho llamamientos reiterados en favor de la deposición de intereses partidarios en las grandes causas que afectan a la sociedad argentina. Han abogado por acuerdos "inéditos", en claro señalamiento de lo excepcional de la situación.

Los obispos rechazaron, por cierto, ser convocados como parte a una concertación con políticos, empresarios y sindicalistas, porque la Iglesia mal podría verse a sí misma sino como abarcadora del conjunto nacional. Pero, al haberse ofrecido como "ámbito para la realización del diálogo", los obispos no se ciñeron, como podría interpretarse con simpleza, a la actitud de quien abre un salón para que otros se reúnan; avanzaron, en realidad, por el camino tácito de la conciliación, que es tarea pastoral.

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Comienza mañana una semana en la que habrá mayor interés que nunca por ver de qué manera la Iglesia puede ser suscitadora de ese diálogo efectivo que urge como nunca entre las fuerzas sociales y políticas.

El viernes 14 del actual hay vencimientos vinculados con la deuda y a ésos seguirán otros, el 19. Es posible que el Gobierno atienda tales servicios haciendo en parte uso de los 2300 millones de dólares de las AFJP, sobre cuya disponibilidad ha habido tanta discusión estos días.

Si fuere así, el Gobierno habrá postergado,al menos por algunas semanas una cesación de pagos abierta, y ganado días cruciales para la negociación en dos frentes: con el FMI, primero, y luego con la oposición y con el propio partido -el radicalismo- con el fin de contar con respaldo suficiente en el Congreso para la aprobación del proyecto de presupuesto pendiente.

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Los interlocutores que en verdad pesan con vistas a un acuerdo de tal magnitud son los gobernadores. El canje interno, que llegó a más de 55.000 millones de dólares, ha tenido, entre otras derivaciones, la de aliviar la situación de los gobiernos provinciales, que de otra manera hubieran seguido con una carga de intereses insostenibles para sus finanzas.

En la Casa Rosada se confía que predomina la voluntad acuerdista entre los mandatarios del interior, mientras que éstos mantienen como una de las principales imputaciones al poder central la de que éste pague los sueldos públicos en pesos y condene a las provincias a hacerlo en bonos que obran como moneda de segunda categoría.

El ex ministro de Economía Ricardo López Murphy dice que, después de todo, esos gobernadores han sido los principales responsables de la indisciplina fiscal.

López Murphy pronunciará el jueves próximo, en el Tiro Federal, su primer discurso político después de su breve ministerio de marzo último. Deberá entenderse como el comienzo de una empresa cívica que acometerá, si puede, desde dentro del radicalismo y, si no, desde una fuerza por gestar.

Todos los dirigentes de primer nivel del Partido Justicialista, desde el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, hasta el ex ministro del Interior Carlos Corach dijeron anoche a LA NACION que son conscientes de la enormidad del daño que se agregaría a la situación en curso si, por falta de acuerdo, tambalearan las instituciones de la Constitución.

Por eso esperan saber con qué regresa al país en sus manos el ministro Cavallo a fin de ponerse a discutir con el Gobierno la posibilidad de alcanzar un consenso.

Pocas veces ha habido tanta avidez por conocer con anticipación con qué rapidez la clase política está al fin, o no, en condiciones de alcanzar acuerdos básicos para el funcionamiento del Estado y el orden elemental en la sociedad. Nadie ignora que cuando las definiciones son claras, hasta en Kabul puede operar enseguida la Bolsa de Valores.

También se sabe lo que cuesta lograr resultados como ése por medios ajenos al debate civilizado.

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