Frenó Kirchner dos preacuerdos por Baseotto

Joaquín Morales Solá
Los rechazó por no disponer el despido del obispo castrense
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28 de septiembre de 2005  

Dos preacuerdos con el Vaticano para resolver el conflicto desatado en torno del obispo castrense, Antonio Baseotto, fueron rechazados a último momento en los meses recientes por el presidente Néstor Kirchner. La tensión no ha hecho más que perdurar –o aumentar– en las últimas semanas entre el gobierno argentino y el Estado que gobierna Benedicto XVI.

Ahora, una comisión de juristas de ambos lados se encuentra estudiando los tratados referidos a la creación de la vicaría castrense. El gobierno nacional espera un pronunciamiento de los juristas para después de las próximas elecciones.

En ambos preacuerdos frustrados participó personalmente el canciller Rafael Bielsa (el único funcionario de Kirchner que ha frecuentado el Vaticano y que visitó en su momento al extinto Juan Pablo II), pero ninguno de los dos le gustó a Kirchner porque no disponían el despido liso y llano del obispo Baseotto.

El primer borrador se terminó de elaborar durante una visita secreta del canciller a Roma, hace unos dos meses. La visita duró apenas un día y Bielsa concluyó el borrador con el virtual canciller del Vaticano, monseñor Giovanni Lajolo.

Ese borrador preveía la creación del cargo de obispo castrense coadjutor, con derecho a suceder a Baseotto, y restringía seriamente la acción de éste en el futuro. Baseotto podría jubilarse en dos años más. Con los papeles en la mano, Kirchner consideró insuficiente ese acuerdo preliminar.

Posteriormente, Bielsa realizó una visita particular de una semana a Roma (ciudad en la que vivió durante su exilio) y se reunió varias veces con monseñor Lajolo, uno de los candidatos más firmes a ser ascendido en un próximo reordenamiento del gobierno del Papa y a acceder al rango de cardenal de la Iglesia.

El borrador del acuerdo final se terminó de elaborar en la "stuffetta", una pequeña y bella sala del Vaticano, caldeada permanente por el sol en los días claros de invierno y adornada con pinturas del Tintoretto y de Rafael Sanzio.

El segundo borrador elevaba aún más la presencia del obispo coadjutor (disponía incluso que percibiría el sueldo de obispo castrense) y prohibía a Baseotto formular expresiones "agraviantes" para el gobierno de Kirchner. El acuerdo parecía estar al alcance de la mano.

Sin embargo, cuando el canciller regresó a Buenos Aires se encontró con la noticia, difundida por un servicio de noticias por Internet, que daba cuenta de una misa oficiada por Baseotto en la iglesia Stella Maris, sede del obispado castrense, delante de varios familiares de militares detenidos por causas que investigan las violaciones a los derechos humanos en la década del 70. La información estaba acompañada de fotografías.

Después de la misa, dos esposas de militares presos entregaron cartas con durísimas críticas a Kirchner, aunque Baseotto no suscribió ninguna de ellas. Kirchner rompió otra vez los borradores del acuerdo y le pidió a la cancillería que reclamara la destitución definitiva de Baseotto. Ordenó que aquella información, las fotografías y copias de las cartas fueran enviadas al Vaticano. Es lo que hizo la Cancillería.

¿Qué debaten los juristas ahora? En rigor, una complicación que, a primera vista, parece un desvarío: Kirchner no le reconoce al Papa la facultad final de designar a los obispos de la Iglesia y de darles un destino. Se trata de un desconocimiento que comprende, desde ya, sólo al obispo castrense.

El argumento del Gobierno es que al aceptar el Presidente la propuesta del Vaticano y designar al obispo castrense por decreto, también por decreto puede quitarle su confianza. Es, en verdad, lo que Kirchner ya ha hecho con Baseotto.

Para la Iglesia, ninguna autoridad terrenal puede opacar siquiera la facultad del Pontífice de nombrar a los obispos y de enviarlos a la geografía de su tarea pastoral.

Los juristas están analizando ahora el concordato de 1957, que creó el ordinariato castrense, para establecer de qué lado está la razón.

La crónica de las negociaciones, todas frustradas hasta ahora, no puede ocultar algunas discordias muy profundas entre el gobierno de Kirchner y la Iglesia.

La primera de ellas versa, sin duda, sobre la designación de los obispos y las atribuciones del Papa: la posición del gobierno argentino es tan exótica como incomprensible para el gobierno vaticano. No hay manera más simple de decirlo.

* * *

Otro desacuerdo refiere al caso específico de Baseotto. Aún cuando nadie discute la pésima metáfora elegida por el obispo castrense ("tirar al mar") para oponerse a la distribución oficial de preservativos, lo cierto es que la prédica de Baseotto sobre las costumbres sexuales está definitivamente enraizada en la doctrina de los dos últimos papas.

Esto es: Baseotto expresó las ideas exactas del Vaticano sobre los hábitos sociales, aunque lo hiciera en un mal contexto y con una peor metáfora bíblica.

Por último, no puede desconocerse la propia relación de Kirchner con la Iglesia argentina, ciertamente distante y fría. Valga un solo ejemplo: el Presidente nunca invitó a un encuentro reservado al arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Bergoglio, a pesar de haberse convertido éste, como se sabe ahora luego de que trascendieran los secretos del último cónclave para elegir al actual Papa, en un importante referente de la Iglesia universal.

El caso Baseotto tuvo, incluso, el efecto de una piedra sobre el agua quieta dentro de la Iglesia. Baseotto pertenece a un sector minoritario de la Iglesia argentina, el muy conservador, pero la acción del Presidente provocó un abroquelamiento de la cúpula religiosa, por un lado, y reabrió viejas heridas internas, por el otro.

"Baseotto tenía sólo dos apoyos en la Iglesia antes del conflicto, pero ningún obispo puede aceptar que se ponga en debate si es el Papa o Kirchner quien designa a los obispos", dijo un importante dignatario de la Iglesia argentina.

Las heridas se reabrieron porque quedaron expuestas algunas diferencias internas y porque muchas iglesias (la Catedral de Buenos Aires, entre ellas) fueron cubiertas de panfletos por los sectores más católicos conservadores.

No obstante, Kirchner no quiere ni escuchar las homilías de Bergoglio, generalmente críticas de la dirigencia en general y no del Gobierno en particular. El Presidente eludió en los últimos tiempos cualquier oficio religioso en el que hubiera un sermón del cardenal.

Ningún jurista encontrará la solución de un conflicto político, mucho menos si lo que está duda, para el gobierno argentino, es la autoridad del Papa. La tensión con el Vaticano continuará entonces, salvo que Kirchner ponga en la solución toda la capacidad para comprender al otro que Dios no le dio.

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