El Presidente apuesta a sus amigos para los primeros 60 días

Mantendría a los ministros cuestionados
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29 de diciembre de 2001  

Era de madrugada y en el despacho de la presidencia provisional del Senado, Adolfo Rodríguez Saá seguía con algunos de sus íntimos el debate de la Asamblea Legislativa que lo nominaría presidente varias horas después. Estaba convencido de que lograría su objetivo. De golpe confesó: “No puedo construir el gobierno de los mejores; sólo de los que conozco”.

Esa frase refleja la razón por la cual el Presidente se rodeó de algunos controvertidos personajes de la política y está dispuesto a mantenerlos. Sólo lo hará mientras dure la transición: si consigue quedarse en el poder renovaría el elenco ministerial, aunque conservará su círculo íntimo.

Su decisión responde a una táctica precisa que fue confiada a LA NACION por el propio Presidente, a pocas horas de jurar en el Salón Blanco en su despacho y por dos fuentes que integran el grupo de hombres que hoy toman decisiones en la Casa Rosada.

Rodríguez Saá llegó al poder con el aval de todo el PJ y con el compromiso de quedarse 60 días y llamar a elecciones. Pero desde que en Merlo (San Luis), horas después de que Fernando de la Rúa le anunció por teléfono a Ramón Puerta que iba a renunciar, Rodríguez Saá comenzó a armar su plan para quedarse hasta 2003.

Una de las primeras cosas en las que pensó fue que si “asumía el riesgo” (según sus allegados) de tomar la transición sólo podría hacerlo con los amigos que hizo en la política en los 18 años que fue gobernador de San Luis.

El plan comenzó a gestarse en el despacho del Senado durante la madrugada del domingo último, donde los adolfistas esperaban que los legisladores lo eligieran presidente. El proyecto consistía en llevar a la Casa Rosada a sus hombres de confianza para buscar, en 60 días, cumplir parte de los ambiciosos anuncios que tenía preparados desde temprano.

“No puedo gobernar en tan poco tiempo con gente a la que yo no le tengo confianza. Sólo habrá conocidos míos”, había dicho el Presidente esa madrugada en que se definía su futuro. Su discurso, en cuya redacción colaboraron su hermano Alberto y su amigo Carlos Grosso, estaba listo y en la mente del puntano ya estaban los nombres de sus funcionarios.

Compromisos

Según pudo saber LA NACION en boca de varios gobernadores peronistas, Rodríguez Saá primero cumplió con la formalidad de ofrecer los cargos a quienes lo habían llevado hasta la Rosada. Así, le ofreció a Juan Carlos Romero (Salta) la Cancillería; a Néstor Kirchner (Santa Cruz) la Jefatura de Gabinete, y a Eduardo Fellner (Jujuy) el Ministerio del Interior. Como ninguno aceptó porque no querían abandonar sus gobernaciones (la transición no les garantizaba éxito alguno), Rodríguez Saá les dio la segunda opción: escribir una lista con los nombres de quienes los gobernadores querrían para puestos estratégicos. Esta oferta conformó a los mandatarios, hicieron la lista y de esa forma pudieron colocar en distintas secretarías a hombres de su confianza.

Puestos clave

Pero los puestos clave del gabinete sólo fueron para los adolfistas puros: Luis Lusquiños (secretario general de la Presidencia); Carlos Sergnese (titular de la SIDE); Graciela Corvalán (secretaria de Obras Públicas); José María Vernet (ministro de Relaciones Exteriores, a cargo de Defensa), y Víctor Reviglio (secretario de Políticas y Regulación Sanitarias).

A este grupo se sumó Carlos Grosso como jefe de asesores de la Secretaría General de la Presidencia, que anoche renunció tras el cacerolazo. “Yo vine a saludarlo y me quedé porque me lo pidió”, contó el controvertido ex intendente a sus colaboradores, después de su designación.

Los nombramientos de los funcionarios investigados por la Justicia (sobre lo que se informa aparte) causaron pánico entre los gobernadores peronistas, que ahora acusan a Rodríguez Saá de “incontenible” y de querer “asaltar el poder” por sus ambiciones de quedarse hasta 2003.

El Presidente estaría decidido a sostener a sus amigos en el gabinete, según dijeron ayer a LA NACION dos hombres de confianza, aunque algunos estén siendo investigados por la Justicia y la mayoría sea cuestionado por los dirigentes del PJ. Cacerolazo mediante, quizá la situación se modifique en las próximas horas.

“Este es el gabinete de los 60 días... el día 61, cuando él cruce el fango, no sé qué va a pasar con nosotros”, admitió ayer un importante funcionario. Esto, al menos, se comprobó ayer cuando allegados a Vernet negaban que su jefe fuera a renunciar, después de que se conocieron sus polémicos dichos sobre el modo de combatir un supuesto desabastecimiento (como se informa por separado).

La prioridad

La prioridad de Rodríguez Saá ahora es concretar la primer parte de su plan: lograr liquidez con la emisión del bono argentino (que ya es resistida en el PJ y provocó que lo echara al titular del Banco Nación, David Expósito); definir cómo encarará la deuda privada (el pago de la pública la suspendió), conseguir el ordenamiento del sistema financiero, acumular reservas y llegar a la flotación del cambio.

Ese plan es su meta mientras en el peronismo existe una feroz disputa por la realización o no de las elecciones presidenciales convocadas en la Asamblea Legislativa para el 3 de marzo próximo. Si consigue un pequeña parte de todo lo que prometió, intentará seguir hasta 2003: si no hay elecciones por una decisión judicial (a eso apuesta, en realidad), se presentaría en los comicios de marzo, aunque acordó lo contrario.

Sus asesores le aconsejaron ayer ahora bajar la hiperactividad que tuvo desde que Puerta le puso la banda presidencial; parar de anunciar cosas, revisar todas sus promesas y considerar seriamente qué podrá hacer. El Presidente escuchó, pero no dijo nada. Prometió pensar en eso anoche.

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