Haciendo política en plena tormenta

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6 de diciembre de 2001  

Hay múltiples frentes de tormenta y un Presidente que advierte: "Nunca renunciaré a mis responsabilidades de gobernar".

El doctor Fernando de la Rúa pronuncia esas graves palabras con calma, con menos énfasis que el del doctor Arturo Frondizi cuando afirmaba, algo más de cuarenta años atrás, en medio de clarinadas militares, que no renunciaría, que no se iría, que no se suicidaría; y así fue.

Observo al ministro de Economía, que está sentado frente al Presidente, quien escucha con aprobación sus comentarios. En los instantes más difíciles de sus años de ministro -primero, con Menem; ahora, con De la Rúa-, el doctor Domingo Cavallo transmite la seguridad arrolladora de siempre.

En la calle preguntarán después al Presidente por el alejamiento o no del doctor Cavallo. De la Rúa lo niega.

A veinte cuadras de distancia algún ministro conjetura si no habrá llegado la hora de una recomposición total del gabinete nacional. Pero quien en ese mismo momento lo observa al doctor Cavallo, no puede pensar en otra idea que es el tipo de hombre que jamás abandonará por propia voluntad una posición como la que ocupa.

Son las primeras horas de la tarde. Sólo al anochecer llegará desde Washington el comunicado por el cual el Fondo Monetario Internacional hará saber que esta vez no habrá perdón para los incumplimientos de la Argentina. Ya se ha perdido la cuenta de la cantidad de veces que en el pasado se han aceptado las excusas por los desvíos de las metas presupuestarias comprometidas con el FMI. Más de media docena, seguro.

El doctor Cavallo sabe qué va a pasar; se intuye que el Presidente también. La Argentina carecerá por ahora del desembolso por 1264 millones de dólares que esperaba del FMI para diciembre. No declarará la cesación de pagos, pero procurará ser consecuente con la norma por cuyo incumplimiento parcial dejará de percibir un dinero que le es vital. Pagará lo que pueda.

Con la reestructuración de la deuda interna, ahora el total de los vencimientos para este mes será de 774 millones de dólares, entre ellos 205 millones de dólares que corresponden a préstamos de organismos internacionales.

La decisión del FMI tirará aún más por el suelo el valor de los títulos públicos. ¿Es que la mala noticia será una buena noticia? ¿Servirá para que el ministro haga todavía más rotundo su éxito en el canje interno de títulos y pueda agregar, en medio del nuevo escenario, otros diez o quince mil millones de dólares? ¿Hará una cesación de pagos de hecho más dóciles a los tenedores de títulos argentinos en el extranjero, empujándolos más rápidamente a una negociación que el ministro Cavallo espera tener concluida entre fines de enero y principios de febrero próximos?

El Presidente y el ministro escuchan el dictamen de los contertulios. Se les dice que la opinión general de la clase dirigente, tanto aquí como en el exterior, es que la Argentina debe decidirse cuanto antes, ya mismo, si es posible, por uno de dos caminos. La dolarización del peso. O la devaluación. El forcejeo entre las fuerzas de la sociedad es respecto de qué alternativa tomar.

Contesta el doctor Cavallo. "Ni dolarización ni devaluación." Y argumenta: "No entienden la convertibilidad, que significa la libre elección de moneda". El "no" a la devaluación suena con toda la fuerza expresiva que el ministro de Economía pueda dar a las palabras.

La encuesta de Gallup que LA NACION publicó ayer informa que sólo el 15 por ciento de la población aprueba una depreciación del peso en relación con el dólar. Pero por más que el ministro haya desmentido que el FMI esté aconsejando la devaluación del peso, nadie ignora que es un tema que se encuentra en boca de funcionarios internacionales y que ha tendido a expandirse, como receta indeseable pero irremediable, en los últimos días en algunos medios empresariales.

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Nadie abre la boca, frente al Presidente y su ministro, sobre un hecho político de inocultable importancia en la semana. Ha sido la visita de integrantes del Consejo Empresario Argentino -la crema de la crema empresarial- al ex presidente Menem, que está en libertad, pero sigue procesado.

Menem es una pieza significativa para las fuerzas antidevaluatorias. Es la carta de la dolarización. O la carta potencial para un acuerdo de gobernabilidad. En su lenguaje campechano y clarísimo, Menem ha dicho a sus visitantes que "ni Mandrake arregla por sí sólo esta crisis del país".

