El desmoronamiento del poder, al desnudo

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
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23 de enero de 2015  

Cristina Kirchner invitó ayer a los argentinos a descender un círculo más en la escalera del infierno. En su segunda carta sobre la muerte de Alberto Nisman comunicó, entre otras atrocidades, lo siguiente: quien tenía a cargo la causa AMIA, acaso por eso el fiscal más relevante de la República, murió por culpa de Antonio "Jaime" Stiusso, que hasta hace menos de un mes era el principal agente de Inteligencia del Estado.

La Presidenta no termina de decir si fue un asesinato o un suicidio inducido. Pero está segura de que la denuncia que Nisman hizo contra ella por encubrimiento en la investigación del atentado fue parte de un plan destinado a involucrarla en la muerte del fiscal.

Para probar sus gravísimas afirmaciones, la señora de Kirchner no ofreció más indicios que algunas ocurrencias deshilvanadas. Interrogantes e insinuaciones. Fue tan sincera como temeraria cuando escribió: "No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas". Como abogada exitosa debería saber que es demasiado poco.

Sobre todo porque, en el mismo texto, se quejó de que Nisman fue poco riguroso en su presentación ante Ariel Lijo. La denuncia de la Presidenta puede conducir a un par de errores. El primero, aceptar la invitación a entrar en el laberinto de las especulaciones. El segundo, pensar el conflicto en los términos que ella y el PJ propusieron ayer: como un enfrentamiento del Gobierno con la oposición y la prensa independiente.

Esas dos reacciones nublarían lo esencial. Envuelta en un enredo que no controla, Cristina Kirchner está desnudando el desmoronamiento de su propio sistema de poder. Lo que ella describe, sucede en el seno del oficialismo. Es la desarticulación de una maquinaria que utilizó y que ahora la devora. La señora de Kirchner habla desde dentro del derrumbe y, por lo tanto, lo último que está en condiciones de ofrecer es una salida. Es su derrota política.

El espectáculo no debe sorprender. De nuevo el peronismo atrapa al país en sus convulsiones. Esta vez no se enfrentan bandas sindicales o guerrilleras. El kirchnerismo desató fuerzas más oscuras. Chocan facciones de los servicios secretos en una guerra en la que nada es lo que parece. Jueces y fiscales son piezas de un ajedrez que se juega en otra parte. El Estado, cuyo dominio sobre los argentinos se ha extendido tanto, ofrece ahora lo peor de sí.

La Presidenta convocó ayer a dar otra vuelta en su inquietante tren fantasma. Ella presume saber sobre la muerte de Nisman mucho más que la jueza Fabiana Palmaghini. Hasta duda de la ecuanimidad de la magistrada por cómo dilucidó el suicidio de Lourdes Di Natale. La titular del Poder Ejecutivo resolvió dos muertes en un par de párrafos. Pero terminó su carta diciendo que el único encargado de acusar es el Poder Judicial.

Palmaghini no fue la única castigada. La señora de Kirchner se preguntó también por qué había entrado al departamento de Nisman un médico privado antes que la jueza. Olvida que allí estaba Sergio Berni, su secretario de Seguridad. Antes de entregarlo, podría consultarlo.

La tesis que sugiere la Presidenta es que el ex director de Operaciones de la SI Stiusso hizo regresar a Nisman con urgencia desde Europa para presentar la denuncia. ¿Quería aprovechar el estruendo de la masacre de Charlie Hebdo o vengarse por los cambios en la SI? No sabe, no contesta. Tampoco se plantea que el fiscal temiera que ella fuera a echarlo. Sólo afirma que Nisman no sabía que el itinerario incluía su muerte.

La señora de Kirchner eludió las enigmáticas declaraciones de Diego Lagomarsino, colaborador de Nisman y dueño del arma con la que el fiscal se habría quitado la vida. El diario Página 12 publicó ayer una conversación que Lagomarsino habría tenido con Nisman la tarde anterior a su muerte. Según esa versión, el viernes pasado Stiusso aconsejó a Nisman desconfiar de su custodia y proteger a sus hijas. Es decir, lo empujó a liberar a sus guardias y a buscar un arma para defenderse: el incomprensible revólver 22.

El diario oficialista recoge esa información de una jueza que dijo ser depositaria de las confesiones de Lagomarsino. En otros términos: Pagina 12 dice que una jueza anónima dijo que Lagomarsino dijo, que Nisman dijo, que Stiusso dijo.

El técnico informático no mencionó a Stiusso ante la fiscal Viviana Fein. Es curioso. También lo es que, enterada de esa información, una magistrada se la haya contado a un diario oficialista y no a la Justicia.

El objetivo de Lagomarsino, o de sus ventrílocuos, sería que Stiusso se incorpore a la trama. Es lo que también pretende la Presidenta con su carta. En el expediente constarían dos llamadas del fiscal al espía: una la tarde del viernes y otra la tarde del sábado. Al parecer, ninguna de las dos fue respondida. De ser así, ¿por qué Stiusso no contestó, en un momento clave, cuando Nisman preparaba su aparición ante el Congreso?

