El cacerolazo de la Argentina subterránea

Por Roberto Cortés Conde Para LA NACION
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21 de diciembre de 2001  

Buenos Aires fue testigo anteayer de dos fenómenos insólitos. Por un lado, saqueos a comercios en los que -según los testimonios visuales- no se trató precisamente de calmar el hambre. Eran pequeños grupos que robaron lo que encontraban y a los que se unieron ocasionalmente quienes aprovecharon para participar en el reparto.

El otro fue más inédito. Se trató de una respuesta, en gran medida espontánea, de gente común, tranquila, que salió a la calle para expresar una bronca casi incontenible que necesitaba compartir con otros, como lo hacía cuando festejaba un triunfo futbolístico.

En una sociedad donde los medios visuales intermedian en la comunicación entre las personas, las respuestas individuales fueron de algún modo alentadas por alguno de ellos.

Pero lo distintivo es que no eran pobres, no tenían hambre. Sí, en cambio, la horrible sensación de haber sido maltratados por decisiones de otros que afectaban su vida.

Muchos, probablemente, eran depositantes que en un fin de semana se encontraron con que no podían disponer con total libertad de sus ahorros, que, además, podían perder valor.

Otros, y quizá la mayoría, eran los cientos de miles que viven en la Argentina subterránea del trabajo en negro. Ellos fueron las principales víctimas de la restricción de efectivo.

Durante décadas el efectivo había sido su modo de vida, su arma principal. Les había permitido mantenerse alejados del Estado, de sus regulaciones y de los costos del sistema impositivo. Pagaban y recibían en efectivo y, de golpe, se los obligó a entrar en el sector formal.

No sólo ello chocó con sus viejos hábitos y costumbres. Subió sus costos porque tendrían que pagar impuestos.

A la bancarrota

Probablemente, para los más ricos esto era equitativo, ya que les hacía soportar las mismas cargas que al resto de la población y no les impedía continuar trabajando. Pero, para otros, para los empobrecidos autoempleados, ello comprometía sus raquíticas ganancias y los conducía a la bancarrota.

Las restricciones de efectivo, además, redujeron drásticamente sus ventas. La bancarización los afectó como la modernización hace más de un siglo lo había hecho con los gauchos. La vieja Argentina subterránea se vengaba de la Argentina moderna, de la electrónica y de la globalización.

Pero el hecho es que sus reclamos, por respetables que fueran, debieron ser canalizados por el sistema político y no terminar en una "pueblada". Esto habla muy mal de los logros democráticos de la Argentina en los 18 años de ininterrumpida vida constitucional.

Es imposible no recordar otros momentos en los que el mal humor generalizado ayudó a la caída de pasados gobiernos constitucionales.

El gran faltante

Recuerdo los momentos finales de Arturo Frondizi, los del rechazo generalizado a la lentitud de Humberto Illia y, en Chile, las semanas finales de los cacerolazos con que concluyó Salvador Allende. Lo que siguió a todos ellos no fue nada bueno.

Se suponía que después de décadas de trágicos desencuentros habíamos aprendido a respetar los mecanismos institucionales. Todavía falta en nuestro país una verdadera cultura democrática.

El autor es analista político y profesor de historia económica de la Universidad de San Andrés.

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