Grosso, todavía cerca del poder

El cuestionado ex intendente preparó un borrador para el discurso presidencial
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30 de diciembre de 2001  

La renuncia de Carlos Grosso en la madrugada de ayer pareció ser otro de los logros de un cacerolazo que ya se "había cargado" a todo un gobierno.

Sin embargo, ayer, supuestamente alejado ya del poder, Grosso o "el Profesor", como le dicen algunos en el PJ, preparaba un borrador con ideas para el discurso que, se preveía, daría por la noche el presidente Adolfo Rodríguez Saá, según pudo saber LA NACION de fuentes muy cercanas al Presidente.

Finalmente sólo fue un corto mensaje en el que el Presidente convocó a los banqueros a abrir sus entidades mañana para pagarles a los jubilados. El otro anuncio fue la convocatoria a una reunión de gobernadores para hoy, a las 15, en Chapadmalal, en la que se esperan las definiciones sobre los cambios en el gabinete y un plan económico.

El cuestionado ex intendente porteño no se hizo presente ayer en la residencia de Olivos, pero igual seguía estando en el entorno presidencial del que, todo hace suponer, sólo se alejó formalmente y para descomprimir la tensión que generó su designación y que se reflejó en las calles.

Su noche negra

Los primeros ruidos del cacerolazo de anteanoche inquietaron a Grosso, que a esa hora, cerca de las 21, estaba todavía en el despacho que tenía en la Casa Rosada desde que asumió Adolfo Rodríguez Saá. Por entonces organizaba la agenda del Presidente para la semana próxima: un encuentro con periodistas jóvenes y con empresarios menores de 40 años. De a ratos miraba en la TV que la gente pedía a los gritos que renunciara.

El polémico funcionario se movía nervioso, de un lado para el otro, ante la mirada atónita de sus colaboradores y de su secretaria, Alicia. Después de algunos insultos, dijo: "Le voy a llevar la renuncia al Presidente. Esto no da para más; yo renuncio". Nadie abrió la boca; intentaron acompañarlo con el silencio. El aire acondicionado de la Casa Rosada no modificaba la sensación de que en esa oficina casi no se podía respirar.

Grosso cruzó el largo pasillo que lo separaba del despacho presidencial; los kilos de más que tiene hacían que transpirara porque caminaba rápido, como siempre. Se cruzó con el titular de la SIDE, Carlos Sergnese, y con el secretario general de la Presidencia, Luis Lusquiños, quienes ya imaginaban para qué había llegado al despacho de Lusquiños, pegado al del Presidente. Pidió hablar con Rodríguez Saá. Le dijo que renunciaba. Pero el Presidente, que estaba inquieto, le contestó: "No voy a entregar ninguna pieza".

No pudo mantener mucho esa frase. Los encargados de su seguridad le avisaron que debían llevarlo a la residencia de Olivos porque el clima en la Plaza de Mayo era amenazante y temían que la gente ingresara en la Casa Rosada. Faltaban algunos minutos para las 23. Antes de irse, decidió que la primera "pieza" debía estar fuera de su tablero.

Rodríguez Saá estaba dispuesto a gobernar en la transición con sus amigos cuestionados. No pudo.

Antes de la medianoche, uno de ellos, quizás uno de los emblemas de la corrupción política, ya no tenía cargo. Grosso había sido nombrado jefe de asesores de la secretaría general de la Presidencia y la Jefatura de Gabinete, en manos de Lusquiños.

Las últimas horas de Grosso en la Casa Rosada fueron de hiperactividad, primero, y de una tensión tremenda, después. Durante todo el día había estado organizando la estrategia presidencial para los próximos días. Además, fue uno de los que aconsejaron al Presidente, horas antes de la protesta con las cacerolas, que debía parar un poco de hacer anuncios.

También había sido el único funcionario que participó de la reunión que tuvo anteayer Rodríguez Saá con los titulares de entidades periodísticas, entre ellas ADEPA. El Presidente lo presentó como su "representante en las relaciones con los medios". Ahora resta saber quién ejercerá esa delicada función; ayer no hubo definiciones en la residencia de Olivos sobre quién reemplazará al polémico Grosso.

Para cuando llegaron los primeros cacerolazos (cerca de las 21) en los que, entre otras cosas, se reclamaba la renuncia de Grosso, él seguía con los preparativos de la estrategia para su amigo, el Presidente (el ex intendente le reconoce haberle abierto la tranquera en su casa en San Luis cuando en el peronismo no lo quería nadie).

Cuando los colaboradores del entonces asesor presidencial le dijeron que había manifestantes en la puerta de su departamento de la calle Arenales, el todavía funcionario se enfureció por unos minutos e hizo el primer intento por renunciar.

Pero la máxima tensión se vivió cuando la Plaza de Mayo comenzó a llenarse de gente. En el despacho de Grosso, el ruido de las cacerolas era ensordecedor y el funcionario no lo soportó mucho tiempo. Allí tomó la decisión.

Frase polémica

El regreso de Grosso a la política por la puerta grande, después de 10 años de oscuridad por las 38 causas judiciales que le iniciaron por su gestión como intendente porteño, había durado menos de una semana. Horas antes de que la protesta terminara con su cargo, el mismo Grosso admitía, según contó a LA NACION un hombre que lo conoce bien, que su frase "el Presidente no me eligió por mi prontuario, sino por mi inteligencia" fue un mal comienzo difícil de borrar.

"Lo que pasa es que muchos periodistas son mediocres, siempre miran nada más que el parche y no pueden dejar de hacerlo", se quejaba anteayer. Se refería a que el periodismo siempre le pregunta por su pasado ligado a las causas judiciales.

En la madrugada, la gente le demostró que ese "parche" tampoco ellos lo habían olvidado. Y, finalmente, lo llevaron a empujones fuera de la Casa Rosada; había llegado hacía sólo cinco días.

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