"Kirchner actúa como si él fuera un soberano"

Beatriz Sarlo
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22 de julio de 2006  

Los años 90 fueron el imperio del liberalismo sólo en términos económicos. Carlos Menem aborrecía los límites legales y gobernó empujando las normas. En 1994 la Constitución fue reformada, en primer lugar para que pudiera ser reelegido, con el auxilio de Raúl Alfonsín y el voto de los Kirchner, entre muchos otros. El entonces gobernador Kirchner, pragmático como sigue siéndolo, cobraba las regalías petroleras y observaba las transformaciones sin demostrar la incomodidad de quien está pisoteando alguno de sus principios.

Lo que le permitió a Kirchner acumular poder regional en la era menemista quizá pueda rastrearse en su remota formación política. En una dimensión subterránea e inconsciente, el desprecio de la política institucional de los años 70 establece una inesperada continuidad con los 90.

Ha sido pródigamente difundido por el oficialismo que su entusiasmo con los derechos humanos es un descubrimiento tardío de ese espacio de resistencia a la dictadura. Allí militaron pocos políticos. Alfonsín fue una excepción

Beatriz Sarloel joven Kirchner simpatizó o militó en la juventud peronista radicalizada. Nadie encuadrado en esa franja en aquellos tiempos pensaba que la constitución de la República fuera otra cosa que la máscara de la dominación del imperialismo y de sus aliados locales. Nadie pensaba que las instituciones debían ser mejoradas, sino manipuladas, presionadas, ocupadas, hasta que pudieran ser destruidas y reemplazadas por otras que expresaran de modo directo los intereses de los sectores populares. El discurso de las juventudes políticas normalmente daba a la República el calificativo de "burguesa" o, simplemente, de "liberal", término que en sí mismo era un insulto grave.

La "plaza" era considerada la arena política por excelencia; se competía por un lugar en ella de modo muchas veces violento, en un cuerpo a cuerpo donde las juventudes peronistas y las sindicales se topaban desde la medianoche anterior al día de cualquier acto.

No se defendían posiciones dentro de las instituciones, sino en los llamados "espacios de poder", que se definían como avanzadas estratégicas del movimiento revolucionario en la democracia "formal".

La debilidad de Perón debía ser aprovechada para presionarlo, cambiándole las relaciones de fuerza por medio del apriete y las acciones revolucionarias (como el asesinato del dirigente José Rucci, a quien Perón quería entrañablemente, pero que era considerado un traidor a los intereses de los obreros que decía representar en la CGT). La consigna famosa, "la revolución se hace con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes", era una máxima.

Este perfil no caracterizaba sólo a las formaciones peronistas. Toda la izquierda revolucionaria, aunque debatía por adjetivos (si la etapa de la revolución era antiimperialista o antiburguesa, si el tipo de lucha debía ser la insurrección, la guerra popular o la guerrilla), se inscribía en este horizonte ideológico.

Muchos sabemos por experiencia que se necesitaron años para romper con estas convicciones. No simplemente para dejarlas atrás porque fueron derrotadas, sino porque significaron una equivocación.

Probablemente lo más difícil sea criticarlas y conservar, al mismo tiempo, una posición progresista. Porque la violencia revolucionaria estaba fusionada con el ideal de justicia e igualdad, hubo que hacer una reflexión muy intensa y continuada.

Kirchner dice que no ha renunciado a los ideales justicieros de los 70. Yo creo que no los ha pensado, no les ha dedicado tiempo en los treinta años que transcurrieron. Formó parte, después del golpe de Estado de 1976, de aquellos jóvenes militantes de tercera línea que, amenazados, cambiaron de lugar de residencia. Muchos fueron a la Patagonia. Kirchner sólo tuvo que volver a sus pagos, convertirse en un profesional exitoso y reinsertarse en la política con la democracia, dando vuelta la página.

En 1982, militaba en el partido cuyo candidato a presidente fue Italo Luder, un hombre que adjudicó validez a la autoamnistía que los militares se habían otorgado in extremis.

Su entusiasmo con los temas de derechos humanos tiene que ver con un descubrimiento tardío de ese riquísimo espacio de resistencia a la dictadura, que fue prácticamente milagroso y donde militaron pocos políticos; Raúl Alfonsín fue una de las excepciones. De todos modos, más vale tarde que nunca: ser el presidente que se enorgullece de otorgar un lugar privilegiado a la Justicia por los crímenes del terrorismo de Estado no es una cuestión menor.

Al contrario: con todos los excesos de estilo que lo llevan a creerse el primer presidente comprometido con el tema (olvidando la batalla durísima del juicio a las juntas), Kirchner se ha demostrado capaz de recuperar los años patagónicos, en los que los derechos humanos y el terrorismo de Estado no estuvieron en la primera página de la agenda del reservado gobernador de Santa Cruz.

Entonces, ¿qué? Kirchner es un setentista cultural. Y un hombre de los pragmáticos 90 en la política de todos los días. Incluso la mezcla no sería necesariamente mala, si no fuera por el hecho de que es "espontánea".

