El Presidente decidió sostener a Cavallo pese a los ataques

Hizo saber que lo mantendrá a su lado
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16 de diciembre de 2001  

¿Recorrió alguna vez Domingo Cavallo el corral de aves exóticas que Fernando de la Rúa ha montado en la quinta de Olivos, junto al lago en el que nadan cisnes de cuello esbelto, patos de colores y una bandada de flamencos rosados?

Los pavos reales, los faisanes, los flamencos, los patos y cisnes, las parcas que oxigenan el agua del laguito, los bambies - como los llama el vocero presidencial, Juan Pablo Baylac- y dos caballos árabes habitan la residencia desde el momento en que, bien avanzado su primer año de mandato, De la Rúa se asumió internamente como presidente de la Nación (hasta entonces se refugiaba en su quinta de Pilar, donde estaban el corral y los caballos).

Cada vez que tiene un rato libre, los fines de semana, controla que sus aves estén bien alimentadas, chequea el estado de los flamencos, de los caballos.

Cavallo, en cambio, suele dedicar los fines de semana a dar conferencias de prensa. Invariablemente, se ofusca con los periodistas por alguna pregunta que no quiere responder. Aun bajo el efecto sedante del Tranquinal (cuyo consumo ha exhibido ante gobernadores peronistas) no logra contener su hirviente temperamento. Si no le gusta una pregunta, grita que es "un disparate" y no la responde.

Y, sin embargo, insiste en sus conferencias de viernes, sábado o domingo por la tarde, como si creyera que, a fuerza de afirmaciones optimistas, podrá dominar la realidad, moldearla a su voluntad. El lo llama "ser optimista por naturaleza".

El contraste entre la aparente pasividad del hombre del corral de aves y la agresividad del de las conferencias de prensa llevó a muchos, en los últimos meses, a la conclusión equivocada: que De la Rúa era el débil y Cavallo el poderoso. Su relación encierra una parábola central de este Gobierno, sobre la que han dado testimonio innumerables funcionarios: el Presidente hace de su debilidad aparente un método de fortaleza.

La debilidad como método

"Desde mi lugar se pueden hacer muchas cosas", dijo hace poco De la Rúa a un periodista en Olivos. Puede, por ejemplo, decidir la renuncia de Cavallo. Este, en cambio, no puede decidir la renuncia de De la Rúa, aun si precipita la actual crisis financiera.

De la Rúa puede también decidir la permanencia de Cavallo. Eso es lo que hizo esta semana.

Se esforzó cuanto pudo por exhibir su apoyo al ministro: lo incluyó en todas sus reuniones con dirigentes peronistas, que habían rechazado tratar con Cavallo; habló en su favor ante la prensa; le dio un trato especial.

"Lo vi muy firme en su defensa de Cavallo -comentó a LA NACION un delarruista incondicional-. Dijo que no lo va a cambiar de ninguna manera."

"Cavallo todavía tiene cosas por hacer", comentó en privado el secretario general de la Presidencia, Nicolás Gallo, rival interno del ministro.

"El Presidente tiene dos cosas en claro: que no va a devaluar y que va a respaldar a Cavallo. No va a dejar que se lo arranquen, porque después de Cavallo viene él. Si lo entrega, en treinta días piden su cabeza", opinó un ministro que esta semana pasó muchas horas con el Presidente.

Llegada

Cavallo llegó al Gobierno en uno de esos momentos de aparente debilidad extrema de De la Rúa. Tan débil parecía que, un domingo febril, Cavallo intentó convencer a Chacho Alvarez, ya ex vicepresidente y todavía líder del Frepaso, de que fueran juntos a la residencia de Olivos a tomar el control del Gobierno; uno en Economía, el otro, en la Jefatura de Gabinete.

Alvarez, que había sufrido a causa de la misma ilusión, le dijo que primero fuera a arreglarlo solo. Seguro de sí, Cavallo partió. Poco después, lo llamó para admitir que era más complicado de lo que había pensado.

De la Rúa bloqueó el regreso de Alvarez. Luego, sometió a Cavallo a una reunión de comité, en la que rencorosos dirigentes radicales lo acosaron a gritos y exigieron condiciones. De la Rúa callaba. Para cuando lo rescató, el nuevo ministro había descubierto que mucho de lo que pretendía aferrar se le escurría entre las manos.

No se rindió. En los meses siguientes, quiso imponer su estilo arrollador.

Cuando comenzó a adueñarse de la política de comunicación (la expresión es generosa) del Gobierno, De la Rúa comenzó a aparecérsele en las conferencias de prensa y arrebatarle el micrófono en medio de una frase.

Equívoco

Cuando intentó imponer su estrategia de choque en las negociaciones con el PJ y se enfrentó con el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo; o rediseñar la relación con Brasil y EE.UU., contra la voluntad del canciller, Adalberto Rodríguez Giavarini, De la Rúa lo dejó hacer. Cuando se hubo desgastado en la pelea, terció en su contra.

Mientras, sus sucesivos ensayos económicos fracasaron. Dilapidó en ellos cuanto tenía, según admiten incluso sus hombres de confianza: su imagen pública, la relación con los bancos y organismos internacionales, sus ambiciones políticas ("Ya no aspira a ser Presidente", lamentó un secretario de Estado que le responde). Llegó un momento en que debió aceptar que Fernando de Santibañes, el economista amigo del Presidente, restableciera los contactos, que él había perdido, con el Fondo Monetario.

Hace sólo una semana, casi sin aliados afuera y adentro del Gobierno, parecía derrotado sin remedio.

Mientras su supervivencia se discuta, De la Rúa está decidido a protegerlo de los ataques. Acaso como a sus aves de corral.

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