El fallido plan de De la Rúa para sobrevivir

Intentó usar a Cavallo como prenda de negociación con el PJ y planeó un sistema trimonetario, pero el "cacerolazo" lo frustró
Mariano Obarrio
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23 de diciembre de 2001  

El gobierno de Fernando de la Rúa acabó la noche del miércoles último, cuando el "cacerolazo" de la clase media porteña (sus votantes de 1999) truncó su último, y desesperado, plan de supervivencia.

Cuando De la Rúa grabó el discurso televisivo que detonó, una hora después, el estallido popular, ya había decidido desprenderse del ministro de Economía, Domingo Cavallo, para negociar un cogobierno con el peronismo y avanzar hacia una salida de la convertibilidad mediante un sistema trimonetario, confirmaron a LA NACION ex funcionarios delarruistas que participaron de los cabildeos de esa jornada funesta.

Se había inclinado por una de las dos posiciones que dividían a su gobierno desde el mediodía, cuando los saqueos se extendieron sin control. La otra posición sostenía que no había esperanza alguna de que el PJ sostuviera a su administración agonizante.

En la visión de quienes sostenían esto último, el presidente había desaprovechado la última posibilidad de llegar a algún acuerdo ese mediodía, en Caritas, sede que la Iglesia había prestado como ámbito para el diálogo con el PJ, el sindicalismo y sectores empresarios.

Según un ministro presente, De la Rúa no hizo ningún ofrecimiento concreto, no mostró voluntad de convencer, apenas expuso argumentos formales y se despidió abruptamente porque tenía "otros compromisos". Al salir a la calle fue abucheado.

Las horas que siguieron fueron febriles y confusas. El Gobierno resolvió dictar el estado de sitio para frenar la ola de saqueos. El secretario general de la Presidencia, Nicolás Gallo, presionaba entretanto para censurar la transmisión televisiva de los saqueos.

El jefe de Gabinete, Chrystian Colombo, mandó pedir las renuncias a todos los ministros para abrir una posible negociación para un cogobierno con el PJ.

Ya de noche, De la Rúa y parte del gabinete se trasladaron a la residencia de Olivos. Su discurso, en el que anunciaba el estado de sitio, era transmitido por televisión. Cuando llegó a Olivos supo de la recepción que habían tenido sus palabras: multitudes tomaban las calles, desafiando el estado de sitio.

De la Rúa quería retener a Cavallo como prenda de negociación con el PJ, pero la sociedad le exigía su cabeza de inmediato.

Cavallo habría intentado una última jugada ofreciendo diseñar él mismo una salida de la convertibilidad, según uno de los presentes en Olivos. Más tarde, mientras intentaba contener la crisis de nervios que invadía a su familia (parte de la manifestación popular ocurría debajo de su departamento), presentó su renuncia.

El presidente no se decidía a aceptarla. Sólo a las 2.30 de la mañana resolvió que no tenía alternativa. A las 3, el cavallista Armando Caro Figueroa recibió una llamada en su casa, desde Olivos, para que ayudara a ubicar a Cavallo. Debían comunicarle que ya no era ministro.

En paralelo, se desarrollaba una reunión secreta en el hotel Elevage. Colombo; Nosiglia; el jefe de la SIDE, Carlos Becerra; el ex diputado Rafael Pascual, y el ministro del Interior, Ramón Mestre, intentaron negociar un cogobierno con un grupo de peronistas entre los que se encontraban el gobernador bonaerense, Carlos Ruckauf; el senador Eduardo Menem, y el presidente provisional del Senado, Ramón Puerta. Los gobernadores de Córdoba, José Manuel de la Sota, y de Santa Fe, Carlos Reutemann, participaban en contacto telefónico.

La reunión terminó a las 4 de la madrugada siguiente, sin definiciones. Varios funcionarios entendieron entonces que el gobierno había caído. Según muchos testimonios, también De la Rúa. Pero decidió prolongar la agonía durante otras trece horas. En ese lapso, 16 personas murieron violentamente a manos de la policía que reprimía los saqueos a las puertas mismas de la Casa de Gobierno.

El último día

El jueves por la mañana, Colombo, Mestre y el mismo De la Rúa retomaron las negociaciones telefónicas. Los gobernadores del PJ fueron convocados a la Casa de Gobierno, a las 13. En cambio, los gobernadores se citaron en Merlo, San Luis, para la noche.

Ninguno de los gobernadores y jefes parlamentarios con los que hablaba el gobierno decía abiertamente que quería que De la Rúa renunciara. Ni siquiera rechazaron con todas las letras la convocatoria al cogobierno. Entendían que sus señales eran más que elocuentes.

De la Rúa decidió lanzar una convocatoria pública para un cogobierno con un nuevo plan económico y cualquier otra condición que el PJ dispusiera. Lo anunció ante los periodistas, a las 16.15. Quería forzar al PJ a hacer manifiesta su negativa. A esas alturas, lo único que estaba en juego era quién cargaría con la culpa por la caída del Gobierno.

Un ministro escuchó a Colombo preguntar luego a De la Sota qué le había parecido el discurso. De la Sota le contestó: "No lo pude escuchar, tengo un quil... en Córdoba..."

De la Rúa habló con Puerta, que le dijo que no podía darle ninguna respuesta y le pidió que esperara a la reunión de la noche en San Luis.

A las 17, por televisión, el bloque de diputados del PJ, por boca de su jefe, Humberto Roggero, anunció que iniciaría el juicio político para destituir al presidente.

De la Rúa habló con el jefe del bloque radical en el Senado, Carlos Maestro. Este le insistió que el PJ no tenía intención de sostenerlo. "Creo que es conveniente acelerar los tiempos de tu renuncia", le dijo.

"Esto está terminado"

Minutos después, De la Rúa reunió a algunos de sus ministros en el comedor presidencial y les dijo, en tono formal: "Hicimos todo lo posible. No parece que el peronismo vaya a avanzar en acuerdos que incluyan mi permanencia en el cargo como presidente (...). Está claro que el peronismo viene por todo. Esto ya está terminado. Enviaré la renuncia", dijo, en un silencio sepulcral.

El jefe de la Casa Militar recomendó que saliera hacia Olivos en helicóptero, desde la terraza, porque en la explanada seguían las corridas y los incidentes. "Muy bien", dijo De la Rúa.

Su familia lo recibió, llorando, en el helipuerto de Olivos. El se veía agobiado y al borde de sus fuerzas.

Al día siguiente despertó con ánimo aliviado. Decidido a reescribir su final para la posteridad, volvió a la Casa de Gobierno por la explanada, anuló el estado de sitio, se reunió con el ex premier español Felipe González y firmó autógrafos. En sus últimas declaraciones públicas deslindó toda responsabilidad por la trágica represión.

Mientras estaba con Felipe González habló por última vez con Puerta, que se preparaba a sucederlo. "Ustedes cometen una gran equivocación", le dijo.

Quizás el reproche haya hecho dudar al presidente provisional del Senado, porque esa tarde renunció a asumir hasta las próximas elecciones la presidencia del país por miedo a quedar en la historia como el responsable ilegítimo de la caída de un gobierno.

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