Podría ser una buena mezcla si la sensibilidad popular y el igualitarismo, como ideales setentistas, se hubieran mantenido después de una crítica profunda del carácter autoritario, despótico, sin principios y sin moral, de los instrumentos utilizados por el peronismo revolucionario a partir del asesinato de Aramburu. Y tampoco la experiencia de los 90 sería siniestra si lo que de ella se conservara fuera el respeto por la dureza de las leyes económicas, respeto que los años 90 decían tener pero que en realidad transgredieron la mayor parte del tiempo, poniendo a la Argentina en el camino de una crisis que pudo ser fatal.

Pero si lo que queda de los 90 son algunos procedimientos políticos cuestionables, la mezcla puede volverse peligrosa: desprecio setentista por las instituciones republicanas, afirmación de la política plebiscitaria que conduce a una ciudadanía adormecida entre cada una de las elecciones y manejos imperfectos de los recursos públicos para sojuzgar a todo aquel que tenga responsabilidades de gobierno provincial o municipal.

Todos los presidentes argentinos tuvieron que convencer a algunos gobernadores repartiendo recursos. Kirchner le ha dado a esto un nivel de cruda desnudez: baja comunidad ideológica con jefes provinciales impresentables según los estándares que proclamaba hasta poco antes de las elecciones la pareja presidencial y alto control por medio de las finanzas.

Como sea, en el peronismo hay estilos. El de Kirchner pertenece a alguien cuya formación política práctica no tuvo lugar, como es obvio, en la militancia estudiantil de La Plata (de la que conserva espectros ideológicos), sino gobernando una provincia como Santa Cruz.

Kirchner está por encima de las reglas, como aquel que establece la ley. La idea fundacional que tiene de su gobierno proviene justamente de esta necesidad de colocarse en el lugar de la innovación, superando, por arriba, los conflictos. Es el soberano.

Por eso, no tiene sino un atractivo pintoresco la descripción de sus auxiliares en el gabinete y en el Congreso. Son los que son, pero podrían ser otros: tránsfugas de diferentes vertientes del peronismo integrados al núcleo de acero de los guerreros patagónicos. A muchos de ellos ayer se los quería ahuyentar como a alimañas (el Presidente y, sobre todo, su esposa juraban que no volverían a compartir pan y sal con los duhaldistas), y horas después de las elecciones se los volvía a admitir cerca. ¿Quién puede hacer esto? El soberano, es decir, aquel que se siente no ligado por ningún lazo y que, por el contrario, cree que todos están ligados a él por la lealtad o el vasallaje.

La otra cualidad del poder de Kirchner es el miedo.

Se difunde su imagen de hombre implacable, como se difundía la imagen de enemigo envenenado que a Menem le servía para disuadir a quienes dudaban frente a su poder.

Kirchner es un duro soberano que aprendió en los años 90 que quien no tiene todo el poder no tiene nada, porque el poder es una sustancia que no admite el reparto. Por el contrario, se lo concentra o se lo pierde. Desde el poder no se persuade ni se convence: se ordena o se amenaza. De allí el desprecio por las formas deliberativas de la política (desprecio que se traslada a la cultura radical, que hace de esas formas incluso el camino de su propia perdición).

El soberano tiene el amor del pueblo. Kirchner es soberano porque un pueblo se lo confirma. En las localidades del Gran Buenos Aires o las capitales y los pueblos de provincia se renueva la legitimidad vital del soberano, en el contacto directo con su pueblo; no se trata simplemente del plebiscito periódico, sino de una cosecha diaria de poderes simbólicos, multiplicadamente simbólicos, ya que los transmiten la televisión y las fotos de los diarios.

La articulación material de esta relación puede ser oscura: clientelismo, planes sociales, caudillos que reclutan manifestantes desocupados, transferencia de movilizaciones que fueron piqueteras. Pero Kirchner, aunque sabe de esto, no se ocupa de ello y además sería absurdo que se ocupara. Como soberano, simplemente pasea por su territorio y pide fuerzas a su pueblo, al cual, al mismo tiempo, le asegura que tiene toda la fuerza necesaria.

En este punto del razonamiento se podría preguntar: ¿qué puede hacer Kirchner? Yo diría que muy poco para cambiar estos automatismos de la ideología. Precisamente, las espontaneidades ideológicas son algo difícil de revertir, excepto a través de fuertes transformaciones intelectuales.

Además, Kirchner es medularmente un peronista, no importa cuál sea el nombre que invoque en sus boletas electorales, y, por lo tanto, alguien que forma parte de una cultura que no es institucional, sino carismática y plebiscitaria. Porque es un peronista es probable que, como Menem, transforme una vez más el peronismo y, si la economía sigue en caja, gobierne, con larga vida y segura sucesión, un país donde una mayoría de ciudadanos lo acepta porque, hasta el momento, lo que Kirchner ataca no les resulta visiblemente valioso.

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