La versión de Lagomarsino/jueza/Página 12 es que el viernes Stiusso habló con el fiscal. ¿Qué canales de comunicación había entre ambos? Al Gobierno le interesa saberlo para afirmar la hipótesis de la Presidenta: alguien hizo que Nisman adelantara su regreso desde Europa. Ella cree que fue Stiusso. En este contexto cobra sentido el video que divulgó el canal kirchnerista C5N, con la llegada del fiscal a Ezeiza y la presencia de un desconocido que lo recibe. ¿Un enviado de Stiusso?

El esclarecimiento de estos detalles contará con un actor discreto, pero relevante: la jueza Sandra Arroyo Salgado, ex mujer de Nisman y querellante en nombre de sus hijas. ¿Será la ventana de Stiusso al expediente? La relación de esta magistrada con el espía también ha sido siempre muy estrecha.

Balance provisional: Cristina Kirchner sugiere que Stiusso le "tiró un muerto" y deja ver su deseo de "tirarle un muerto" a Stiusso. El muerto es el fiscal del mayor atentado de la historia argentina, producido por el terrorismo islámico contra una institución judía. ¿Qué intereses están amenazados para que se desate esta dinámica violenta?

La información sobre Lagomarsino sirve también para desacreditar el trabajo de Nisman. Según la magistrada desconocida, Lagomarsino desbloqueaba archivos que remitía el fiscal a su domicilio. Esa tarea muchas veces era perentoria. Conclusión: documentación decisiva para la causa AMIA era procesada por un particular, fuera de la fiscalía. Eso sí: la jueza dice que Lagomarsino nunca miraba lo que copiaba.

En la misma línea de desmerecer el trabajo de Nisman, la Presidenta lo presenta como un autómata de Stiusso, único administrador del expediente judicial. Pero Nisman fue seleccionado por ella y por su esposo, que le asignaron a Stiusso. Los Kirchner se fascinaron con las habilidades de este ingeniero, que les ofreció servicios inconfesables e inapreciables, sobre todo judiciales, en sus guerras de poder. La Presidenta simula candidez. Pero todas las irregularidades que atribuye al jefe de Operaciones de "su" SI se cometieron bajo la mirada de Héctor Icazuriaga y Francisco Larcher, que prefirieron renunciar antes que pedir a Stiusso la renuncia. El país está frente a un conflicto interno del oficialismo. Stiusso es al espionaje lo que Moyano fue al sindicalismo.

Los gobernadores y ministros que se sacrificaron ayer, con el membrete del PJ, señalando un complot opositor conocen esta trama. En los últimos 13 años prescindieron del teléfono por temor a que Stiusso los escuchara.

Cristina Kirchner afirmó que en la denuncia de Nisman hay pocas novedades. Y se regodeó en que el presunto espía Bogado ya había sido denunciado a instancias de Stiusso. Tiene razón, desde el punto de vista penal, que es el único que parece interesarle. Su propósito es poco edificante: trivializar la presentación del fiscal para demostrar que el oficialismo no tenía por qué asesinarlo.

Para la política y las relaciones exteriores la presentación del fiscal es deletérea: confirma el establecimiento de una diplomacia paralela para celebrar un acuerdo con Irán cuyos objetivos y resultados el Gobierno todavía no puede explicar.

La Presidenta describió una crisis sin proponer remedio alguno. ¿Qué piensa hacer con la SI? Porque el nuevo director de Operaciones, Horacio García, es el otro yo de Stiusso. ¿Qué equipo seguirá el caso AMIA? ¿El fiscal Alberto Gentili, que reemplazará a Nisman, no impulsó su carrera gracias a colaboradores de Stiusso? ¿Qué lazos unen al juzgado de Lijo, que debe resolver la acusación de Nisman, con el entorno de Stiusso?

La Presidenta está más interesada en saber qué posición toma Daniel Scioli en esta guerra. Es el candidato al que, hoy por hoy, parece condenada. Ayer lo despeinó, al desdeñar a los que aceptan invitaciones de Clarín. Ella sigue sin desentrañar un enigma: ¿de qué hablaron el gobernador y Stiusso en la sede de la SI pocos antes de que el espía fuera despedido? El documento del PJ de ayer tenía casi un único objetivo: que Scioli lo firmara.

Son minucias en las que la Presidenta parece entretenerse para no pensar en la dimensión de su tragedia. Más allá de la azarosa peripecia judicial, como Yrigoyen con Alem, como Uriburu con Lugones, como Justo con De la Torre, como Perón con Juan Duarte, como Montoneros con Rucci, como Menem con Cabezas, Duhalde con Kosteki y Santillán, ella también entra a la historia cargando con un muerto inexplicable.

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