Fue fiel a sí mismo hasta el último día

Ejerció el poder a su manera, pero la receta que funcionó en el gobierno porteño hizo fracasar su gestión presidencial
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21 de diciembre de 2001  

Dos años y 10 días duró Fernando De la Rúa en la presidencia de la República Argentina. Dos años y 10 días de deterioro progresivo que culminaron ayer con el país en llamas y con De la Rúa solo y derrotado.

Nadie imaginaba un final así cuando asumió la máxima magistratura, el 10 de marzo de 1999, en medio de una fiesta popular.

Para el electorado, De la Rúa era el antídoto ideal para el vértigo que le imprimió al país Carlos Menem durante su década de gobierno en los años 90.

"Dicen que soy aburrido", decía De la Rúa en el aviso televisivo que terminó de catapultarlo a la presidencia a los 64 años. Era una imagen acorde con su historia.

Nació en Córdoba el 15 de septiembre de 1937. Su padre, Antonio, también político radical, había sido ministro del gobernador Amadeo Sabattini.

Cuando era chico, a Fernando le gustaba cazar palomas. Estudió en el Liceo Militar, del que fue abanderado; se recibió de abogado en la Universidad Nacional de Córdoba, con medalla de oro y a los 33 años se casó con Inés Pertiné, mujer de carácter duro y fuertes convicciones religiosas, con quien tuvo dos hijos, Antonio y Fernando, y una hija, Agustina.

Siempre militó en el radicalismo. Entre 1963 y 1966, durante la presidencia de Arturo Illia, fue jefe de asesores en el Ministerio del Interior.

En 1973, a los 35 años, fue elegido senador nacional por la Capital Federal. Fue el comienzo de un largo idilio con el electorado de la ciudad, al que supo conquistar a partir de una imagen de hombre honesto, llano, trabajador e independiente del aparato partidario.

Ese mismo año integró la fórmula presidencial del radicalismo que encabezó Ricardo Balbín. Porque el éxito le llegó de joven lo apodaron Chupete.

Diez años más tarde perdió la elección interna con Raúl Alfonsín para acceder a la candidatura presidencial, pero ese mismo año fue elegido por segunda vez senador por la Capital Federal. En 1989 volvió a ganar una banca en el Senado por la Capital, pero un arreglo entre el PJ y la Ucedé en el Colegio Electoral lo dejó fuera de la Cámara alta.

Tuvo su revancha en 1996, cuando fue elegido jefe de gobierno porteño. Su gestión al mando de la comuna se caracterizó por un ordenamiento de las cuentas públicas y no mucho más.

Sus rivales lo acusaban de "hacer la plancha", pero era precisamente eso lo que buscaban los millones de argentinos que lo eligieron presidente tres años después: un gobierno tranquilo, ordenado, sin sobresaltos.

No pudo ser. La clase media que lo votó en masa terminó repudiándolo a cacerolazo limpio.

Es que las mismas cualidades que le elogiaron en tiempos de relativa estabilidad durante su jefatura de gobierno se convirtieron en defectos imperdonables a la hora de enfrentar, durante su presidencia, una crisis terminal de endeudamiento y depresión económica.

La relación con Alvarez

Se fue solo, abandonado por su propio partido político y la Alianza que lo llevó al poder. Hasta el Fondo Monetario Internacional, que tanto había alentado sus políticas de ajuste permanente, terminó por darle la espalda.

Había llegado al gobierno con una imagen positiva del 75%, al frente de una Unión Cívica Radical vigorosa y renovada, comandando una coalición de centroizquierda junto a un vicepresidente carismático, Carlos "Chacho" Alvarez. La fórmula, en los papeles, tenía su encanto: De la Rúa aportaba experiencia y un perfil más bien conservador, mientras Alvarez, innovador y progresista, aportaba la frescura del Frepaso, el socio menor de la Alianza que derrotaba por primera vez al peronismo en el poder.

Tenía un mandato: luchar contra la corrupción y retomar la senda del crecimiento económico.

Pero De la Rúa (y también Alvarez) nunca pareció entender que un gobierno de coalición, al modo de la Concertación chilena, se basa en consensos, interconsultas y reglas de juego claras. Las peleas de palacio entre los socios se sucedieron desde el primer día.

Así, por consejo de familiares y amigos, De la Rúa terminó alejando de su gobierno, uno a uno, a los principales referentes del Frepaso y también a los de su partido.

La Alianza duró 10 meses. Se rompió el 6 de octubre de 2000 con la renuncia de Alvarez. Esa renuncia, además de restarle apoyo político, le quitó a De la Rúa la bandera de la lucha contra la corrupción. Es que Alvarez renunció, precisamente, cuando sintió que De la Rúa no lo acompañaba en sus denuncias contra el Senado nacional, al que acusaba de prebendario y dadivoso, sensación compartida por gran parte de la opinión pública.

Paradójicamente, mientras se mostraba implacable con sus antiguos socios, a quienes acusaba de abandonarlo, De la Rúa negociaba con sus adversarios en el peronismo y proyectaba hacia afuera la imagen de un hombre lento y dubitativo.

Daba la impresión, a medida que pasaban los meses y se sucedían los fracasos, que De la Rúa se apoyaba cada vez más en un grupo de aduladores e incondicionales, sin mayor peso político ni intelectual, entre los que se destacaban su hijo Antonio y el banquero Fernando de Santibañes.

Mientras su base política se desintegraba, sus propuestas económicas sumaban un traspié tras otro. Nunca alcanzó el objetivo que lo obsesionaba, el de acabar con el déficit fiscal.

Con cada ajuste, con cada impuestazo, con cada recorte, profundizaba la recesión que heredó del gobierno anterior. Mientras, la recaudación impositiva caía y la brecha del déficit, en vez de cerrarse, se agrandaba. Ninguno de sus ministros de Economía encontró la respuesta: pasaron José Luis Machinea, Ricardo López Murphy -que apenas duró quince días- y Domingo Cavallo, con distintos libretos, pero las mismas prioridades: mantener la paridad cambiaria, cumplir con los acreedores, ordenar las cuentas.

Prioridades que De la Rúa no quiso, no supo o pudo cambiar, hasta quedar en la más absoluta soledad.

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