El país atado a una interna partidaria

Martín Dinatale
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23 de diciembre de 2001  

Nunca antes en la reciente historia de la Argentina el futuro del país estuvo tan atado a las disputas internas e intereses personales puestos en juego en un partido político, en este caso el justicialismo.

La incertidumbre que protagonizaron los argentinos el jueves último tras la renuncia de Fernando de la Rúa se profundizó ayer con la lucha mezquina por espacios de poder que mostró el PJ al momento de definir al sucesor interino de la Presidencia y promover a la vez la ley de lemas para las elecciones generales anticipadas.

No fueron suficientes los 27 muertos que hubo tras los estallidos sociales ni el cacerolazo en reclamo de un cambio de comportamiento de la clase política o los incontables saqueos a comercios registrados a lo largo del país hace apenas 24 horas. Nada de ello pareció erizar la piel de los dirigentes del justicialismo, que ayer continuaron sumergidos en sus respectivas pulsedas intestinas para acceder al poder.

El peronismo condicionó la suerte del futuro del país a su interna partidaria. Todos los argentinos giraron ayer en torno de las peleas del PJ. La urgente solución política ante el vacío de poder, el sostenimiento de la economía y hasta la paz social pareció pender de los enfrentamientos entre Carlos Menem, Carlos Ruckauf, Eduardo Duhalde, José Manuel de la Sota, Carlos Reutemann, Adolfo Rodríguez Saá y Ramón Puerta, entre las caras más visibles de los distintos espacios de poder y de modelo de país que se contraponen en el seno del PJ.

Cada uno de estos actores y su codiciado sueño presidencial se impusieron por encima de una nación sin presidente ni programa económico visibles hasta anoche. Ni siquiera en los peores tiempos de disputa entre menemistas y duhaldistas a raíz del proyecto reeleccionista del ex jefe del Estado se había puesto en juego como ahora la suerte de toda una población.

Al parecer, el único objetivo que desveló a los dirigentes del PJ fue el de descomprimir las peleas de interna partidaria antes que resolver la emergencia institucional del país. Para ello apostaron el todo por una solución legal resistida por la oposición y controvertida desde el punto de vista político: la ley de lemas. Es decir, la mejor manera que encontró el PJ para definir un solo candidato.

El menemismo, afuera

En este esquema, el menemismo, que había quedado afuera de todo tipo de negociaciones por la sucesión de De la Rúa se opuso a la ley de lemas que principalmente motorizó De la Sota. Carlos Menem ordenó a sus legisladores a votar en contra de ese proyecto, lo que restó números al peronismo en el Congreso y puso en riesgo la continuidad de la iniciativa.

Digno de una escena kafkiana, el menemismo llegó a aliarse con el radicalismo y el Frepaso para sostener su postura. Los dirigentes de la UCR y los frepasistas coincidieron en la necesidad de no convocar a elecciones presidenciales y avanzaron en la idea de aceptar que el presidente designado por la Asamblea Legislativa permanezca en el cargo hasta el final del mandato que tenía De la Rúa, esto es hasta diciembre de 2003.

Los diputados de ARI encolumnados tras Elisa Carrió desafiaron al peronismo para las elecciones generales de marzo. Aunque a diferencia del PJ desecharon la imposición de la ley de lemas, a sabiendas de que en ese contexto serán derrotados cómodamente.

Ante la necesidad de imponer su posición no fueron pocos los justicialistas que amenazaron con tono irónico a sus pares de la UCR con patear el tablero y dejar todo en manos de Raúl Alfonsín.

En la desesperación por obtener la ley de lemas, los legisladores peronistas forzarían la letra constitucional al entender que para instalar al sucesor de De la Rúa, convocar a elecciones e instrumentar la ley de lemas se podría imponer el voto de una mayoría simple, cuando en rigor se requieren los dos tercios de los presentes.

A esta altura, el debate jurídico-político que se desató en el Congreso pareció excesivamente mezquino y alejado de las expectativas de la gente. De esa población que el miércoles salió a las calles a pedir las renuncias de Domingo Cavallo y de De la Rúa. La misma gente que exigió un cambio de la clase política y un país ajeno a disputas personales, pero que aún no escucha respuesta coherente alguna.

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