Hacen falta seriedad y grandeza

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31 de diciembre de 2001  

Adolfo Rodríguez Saá pertenece a la estirpe de políticos que creen que el poder se toma de un manotazo. Esa receta ha funcionado muchas veces en la historia, aunque requiere, por lo menos, dos condiciones: un primer acceso al poder con la aceptación popular y un Estado en mínimas condiciones de tolerar el necesario populismo al que obligan tales transgresiones.

El fugaz presidente no tuvo nunca base electoral más allá de su subordinada San Luis, y la Argentina que recibió atraviesa el momento económico y social más catastrófico que recuerde cualquier argentino vivo. Agregarle a ese escenario una sobredosis de demagogia fue el primer error imperdonable de Rodríguez Saá.

Uno de los varios representantes extranjeros que lo visitaron en sus pocos días de poder resumió su impresión de esta manera: "Siempre es agradable escuchar lo que uno quiere escuchar. Pero siempre, en tales casos, hay que desconfiar. Y el Presidente me dijo exactamente lo que yo quería escuchar".

Se rodeó de las Madres de Plaza de Mayo cuando hasta un iletrado político sabe que entre Rodríguez Saá y Hebe de Bonafini existen diferencias abismales y absolutamente insalvables. A las Madres les anunció que extraditaría a los militares requeridos por la Justicia de otros países, pero anteayer les mandó el siguiente mensaje a los jefes de las Fuerzas Armadas: "Ningún militar argentino le verá la cara a un juez extranjero".

Sin embargo, su más grande contradicción fue la de encaramarse en el poder por tres meses, elegido por los gobernadores de su partido con ese mandato preciso, y plantear 48 horas después el proyecto de quedarse hasta diciembre de 2003. La ruptura de los compromisos sólo es posible, en la liturgia peronista, cuando ella termina rápidamente en un éxito. Si lo que sobreviene es el fracaso (y el cacerolazo del viernes y el vandalismo de esa noche le marcaron una derrota), la venganza del peronismo suele ser implacable.

El único éxito

¿Tenía Rodríguez Saá la posibilidad de un éxito? El único éxito que le podía ser otorgado era el de una administración más o menos eficiente de la crisis andina que se abatió sobre el país.

Pero frecuentó el equívoco no bien se sentó en el sillón de los presidentes. Por un lado, declaró en default formal y oficial al país, sin tender redes internacionales de contención y sin negociar la medida con los organismos multilaterales de crédito. Después, nombró a un gabinete que mezcló la mediocridad con la incompetencia de una manera alarmante.

No es lo mismo un default de hecho, como el que existía hasta la caída de Fernando de la Rúa, que uno formal. Este último activa en el acto medidas internacionales de aislamiento del país, que tornan insoportable la situación para la producción agropecuaria e industrial de la Argentina.

Es cierto, de alguna manera, que la brevedad de su mandato le impedía recurrir a los dirigentes y a los técnicos peronistas con mayor prestigio. Pero una cosa es designar a inexpertos o a ignotos y otra es nombrar a hombres que, para dar vuelta la frase antológica de Carlos Grosso, tenían prontuario pero no inteligencia.

Ambas cosas reflejan oportunismo y demagogia, la necesidad imperiosa de rodearse sólo de quienes podían ser cómplices en el proyecto de romper el contrato peronista y el mandato institucional de la Asamblea Legislativa. Por eso, también, se dejó cercar en el acto por los impopulares dirigentes sindicales y su constante voracidad.

Caudillo

Pero el presidente de la Navidad expresó, al mismo tiempo, algo más profundo y peligroso: la ausencia total de una noción del Estado nacional. Durante una semana la Argentina pareció regresar a los tiempos previos a la organización nacional, cuando los que mandaban eran caudillos localistas que desconocían hasta el concepto de la Nación como entidad insustituible e ignoraban la necesidad de la relación con el mundo.

El oportunismo de muchos peronistas hizo posible que la Argentina siguiera descendiendo por la pendiente del abismo. José Manuel de la Sota -seguido luego por Carlos Ruckauf- apostó a un remedio envenenado cuando vetó la posibilidad de un presidente por dos años y ayudó a entronizar a un mandatario de tres meses, decididamente débil y necesariamente irrelevante.

Carlos Menem le sumó al cuadro una porción de deshonestidad intelectual cuando, preocupado por sus propias posibilidades electorales, lo empujó a romper el compromiso con el peronismo. "Los acuerdos se pueden cumplir o incumplir", dijo, suelto de cuerpo.

Menem es el político argentino más vilipendiado en estos momentos por la justicia de las cacerolas, más aún que De la Rúa. Ha hecho, en los últimos días, un importante aporte a la construcción de su propia lápida política.

Pequeñez y mezquindad

De la Rúa tiene también su carga de culpa por el endemoniado laberinto que les tocó a los argentinos. La ineptitud política y administrativa de su gobierno dejó las cosas en manos de un partido, el peronista, estragado por las luchas internas, sin liderazgo y sin proyecto, circunstancias que se conocían de antemano y que agrandaron la responsabilidad del presidente radical. Pero la pequeñez y la mezquindad triunfaron sobre la obligación política.

Dirigentes peronistas de envergadura sospechan ahora que detrás del vandalismo, que irremediablemente se cuela entre el pacifismo de las cacerolas, hay una mano que manda y paga. Se sorprenden de que no más de diez o quince salteadores lograran entrar al Congreso y depredarlo, y que ninguna fuerza de seguridad haya podido detenerlos a tiempo. Miran a su propia interna: ahí está el dirigente que ordenaría y abonaría, dicen. "La cara la conoceremos en las próximas horas", deslizan.

Sea como fuere, lo cierto es que la Argentina sufrió otra monumental regresión: retornó al populismo, padeció de más muertes inútiles e innecesarias, echó a un presidente en ocho días y se mostró ante el mundo como un país imprevisible, fuera de la economía y de la civilización.

El mundo está dispuesto a una ayuda rápida y eficaz para curar el mal argentino. Es posible, también, que los propios argentinos retornen a la paz en cuanto perciban a gobernantes preocupados por la aflicción social y no por sus propias ambiciones.

Sólo hace falta un poco de seriedad y otro de poco de grandeza para sortear la peor valla que la historia reciente le tendió a la Argentina.

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