Escenas de una ciudad sobrepasada

Calles desiertas y persianas bajas en los barrios; en el Centro, los desmanes alteraron la fisonomía urbana
Evangelina Himitian
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21 de diciembre de 2001  

En la esquina de Gavilán y Tres Arroyos una mujer caminaba apurando el paso. El sol del mediodía era tajante. A unas cuadras todavía se oía el cacerolazo de un grupo de comerciantes del barrio de Flores.

El sonido de una sirena disparó el pánico en el rostro de aquella mujer. Sin más, echó a correr quién sabe hacia qué dirección. Como si lo único importante fuera ponerse a salvo.

Imágenes como la anterior se repitieron en toda la ciudad. Cualquier persona que ayer se disponía a seguir su rutina diaria se enfrentaba a un panorama que la condicionaba hasta lo impensable.

Lo padecieron los clientes del BankBoston del Jumbo Palermo. Eran las 14.30 cuando una empleada de la sucursal ordenó cerrar las puertas. La gente, que esperaba hacer trámites, casi rompe los vidrios del local.

Por la mañana, muy temprano, en la City todo transcurría como en una película en cámara rápida. Todos pugnaban por hacer los trámites antes de que se desatara lo peor. Y se desató.

Los oficinistas miraban por las ventanas sin saber si les llegaría la orden de abandonar los puestos de trabajo. En muchas empresas, los dejaron apenas entrada la tarde.

Nada ni nadie

En los barrios más alejados, no era necesario encender la TV para enterarse de que el país había eclosionado. Persianas bajas. Calles desiertas. Y un silencio ensordecedor.

A las 15, en la avenida Cramer, sólo unos pocos comercios permanecían abiertos. Entre ellos, el autoservicio Amigo. Su dueño es un taiwanés que aparentemente no habla una palabra de castellano, pero que conoce al dedillo los atracos que sufrieron compatriotas suyos en todo el país.

Sentado en una de las cajas, controlaba quién entraba y salía. Además, colocó a los repositores a custodiar la puerta. Nada parecía suficiente. Por momentos, bajaba la persiana, pero al rato volvía a subirla. Según contó Carina Ponce, la cajera, muchos vecinos acudieron con desesperación para acopiar alimentos.

Pilas de gaseosas de marca desconocida se levantaban a modo de trinchera en la entrada de un minimercado de la avenida Triunvirato. Ocurre que sus dueños -que solicitaron que no se publicaran sus nombres- optaron por dejar sólo mercadería de poco valor o de segunda marca en las góndolas. Sentían temor, un profundo temor.

En las estaciones de trenes de Once y de Retiro, a poco de que empezara el paro de transporte, bastaba que un sujeto aligerara el paso para que las diez personas que lo rodeaban empezaran a correr.

Cuando llegaban contingentes de manifestantes, la policía ordenaba a los comerciantes cerrar las persianas. "Estuvimos abriendo y cerrando todo el día. Sólo espero poder volver a mi casa en Wilde, porque ayer nos tuvimos que quedar dos horas encerradas sin saber qué sucedía", dijo Eliana Fernández, que atiende el local de regalos Buscador, en Once.

La falta de transportes fue un problema. Muchos optaron por tomar remises, calculando que serían más económicos que los taxis, con sus interminables recorridos para evitar el caos. La situación fue aprovechada por algunas agencias que intempestivamente decidieron aumentar el valor de los trayectos. Si ellos tenían que demorarse, no era cuestión de cobrar menos que los taxis.

Pocos minutos después de las 18, a metros de Rivadavia y Uriburu, una joven y una mujer lloraban abrazadas con un cielo ennegrecido como telón de fondo. Decenas de revoltosos acababan de saquear el local de McDonald´s. Sillas, mesas, computadoras, máquinas de helados y hasta la imagen de Ronald McDonald´s alimentaban la fogata en el centro de la calle.

Ante la mirada atónita de los presentes, los saqueadores la emprendieron contra el local de Blockbuster. Cientos de videos hicieron más negra la columna de humo. Quienes lloraban no eran ni manifestantes ni propietarias. Tan sólo vecinas.

Agustina Montero trabaja como secretaria en Pellegrini al 200. Desde su oficina, podían verse las imágenes de los enfrentamientos. Cuando salió de regreso a su casa en Ramos Mejía se encontró con un panorama impensado. Acababa de producirse un saqueo. El gas lacrimógeno era muy fuerte. Se le cerró la garganta. No podía respirar. Logró ingresar otra vez en el edificio. Allí permanecía hasta última hora de ayer, a la espera de algo de paz.

Pero la paz no llegaba. Vivir o trabajar en la ciudad fue un desquicio.

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