El guardián del relato kirchnerista

Mariana Verón
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7 de diciembre de 2011  

Juan Manuel Abal Medina tiene los títulos académicos que todo funcionario envidiaría. Pero no llegó a jefe de Gabinete de Cristina Kirchner sólo por su currículum como politólogo, investigador y docente, ese mismo que le valió medallas, premios y tesis doctorales avaladas por los mejores de la ciencia política. Su disciplina a los mandatos del poder fue la llave que le terminó de abrir las puertas al cargo más elevado del elenco ministerial.

Una anécdota: en medio de la polémica que habían generado las declaraciones de Eduardo Sigal, entonces funcionario de la Cancillería, por la existencia de una supuesta embajada paralela en Venezuela, Néstor Kirchner debía compartir un acto con un grupo de partidos aliados al kirchnerismo. Uno de los organizadores de aquel mitin era el diputado Edgardo Depetri. Sigal estaba sentado en la mesa principal. Antes de poner un pie en la escalerilla que lo llevaba al escenario, Kirchner le pidió a Abal Medina, su colaborador estrecho en sus años fuera de la Casa Rosada, que lo echara. El obedeció. Se acercó a Depetri y le pidió que le transmitiera la orden de irse. El diputado se negó. No importó. Abal Medina fue y, gentilmente, le pidió que se retirara.

Hay una coincidencia en los atributos que Juan Manuel Abal Medina ha logrado transmitir a cada una de las personas que lo han visto en acción: su predisposición para cumplir órdenes. Suele llamar "jefe" a todos los que han estado por encima de su estructura.

Portador de un apellido histórico, su padre (del mismo nombre) fue secretario general del peronismo (1972-1974), y su tío, Fernando, uno de los fundadores de Montoneros, muerto a comienzos de los 70 en un enfrentamiento con la policía. Pero él nunca militó en el PJ. Sólo se forjó en la universidad. No tiene un partido ni estructura política en las calles.

Ayer, fiel a su estilo, se recluyó en su despacho del segundo piso de la Casa Rosada, con vista a la Plaza de Mayo, y evitó todo contacto con los medios. Desde que llegó a la Secretaría de Comunicación Pública, el 11 de enero pasado, no da entrevistas. Es más: se jactó siempre de su resistencia a hablar con los periodistas.

"Es un hombre que está más preparado que el promedio en la función pública", cuenta un ex funcionario que lo conoció de cerca. A su lado, destacan su nivel intelectual y su apego a los Kirchner como las características que lo llevaron a quedarse con el premio mayor.

Con 42 años y tres hijas (una de 7, otra de 5 y una beba), llegó a ser el último de los laderos del ex presidente. Dicen que Kirchner lo adoptó como a un hermano menor. Una imagen: ministros y funcionarios apenas podían llegar hasta la habitación 206 del sanatorio de Los Arcos, el domingo 12 de septiembre del año pasado, después de la segunda operación de urgencia a Kirchner. Abal Medina era el único que permanecía ahí, sentado al lado de la cama del ex presidente. Solo.

De origen en el Frepaso, tuvo de jefes a Carlos "Chacho" Alvarez y a Aníbal Ibarra. A ambos abandonó cuando los alcanzó la desgracia política. Entró a la Casa Rosada con Alberto Fernández. Pero apenas éste se fue, él se quedó con Sergio Massa. Eso le valió la enemistad que hoy perdura con su ex padrino político. Entonces, solía citar al sociólogo y filósofo Max Weber. "Porque el buen político es aquel que se anima a decir «sin embargo»", le dedicó en un libro a un ex allegado. Otros tiempos.

El intendente de Tigre lo valoró como un modernizador del Estado y lo nombró secretario de la Gestión Pública. Allí comenzó su despegue. Su relación con Kirchner llegó gracias a la amistad de su padre -hoy empresario de vínculos comerciales con el multimillonario mexicano Carlos Slim- con otro incondicional del ex presidente, Héctor Icazuriaga.

Instigador del programa oficialista 6,7,8, la oficina de Abal Medina es el reducto por donde pasan los ministros antes de ir al programa más kirchnerista de la televisión. De allí se llevan las posturas oficiales, prolijamente explicadas, que deben retransmitir sin fisuras.

Algo va a tener que cambiar: es que fuma tres atados de cigarrillos negros por día y su despacho estará desde el sábado próximo pegado al de Cristina. Se sabe. La Presidenta, que entra sin golpear donde quiere, no tolera, ni cerca, el vicio que ella abandonó hace 20 años.

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