A puertas cerradas, los gobernantes del país dicen que el primer funcionario que reclamó el viernes último una contención de la sangría de depósitos fue el gobernador de Córdoba. El doctor José Manuel de la Sota es una de las voces gravitantes del justicialismo. Como lo son los gobernadores de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, y de Santa Fe, Carlos Reutemann. Está también Menem, por cierto, a quien visitó el Consejo Empresario Argentino. Y está Ramón Puerta, el presidente provisional del Senado y primero en la línea de sucesión presidencial, que se ha sumado al grupo de políticos del PJ sobre el que se dirige la atención pública.

Es llamativa la consideración que el ingeniero Puerta ha acreditado silenciosamente en estos años en el exterior. Se percibe en el comentario de diplomáticos extranjeros en el país.

¿Pero qué dicen por sí solas cada una de aquellas personalidades del PJ en circunstancias en que, mientras parece urgir para el país la necesidad de un acuerdo que lo haga previsible, la principal fuerza de oposición actúa más como una federación de partidos provinciales que como un inequívoco partido nacional?

El FMI no ha dispuesto demorar un nuevo desembolso sólo por los desvíos fiscales que se están produciendo, sino más que nada, tal vez, porque ignora qué plan tiene la Argentina para el año próximo. Simplemente no habrá plan hasta tanto se apruebe el presupuesto para 2002, y éste no será el que procure el Gobierno si el voto mayoritario en el Congreso va en otra dirección.

* * *

¿Y la gente? ¿Y esa gente del común que de golpe se anotició de que se restringía la libre disponibilidad de sus tenencias, que se alteraban las reglas de juego de su vida cotidiana?

En su mayoría comprendió, según la encuesta de Gallup, que eran inevitables las medidas del viernes último, que en sí mismas tampoco fueron discutidas seriamente por la dirigencia política y empresarial. Pero la población -y en particular, una vez más, la clase media- quedó golpeada, apesadumbrada, con el enojo y la impotencia de quienes creen que la desobediencia civil es echar nafta a la nafta.

El Presidente se escandalizaba ayer por una foto publicada en la página seis de la edición de Clarín. No se escandalizaba por la publicación de la foto, sino por lo que ésta mostraba. El manoseo, en Ezeiza, de un ciudadano al que, a punto de salir del país, revisaban a fin de saber si llevaba más de mil dólares consigo. Era el efecto extremo del decreto dictado por él mismo cinco días atrás.

La flexibilización de las restricciones financieras no se esperaba para el último fin de semana, sino para fines de mes. El impacto emotivo social, la acentuación recesiva que produjeron en diversos ámbitos de la actividad del país -sobre todo en los que se desenvuelven con menor cuantía económica- y las complicaciones inesperadas que se introdujeron en la sociedad al afectar valores culturales firmemente establecidos aceleraron las modificaciones conocidas ayer.

El comunicado ulterior de los bancos en el que informan que tales correcciones sólo podrán regir desde pasado mañana es la demostración palmaria de que, después de apagar el incendio financiero del viernes, el Gobierno trabaja sobre no pocos escombros, tomando decisiones que la propia fuerza de los hechos lleva casi inmediatamente a corregir

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Decíamos que son múltiples los frentes de tormenta abiertos. El crédito sigue por las nubes y compromete la estructura económica y financiera de las empresas actuantes en el país. Crece el número de voces tendientes a señalar que si las personas tienen restricciones sobre sus fondos, porqué no habrá restricciones verdaderamente efectivas sobre el costo del dinero.

Se está discutiendo a brazo partido quién paga menor precio por la gravísima situación en que se encuentra el país y, en el fondo, todos tienen intereses legítimos que defender. El Departamento del Tesoro norteamericano y el Banco Mundial, con sus declaraciones de última hora de ayer, salieron a enfriar la sensación de alta temperatura que introdujo para la Argentina en el mundo la decisión del FMI. Fueron palabras bien intencionadas, pero palabras.

Ahora se recorta en el horizonte el perfil de un país más empantanado en sus posibilidades de atender los compromisos financieros y el de una sociedad con debate e incertidumbres sobre las grandes alternativas económicas y políticas por seguir.

Es la hora de prueba para la fortaleza de las instituciones de la Constitución. Por eso importa saber, como primer punto, que el Presidente no está dispuesto en modo alguno a resignar sus responsabilidades.

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