El último acto fue íntimo, familiar

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31 de diciembre de 2001  

SAN LUIS (De un enviado especial).- Adolfo Rodríguez Saá presentó su renuncia en un acto íntimo, casi familiar, en la gobernación de San Luis.

Con un discurso monocorde, sereno, reconoció que había llegado al final del camino. Después entregó su renuncia al edecán naval, Horacio Nadale, para que la llevara a Buenos Aires.

Terminó´su discurso de diez minutos con un “Viva la Argentina”, que pronunció sin demasiado entusiasmo. Después se levantó, recibió algunos abrazos y se refugió en un salón.

Había llegado a las 21 al aeropuerto de San Luis. Junto con su hermano Alberto se subió a un Peugeot 306 bordó y partió hacia la residencia.

Cuando se abrió la puerta de la casa a los periodistas, cerca de las 22, estaba sentado delante de una mesa con los gobernadores de Formosa, La Rioja y San Luis. Frente al Presidente, sentados en sillones, su hermana Zulema (directora del diario local) y su hermano Alberto tomaban mate.

Adolfo Rodríguez Saá lucía tranquilo, aliviado, feliz de estar entre su gente. Sonreía, contaba chistes, pero no lograba cambiar las caras sombrías de las personas que lo rodeaban.

Con el correr de los minutos, el Presidente fue perdiendo la tranquilidad. Pasaba el tiempo y la señal de Canal 7 no llegaba. Rodríguez Saá, impaciente, refunfuñó: “Seiscientos empleados de 8000 pesos tiene Canal 7 y no pueden hacer una conexión”.

Un productor de la televisión local le ofreció grabar el mensaje para transmitirlo en diferido cuando se lograra la conexión. Rodríguez Saá miró a su hermano y álter ego, Alberto, y pareció pedirle permiso: “¿Grabamos?”. “Grabemos”, contestó el hermano.

Allí, entonces, Rodríguez Saá empezó el mensaje. Dejó el suspenso para el final. Afuera, unos 200 manifestantes lo vitoreaban mientras insultaban a “los periodistas” y “los porteños”.

Tras el discurso, Rodríguez Saá se reunió con familiares y asesores a comer un asado en el quincho de la residencia.

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