El silencio de las cacerolas

Enrique Valiente Noailles
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30 de diciembre de 2001  

El descrédito masivo de los políticos, que siguen omitiendo a la opinión pública y han repartido en estos días algunos cargos a gente espantosa, sumado al desprestigio que padecen casi todas las instituciones del país habilitan la posibilidad de que se avecinen tiempos en los que continúen gobernando las cacerolas.

Ante un fenómeno tan espontáneo e impactante como fue el cacerolazo que dio por tierra con el gobierno del presidente Fernando de la Rúa cabe preguntarse qué fue exactamente aquello que lo disparó; es decir, cabe interrogarse acerca de cuál es el tipo preciso de gota que es capaz de colmar la paciencia de nuestra población.

Sin duda, el tono hueco del mensaje del ex presidente fue el detonante final de la ira popular, pero el cacerolazo empezó a gestarse cuando se restringieron derechos elementales de propiedad mediante la disposición del corralito bancario.

Si esto es así, parecería que sólo ante un daño evidente, como lo es un gobierno que restringe el uso de los ahorros de la gente, se produce una reacción.

Los detonantes

Parecería, entonces, que sólo hay una reacción en nuestra sociedad cuando el daño está localizado en uno mismo y cuando su efecto es inmediato. No hay reacción, sin embargo, cuando el daño es a la cosa pública, es decir, a todos nosotros, y cuando el daño no nos duele en el momento, aunque pueda estar preparándose una catástrofe en el mediano o en el largo plazo.

Es así como cabe también preguntarse por el silencio de las cacerolas. Los sonidos de las cacerolas de hoy contrastan con el silencio de otros momentos. De haberlas hecho sonar en su momento, ante lo que parecía que no nos tocaba de cerca, tal vez nos habría evitado una Argentina tan arrasada y triste como la de hoy.

Pueden pensarse al azar algunos ejemplos: los sobornos en el Senado, cuyas consecuencias, por no haber sido resueltos, nos llevaron en gran parte adonde estamos, no alcanzaron lamentablemente para provocar el temido cacerolazo. La licuación de la Corte Suprema en la década pasada, por el aumento arbitrario de sus miembros, tampoco produjo reacción popular alguna y supuso un progreso inmenso en el descrédito de la Justicia, piedra angular de todo país.

Es sumamente saludable esta nueva institución, el cacerolazo, y es deseable que nos gobernemos con su influencia. Pero al gobierno de las cacerolas tal vez habría que pedirle lo mismo que le pedimos a cualquier gobernante de carne y hueso: que no piense sólo en las urgencias inmediatas y en los intereses propios, y que repique ante las violaciones institucionales que sabemos que nos destrozarán en el largo plazo.

Ante la lucha de poder que se está desatando en la Argentina hoy, indiferente a la gravedad de lo que estamos viviendo, muchas de esas violaciones yacen aún en el tintero de la política, esperando salir a la luz.

Ojalá que sean también contrarrestadas y vencidas, paso a paso, a golpes de cacerola. Si las próximas generaciones pudieran pedirnos algo, es sin duda ante esas cosas que nos prestarían sus propias cacerolas, para hacerlas tronar.

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