El debate que marcará el futuro del Gobierno

Joaquín Morales Solá
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7 de septiembre de 2011  

¿Racionalidad o radicalización? No pocos dirigentes políticos y sectoriales ubican en esas antípodas al gobierno de Cristina Kirchner luego del previsible triunfo en las elecciones del 23 de octubre. Los mensajes del poder son contradictorios. Mientras la Presidenta decidió extremar sus gestos de moderación para retener el voto de los sectores medios e independientes que también la votaron en agosto, algunos colaboradores suyos anuncian el advenimiento de tiempos convulsionados por el populismo.

La pregunta se encierra en una duda muy simple: se refiere a si Cristina Kirchner se inclinará por conservar a aquellos sectores moderados, más allá de las elecciones, o si se dejará llevar por el ala jacobina de su administración después de consumada su reelección. Las respuestas son tan contradictorias como los gestos que surgen del kirchnerismo.

Los interrogantes interpelan a la economía y a la política. Un extendido temor a la radicalización puede advertirse fácilmente en sectores empresarios. Las opciones que ellos oyen en el gobierno nacional son dos: el "populismo sustentable", promovido por el viceministro de Economía, Roberto Felletti, o el reingreso de la Argentina en el mercado financiero internacional para obtener nuevos créditos, alternativa que tendría su mejor exponente en el ministro de Economía, Amado Boudou.

La vía aconsejada por Felletti, y defendida por él en una temeraria declaración pública ("no hay límites", llegó a decir), promueve que el ya indisimulable déficit fiscal sea financiado por nuevas exacciones del Estado. Comprenderían desde los fondos de las obras sociales sindicales hasta la nacionalización del comercio de granos. No en vano, y aun con sus contradicciones internas, los líderes rurales son los más renuentes a acercarse al oficialismo en las últimas semanas. La senda que impulsa Boudou parecería más racional, pero esa racionalidad es relativa.

El mercado financiero internacional podría ser accesible para la Argentina, ahora que los principales países del mundo están financieramente extenuados. El país de Cristina Kirchner, en cambio, está entre las economías emergentes que aún pueden mostrar altos índices de crecimiento económico. La pregunta es, entonces, para qué usaría la Argentina esos créditos. ¿Acaso para financiar el déficit fiscal y retardar los inevitables reajustes que requiere el gasto público? La Argentina ya ha vivido un período muy largo, en los años 90, de irresponsable endeudamiento del sector público, que terminó con una deuda inmanejable y acarreó la gran crisis de 2001 y 2002.

Sectores empresarios están trabajando en una línea intermedia. Consistiría en conseguir aquellos reajustes en el gasto público y, al mismo tiempo, recurrir a los mercados financieros internacionales, pero sólo para obtener créditos que sirvan para mejorar la competitividad. Créditos para ampliar y perfeccionar la infraestructura, por ejemplo. En esta línea es donde se inscribe la gestión del presidente de la Unión Industrial, José Ignacio de Mendiguren, que hizo suyo un consejo para acercarse a la Presidenta que le dio un viejo kirchnerista: "Primero elogiar y después sugerir". "Mendiguren cree que la peor alternativa empresaria es quedarse ahora mirando en el balcón mientras se definen esas políticas", dijeron en la UIA.

El discurso de Cristina Kirchner en el Día de la Industria conformó a todo el mundo. No se peleó con nadie, difundió políticas de diálogo (que, todo hay que decirlo, no practica) y declaró el fin de una etapa de enfrentamientos. Era lo que su auditorio quería escuchar. Cuatro días más tarde anunció el Plan Agroalimentrio, otra vez en Tecnópolis, una especie de nuevo sanctasanctórum del kirchnerismo. Las metas que planteó fueron seductoras para los sectores rurales; también los cautivó la correcta descripción que hizo de los nuevos ruralistas del moderno campo argentino.

Dos problemas

Hubo, sin embargo, dos problemas. El primero de esos conflictos es que aquellas metas homologadas por los ruralistas no tuvieron un camino marcado para llegar a ellas. Un horizonte que careció de la indispensable cartografía. El único camino posible consistiría en abrir un intenso período de inversiones en el campo.

Pero ¿cómo hacerlo cuando los mecanismos de la arbitraria comercialización de los productos rurales quedan siempre en manos de Guillermo Moreno? ¿Cómo, cuando las únicas retenciones que toleran ahora los productores rurales son las de la soja por su excepcional precio internacional? ¿Por qué siguen intactas las retenciones al trigo, al maíz y a la producción de las economías regionales, entre otras?

El segundo problema fue que ninguno de los cuatro presidentes de la Comisión de Enlace recibió invitación para oír a la Presidenta. El contraste fue notable, porque sí fueron invitados importantes dirigentes de la industria, incluidos algunos que no tienen nada que ver con la producción del campo. La política opositora para Cristina Kirchner se encierra en una sola persona: Mauricio Macri. Como astuta política, jamás podría ignorar a otro político que sacó el 65% de los votos en su distrito.

Gestos y nada más, por ahora. Las negociaciones entre las dos administraciones carecen, hasta donde se sabe, de sustancia. El objetivo mayor de Macri, que consiste en que la Presidenta le transfiera el área capitalina de la Policía Federal con los correspondientes recursos, no pasó nunca de algunos escarceos. Tampoco hubo progresos notables en el requerimiento del líder capitalino para que el gobierno nacional avale algunos créditos internacionales.

La Presidenta bascula entre las dos posiciones. Radicalización y moderación. Una cosa parece inmodificable: su espíritu y su persona quedaron marcadas por la batalla política perdida en 2008 por la resolución 125. Líderes rurales, medios de comunicación, la traición. Ahí se encierran sus permanentes obsesiones. Eso explica que los dirigentes del campo sufran el desplante permanente, que los medios periodísticos sean maltratados por sus principales voceros y que Cristina Kirchner se haya rodeado sólo de incondicionales seguidores. El riesgo que corre es el de ampliar y profundizar aún más la soledad política que habita.

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