El PJ vacila entre la responsabilidad y la incompetencia

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22 de diciembre de 2001  

El poder está vacío en la Argentina, que es una de las peores sensaciones que se pueden abatir sobre cualquier sociedad. El presidente que se fue ha errado más de lo que la historia suele perdonar, pero el problema no es ya él, sino sus tenaces opositores. El peronismo vacila en estas horas entre la responsabilidad y la incompetencia, en un movimiento demasiado peligroso para la estabilidad social y política del país, y se apresta a decidir por la peor opción: una convocatoria inmediata a elecciones.

Ramón Puerta (había logrado en poco tiempo el consenso de los sectores de poder en torno de su figura) será presidente por 48 horas y es probable, según la decisión del justicialismo de ayer, que el gobernador Adolfo Rodríguez Saá lo suceda sólo por 60 días. Puerta no quiso ser presidente por sólo dos meses, convencido de que lo aguardaba la debilidad política y la dificultad para gobernar. Pero los tres gobernadores de las grandes provincias peronistas (Ruckauf, De la Sota y Reutemann) rechazaron la posibilidad de designar ahora a un presidente por dos años para concluir el mandato de Fernando de la Rúa.

Hay algo notable en todo esto: la poca influencia que en el decurso de las cosas tienen los dos hombres que parecían liderando las parcelas más importantes del peronismo. Carlos Menem y Eduardo Duhalde querían un interinato presidencial hasta diciembre de 2003, cada uno por sus propias razones, pero los gobernadores del interior y los senadores autónomos de ese partido eligieron otro camino sin siquiera consultarlos.

En los próximos días, la Argentina deberá decidir sobre el valor de su moneda, sobre la carencia social que disparó la violencia y el miedo a niveles insoportables ya en vastas zonas del país, sobre la deuda pública (la mayor que haya estado en discusión en el mundo), sobre el presupuesto inconcluso y sobre un plan económico básico para mostrar en el exterior ineludible.

¿Puede, acaso, un presidente de dos meses, intrínsecamente débil, devaluar sin disparar un proceso hiperinflacionario, o intentar mantener el valor de la moneda sin que el mercado se le subleve? ¿Podría disponer de fondos genuinos, que no sean, por ejemplo, las reservas del país, para distribuir cuanto antes la comida elemental entre los sectores más pobres? ¿Le sería posible restituir el orden antes de que sea tarde y ejercer un control efectivo sobre las fuerzas de seguridad, al parecer a punto de ser rebasadas por el conflicto? ¿Qué organismo o qué nación importante del mundo creerían en los planes, por más perfectos que fueren, de un presidente con una vida más corta que una estación del año?

El argumento que se ha exhibido es que la dimensión de la crisis necesita de un presidente con un renovado mandato popular.

Pero la sociedad argentina le ha dado un mandato al peronismo hace apenas dos meses, cuando ganó las elecciones de octubre por un ancho margen.

La gente de a pie no está reclamando otro proceso electoral, sino algo más simple: un gobierno que solucione los problemas esenciales. La triste historia política de la Argentina enseña que el proceso político termina siempre mal cuando la sociedad empieza a reclamar orden.

Una elección popular necesita de una campaña electoral. ¿De qué forma imaginan los dirigentes políticos argentinos que enfrentarían ese desafío cuando son muy pocos los que ahora pueden salir a la calle y caminar normalmente?

Hasta el legislador Luis Zamora, elegido diputado hace muy poco porque la gente le reconoció el hecho de no haber cobrado la jubilación de privilegio que le correspondía, fue maltratado en la vía pública el jueves último.

¿Los dirigentes políticos creen, acaso, que podrían hacer una campaña televisiva sin fulminar el rating más pintado?

Cada uno de aquellos conflictos de culminación inminente (la devaluación o la convertibilidad, el "default", la renegociación de la deuda, la pobreza, el Estado en sí mismo) tiene recetas buenas y ordenadas para ser resueltos, salvo que los hombres dejen las cosas en manos de la naturaleza. Pero la naturaleza se define, casi siempre, de manera caótica.

¿No es eso lo que acaba de suceder con el conflicto social, ignorado por el anterior gobierno y metido en una infernal interna entre radicales?

Proyectos incompatibles

Dicen que Carlos Menem y Eduardo Duhalde tienen dos proyectos económicos incompatibles y que la pelea entre ellos refuerza el poder de los gobernadores y senadores.

Las dos aseveraciones son ciertas. Duhalde promueve una gestión económica quizás anclada en una Argentina que fue. Y Menem enarbola un proyecto que, en nombre de la modernidad, también pertenece al pasado.

Pero ambos tienen la obligación de hablar entre ellos sobre los modos posibles de una solución política, aunque deban excluirse mutuamente de ella. El diálogo sigue siendo la carencia más notable de la política argentina.

El peronismo, que fue un sólido partido de poder hasta hace dos años, no podría reducirse ahora a una alianza de señoríos feudales, incapaz de ver el conflicto nacional en su amplia dimensión.

La crisis política e institucional de estas horas podría ser, incluso, más grave que la de hace 48 horas.

Cuando aún gobernaba el ex presidente Fernando de la Rúa, la política y la Nación tenían la alternativa de un peronismo con mayoría parlamentaria y con dominio sobre gran parte del territorio nacional.

Si la sociedad, que ya comprobó que puede voltear presidentes con sólo salir a la calle, de manera pacífica en algunos casos y de manera vandálica en muchos más, eliminara al peronismo del poder en poco tiempo, lo que quedará después de él será la nada y la oscuridad.

Felipe González, quizás el líder extranjero más querido por los argentinos, suele decir que la historia es, a veces, como un caballo que pasa al galope. Sólo impone que sus protagonistas sepan dar el salto y montarlo a pelo.

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