Hay que ayudar y proteger al Presidente

Alfredo Leuco
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19 de mayo de 2007  

Hay que ayudar a Kirchner. Hay que proteger la investidura de las inexplicables equivocaciones recientes del propio presidente de la Nación. Ningún argentino bien nacido debe fomentar que los graves tropezones sufridos en Santa Cruz, en el caso Skanska, y con Guillermo Moreno se multipliquen y aceleren el proceso de vaciamiento de su credibilidad. Suena raro y contradictorio, pero los periodistas y los políticos deben denunciar sus mentiras y sus persecuciones con mucha energía y, simultáneamente, colocar paños fríos para no lastimar las instituciones. Es un delicado equilibrio, un estrecho desfiladero en el que debe moverse una democracia frágil que todavía no superó del todo aquella implosión de 2001 y que es tironeada burdamente hacia un autoritarismo intolerable.

Hay que ayudar a Kirchner, protegerlo de su propia omnipotencia y prepotencia. Infló el conflicto con su autismo caprichoso; lo convirtió en una batalla de trascendencia y, finalmente, logró todo lo contrario de lo que buscaba. Estuvo casi 4 años huyendo de esos fantasmas tan temidos, y por culpa de su propia ceguera se los encontró en la puerta de su casa en Río Gallegos. Allí aparecieron las cacerolas y sus sordos ruidos.

Pero hay que ayudar a Kirchner, para que comprenda que la rebelión de los ciudadanos fue directamente contra sus modales y algunas de sus concepciones. Poner la discusión en términos de todo o nada como le gusta hacer le significó al Presidente una caída mucho más importante que la de Misiones. Porque esta vez fue jugando de local y porque fue en la calle y no en las urnas. Alguien le pudo haber vendido una imagen distorsionada de Carlos Rovira y su feudalismo. Pero la que sufrió semejante revés ahora fue su propia imagen. Tal vez sólo pueda reprochárselo al espejo. "Yo pego el portazo para ganar 20 metros", dijo hace poco al periodismo. No explicó cómo debería reaccionar si el otro pega un portazo más fuerte para ganar 30 metros. Y eso le sucedió en sus narices.

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La misma metodología hizo crisis cuando tuvo que tirar por la ventana a dos altos funcionarios después de haber mostrado sus manos como diciendo "las pongo en el fuego" y asegurando que se trataba de un caso de corrupción entre privados.

Kirchner se coloca en una postura tan rígida, tan de "yo soy el dueño de la verdad", que cuando la realidad lo pone en su lugar, el deterioro de su imagen es mayor.

Ahora la pregunta es qué más tiene que hacer Guillermo Moreno para que siga el mismo camino de Madaro y Ulloa. Todavía algunos "pingüinos" del Gobierno lo consideran un soldado de Kirchner. Tal vez sirvió para otras batallas. No para este momento, que es el peor que está pasando Kirchner desde que asumió la Presidencia.

Lo más inquietante es el tamaño de la persecución y del engaño que quedó al desnudo. La falsa denuncia de magnicidio fue grosera hasta el ridículo, lugar del que todo peronista sabe que no se vuelve. A Kirchner no lo detuvo ni el sentido común, y por eso fue motivo de chanza para los humoristas. Eso es lo peligroso. Por eso hay que proteger esa sagrada institución llamada investidura presidencial.

Enroscado en su ira, tardó demasiado en reaccionar. Y siguió excediéndose con su viejo manual de patrón de estancia. Y como si esto fuera poco, ya desbordando todos los límites racionales, se quisieron silenciar los acontecimientos censurando medios y acusando a un humilde trabajador de haberse mutilado un pie que fue destrozado a balazos por la policía. Finalmente, el único que se lesionó a sí mismo fue Kirchner.

También se lesionaron a sí mismos los patoteros que agredieron a Alicia Kirchner porque mancharon una lucha impecable. Pero esto va mucho más allá de las elecciones: pone en jaque toda la concepción de construcción del aparato kirchnerista. Es probable que Alicia Kirchner gane en Santa Cruz y que Cristina o Néstor ganen en la Nación el 28 de octubre.

Hay otras explicaciones para eso; otras motivaciones para un voto que tal vez quiera conservar el bienestar económico y prefiera no aventurarse a lo bueno por conocer porque todavía la oposición no logró construirse a si misma con la suficiente fortaleza. Pero la derrota de Santa Cruz va a dejar heridas profundas en el ADN del Frente para la Victoria. También, la pérdida de la virginidad en el plano de la transparencia con el escándalo Skanska.

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Para huir del plano inclinado, Kirchner debe extirpar de sus conductas la mentira y la persecución. Debe reconvertir su liderazgo tirando el lastre de su obsesión hegemónica y su bulimia de poder. Debe abrirse al diálogo con opositores y periodistas para no enterarse tan tarde de cuáles son los verdaderos humores sociales.

El nuevo gobernador santacruceno Daniel Peralta demostró que nadie se muere por intercambiar ideas y considerar al otro. Eso descomprime, pacifica la sociedad, espanta la violencia.

Y eso no significa derechizarse ni ceder a las corporaciones: Martín Sabatella, en Morón, y Hermes Binner, en Rosario, entre otros, demostraron que se puede gobernar con eficiencia y autoridad sin dejar ningún principio en la puerta de la Casa de Gobierno y que no hace falta aliarse con el Diablo ni utilizar herramientas policíacas para controlar la opinión publica.

Hay que ayudar a Kirchner. Sólo hace falta que reconozca que necesita ayuda, y que permita que lo ayuden.

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