Estado se necesita

Martín Redrado
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21 de noviembre de 2000  

La Argentina se quedó sin Estado. Esta es la conclusión de años de transformación abrupta que pusieron al desnudo las deficiencias del sector público. Ni siquiera en las tareas indelegables, como educación, salud, seguridad y justicia, contamos con instituciones que presten servicios de calidad. Así como Alberdi elaboró las bases y puntos de partida para un diseño de país en el siglo pasado, hoy es preciso repensar el Estado hasta en su más mínima expresión. Hace falta un Estado distinto, que gaste menos, que piense mejor hacia dónde dirige sus esfuerzos y que dé respuesta frente a los reclamos sociales.

El resultado es una estructura que desconoce la administración por objetivos y por ende ignora las herramientas de gestión que permitan medir los resultados de cada repartición pública. Por ejemplo, en el área educativa se toman índices tales como la repitencia, la deserción escolar o la evaluación de la calidad educativa. Sin embargo, no se analiza la efectividad de funcionarios que, sin estar al frente del aula, hoy se suman al gasto en educación. En nuestras provincias existen, por lo menos, siete escalafones administrativos entre un ministro de Educación y un director de escuela. En la ciudad de Buenos Aires, 33 hospitales tienen un presupuesto anual de 9000 millones de pesos. Cuando se miden los días de internación promedio, las consultas por hora, los análisis por paciente, se comprueba que sólo una pequeña porción de ese presupuesto llega realmente a la prestación de servicios.

Los países que hoy compiten por la atracción de inversiones en el mundo están pensando en esta dirección. Así lo comprobé en un reciente viaje de estudios a Talahassee, Florida, en donde encontré una clara división del municipio. El alcalde designa un gerente general por contrato, llamado "city manager", que está encargado de administrar la provisión de bienes y servicios públicos. Su remuneración está de acuerdo con los resultados que alcance su gestión. A partir de este nuevo esquema, la evaluación se realiza mediante técnicas cuantitativas y cualitativas. Por ejemplo, en el departamento de infraestructura su eficiencia no sólo se mide en términos de cuántas cuadras se asfaltaron en el año, sino también en la cantidad de accidentes de tránsito que se previenen en función de las obras realizadas. En el nivel federal, una de las mayores reformas que introdujo el vicepresidente Al Gore, con su programa "Reinventing Goverment", fue en el sistema de compras del Estado. Luego de un detallado estudio se comprobó que por cada cien dólares gastados en la provisión de bienes, treinta se perdían en el proceso interno para cerrar el circuito administrativo, ¿Cómo resolvieron el dilema? Se eliminó este proceso de contratación otorgándole a cada responsable de área una tarjeta de crédito, con un límite mensual de acuerdo a su jerarquía, para que cada uno de ellos ejecute las compras que su repartición requiere. El resumen de cuenta se publica en Internet para que el Congreso y cualquier ciudadano los controle.

En Nueva Zelanda, mediante una batería legislativa, se dio entre 1988 y 1989 un nuevo marco de gestión para la administración pública, que contó con estos elementos centrales: claridad y separación entre objetivos estratégicos y operativos de los ministerios y sus reparticiones, especificación detallada de los roles de cada unidad, asignación de recursos sobre la base de los resultados conseguidos, incentivos al personal de acuerdo con el rendimiento, descentralización de la autoridad gerencial con medición de resultados Gracias a esta reforma, se generó un borrón y cuenta nueva de toda la administración pública; desapareció la estructura burocrática tradicional.

En nuestro país, resulta impostergable la tarea de repensar el Estado con dos conceptos rectores: la reingeniería de gestión y la descentralización de actividades para ponerlas más cerca de la gente. Para ello es preciso encarar un enfoque micro del gasto que permita evaluar cómo se está gastando en cada repartición y en consecuencia medir sus resultados. Por ejemplo, el Ministerio de Educación sin escuelas gasta 1200 millones por año. Existen 96 programas sociales divididos, multiplicados y superpuestos, entre los Ministerios de Trabajo, Salud, Acción Social y la Jefatura de Gabinete, que suman 3000 millones y se están ejecutando mal. Sin una reformulación que nos permita tener un Estado inteligente, la Argentina siempre deberá esperar que sople viento a favor, es decir, que mejoren los precios de nuestras materias primas, que a Brasil le vaya bien y nos compre más, que Greenspan no suba la tasa de interés, por mencionar sólo algunos factores. En esta era donde se premia la innovación y se castiga la improvisación, muchos países, sin importar su ubicación geográfica, han encontrado su proyección en el mundo desarrollando una estrategia de crecimiento hacia afuera. En la sociedad de la información, la principal ventaja que tenemos los argentinos es nuestra capacidad de imaginar, de crear, de buscar nuevas soluciones. El problema es que nuestro sistema en conjunto no ha generado una estrategia con los incentivos como para que el fenómeno aislado se convierta en colectivo.

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