El hombre que vivió eludiendo la derrota

Menem no sufrió en el pasado fracasos electorales, pero renunció a candidaturas; una carrera basada en no parecer vencido
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15 de mayo de 2003  

Carlos Menem basó buena parte de su capital político en la fantasía de su propia invencibilidad.

Hasta el último momento antes de su renuncia, muchos pensaron que las versiones eran parte de una deliberada puesta en escena destinada a fortalecerlo para la segunda vuelta electoral.

En vista de esas especulaciones, un influyente diplomático extranjero trazó ayer ante LA NACION un paralelo entre ese aspecto del imaginario popular que rodea a Menem y el que sostuvo en el pasado al ex presidente de República Dominicana Joaquín Balaguer. "Su imagen de poderío era tal que, cuando se equivocaba, los dominicanos se convencían de que lo había hecho a propósito con algún motivo oscuro. Era imposible convencerlos de que, simplemente, se había equivocado", recordó el diplomático.

Menem intentó sostener esa ilusión con la renuncia a participar en la segunda vuelta electoral, prevista para el próximo domingo. Así, calcula, podrá volver a utilizar la afirmación que blandió como un latiguillo durante la campaña para la primera vuelta: "Nunca perdí una elección".

La frase, en su sentido literal, es cierta. Sin embargo, Menem acumula otras derrotas en su larga carrera política y, también, renuncias con las que eludió fracasos que veía como inevitables.

Su primera derrota ocurrió en los tiempos embrionarios de su vida como político. Fue en 1958, cuando se postuló como senador nacional por el partido Unión Popular, uno de los disfraces con que el peronismo proscripto intentaba reinsertarse en el mapa político nacional.

Eran las primeras elecciones generales democráticas desde el derrocamiento, en 1955, de Juan Domingo Perón, las que llevarían al radical intransigente Arturo Frondizi a la presidencia. Pero su candidatura no prosperó. Era demasiado joven: la Constitución nacional establecía una edad mínima de 30 años y Menem tenía 28 (nació el 2 de julio de 1930 en Anillaco, La Rioja).

En cambio, en las elecciones legislativas provinciales de La Rioja de 1962 logró ser elegido diputado por el departamento de Castro Barros, al que pertenece Anillaco. Tampoco esta vez logró asumir, por el golpe militar del 29 de marzo de ese año, que dio lugar al gobierno civil de facto de José María Guido.

Intento frustrado

Al año siguiente, cuando se abrió el proceso electoral que resultaría en la presidencia del radical Arturo Illia, intentó presentarse como candidato a gobernador por La Rioja. Otra vez su intento naufragó: Perón decidió que su electorado votara en blanco y Menem debió retirar su candidatura (por pedido personal del líder, al que había conocido en 1964 en Puerta de Hierro, según algunas aproximaciones biográficas publicadas).

No volvió a ser derrotado personalmente en un proceso electoral, aunque debe contabilizarse como una derrota política propia, aunque no directa, el resultado de las elecciones legislativas de octubre de 1997, en las que triunfó la Alianza de frepasistas y radicales y comenzó su declive como líder nacional.

Fue un golpe decisivo para un fracaso que le dolió especialmente: el del proyecto de obtener una segunda re-elección, con la cual permanecer en el poder más allá del plazo de diez años (1989-1999) que ya tenía asegurado.

La primera reelección había sido un doble triunfo de su carrera, ya que además de lograr la reforma de la Constitución para poder continuar en el poder había asestado un golpe que se temió mortal para el bipartidismo: el pacto de Olivos, que acarreó un gran descrédito público a la Unión Cívica Radical.

En el camino, Menem había cosechado más victorias electorales que la mayoría de los políticos argentinos contemporáneos: tres veces gobernador de La Rioja, con porcentajes superiores al 50% del electorado (1973, 1983 y 1987); una vez, contra todos los pronósticos, en las elecciones internas del peronismo para elegir candidato presidencial (1988); dos veces presidente (1989, 1995).

Prisiones

Podrían computarse también como derrotas políticas los varios períodos que pasó en prisión, aunque sus causas y consecuencias históricas fueron de carácter muy diferente.

La primera vez que fue preso tenía 26 años, en 1956, y, como dirigente juvenil peronista, festejaba el breve levantamiento del general Juan José Valle contra el gobierno militar del general Pedro Eugenio Aramburu. El levantamiento fue sofocado y Menem, como muchos otros simpatizantes de Valle, fue apresado. Valle y otra treintena de personas fueron fusilados.

Volvió a ir preso en 1976, poco después del golpe del 24 de marzo que derrocó a la viuda de Perón, María Estela "Isabel" Martínez. El gobierno militar interrumpió su mandato como gobernador de La Rioja y lo mantuvo como preso político, en diferentes cárceles, durante cinco años, hasta febrero de 1981.

Menos dramático en cuanto a las condiciones personales que sufriría, y mucho menos redituable políticamente (por el consenso social que condenó al régimen que lo apresó), fue su siguiente período en prisión.

El 7 de junio de 2001, durante la presidencia de Fernando de la Rúa, el juez federal Jorge Urso lo procesó y ordenó su reclusión como líder de una asociación ilícita que durante su administración nacional había traficado armas a Croacia y Ecuador.

La causa de las armas fue resultado de una de las muchas denuncias por hechos de corrupción que plagaron los dos gobiernos menemistas. Menem fue liberado en noviembre del mismo año, luego de que la Corte Suprema de Justicia (a la que aún hoy se considera mayoritariamente favorable al ex presidente) fallara en el caso.

Menem intentó conseguir rédito político de sus períodos en prisión. Muchas veces se presentó como un líder perseguido, primero, por las dictaduras; luego, por una conspiración democrática de origen incierto.

Ayer volvió a recurrir a la teoría de la persecución para justificar su renunciamiento. Esta vez, quien lo "proscribe" es su enemigo interno del peronismo, el presidente Eduardo Duhalde, como resultado de una pelea de poder. Así, eludió aceptarse derrotado. Como otras veces, confía en que la ilusión social de su poderío prevalezca.

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