Kirchner usó su manual antiescándalo

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
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17 de julio de 2007  

El reemplazo de Felisa Miceli por Miguel Peirano es un episodio más ligado a la política que a la economía. Y no sólo por el escaso impacto que la noticia está destinada a tener en los negocios. Tanto la salida de la ministra como el ascenso del secretario de Industria reproducen las principales reglas políticas con que se maneja Néstor Kirchner para gobernar.

La primera ley es que en este tipo de movimientos, en los que el motor es el escándalo, debe quedar la sensación de que quien restaura el orden moral perdido es el Presidente. No la Justicia. Como en el caso de Fulvio Madaro y de Néstor Ulloa, expulsados durante el caso Skanska, bastó que el fiscal Guillermo Marijuán pidiera al juez la declaración indagatoria de la funcionaria sospechada para que la Casa Rosada la despidiera. Mientras María Servini de Cubría navega por el Egeo, Kirchner tuvo tiempo para hacer justicia por su propia mano, como acostumbra en estos casos.

Este criterio expresa una política de personal que hace juego con un sueño originario del Gobierno: el de encarnar las pretensiones de saneamiento político que movilizaron a la clase media urbana desde la segunda mitad de los 90 y que alcanzaron el paroxismo en la antiutopía del “que se vayan todos”. Con dificultades crecientes, Kirchner cree que uno de sus mandatos es hacerse cargo de ese estado de ánimo, aunque el empeño le resulte cada día más trabajoso y también deba pagar el costo de que sean funcionarios suyos los que se vayan, de a uno.

En el caso de Miceli, la situación era imposible de sostener. A los detalles patéticos de la bolsa y del botiquín se le comenzaron a agregar anécdotas periféricas. Desde los negocios de su hermano hasta las contrataciones de su hermana, que integra el plantel de asesores de Romina Picolotti, a quien ayer debe haber ganado una extraña sensación en el cuello.

Al final, en el hundimiento de Miceli pudo más su familia sanguínea que su marido, Ricardo Velazco, "El Pacha", a quien en el imaginario del Gobierno no le correspondía entrar en el cuadro de honor.

* * *

La segunda regla que se impuso con la remoción de anoche es que el Presidente oficia como ministro de Economía.

Al designar a Peirano, Kirchner sinceró una dinámica preexistente. Es él quien gestiona instruyendo de manera directa a los secretarios, sin intervención alguna del ministro del ramo. De allí que nunca como hoy resulte tan accidental la información sobre antecedentes o alianzas de quien administra la hacienda pública. Peirano, hasta ayer al frente de Industria, se acostumbró a despachar en la Casa Rosada sin que Miceli supiera nada de lo que se trataba en las reuniones.

El nuevo jefe del Palacio de Hacienda anudó una buena relación con el Presidente, aun cuando fuera, igual que su superior inmediata, un vestigio de la gestión de Roberto Lavagna. Si se mira con detenimiento, el sucesor de Miceli integra, con ella, el mismo árbol de herederos -y apóstatas- del actual candidato a la presidencia por la UCR.

Sin embargo, Peirano entendió temprano el mapa de poder del santacruceño. Se conectó con el sistema nervioso central a través de Rudy Ulloa y de Carlos Zannini e integró Compromiso K, la corriente que reúne a los paladares negros del oficialismo.

Aun así, Peirano ahora deberá aceptar que el método que padeció Miceli se aplique en su detrimento. Kirchner seguirá hablando todas las mañanas con el secretario de Hacienda, Carlos Mosse, o con el de Finanzas, Sergio Chodos, a espaldas del ministro, que no podrá designar a sus colaboradores.

La tercera ley de Kirchner que dominó la operación de ayer es que la campaña manda.

Una administración que se pone al borde del colapso energético con tal de no pagar el costo electoral que significaría un racionamiento del consumo entre los sectores medios no iba a soportar que los diarios dedicaran una página por día a la crónica policial del Palacio de Hacienda.

No hay gobierno que pueda servirse de un responsable de la economía impedido de acercarse a la prensa por la índole de las preguntas a las que se vería sometido. En el caso específico de la renunciante de ayer, el panorama se había vuelto más inquietante. Toda la administración es hoy un equipo proselitista en el que Cristina Kirchner, en una inusual diarquía, ejerce el control de calidad de cada acto.

Con la lógica del mismo marketing, quedaron descartadas desde el primer minuto las candidaturas a ministro de figuras que podrían ocupar un lugar visible en un eventual gobierno de la señora de Kirchner. Es el caso de Mario Blejer, Beatriz Nofal o Mercedes Marcó del Pont. Es muy razonable que quienes administran los activos electorales del Gobierno no quieran malgastar a uno de ellos en cubrir una vacante hasta diciembre.

¿Seguirá Peirano más allá de esa fecha? Es probable que no. Pero su designación tal vez indique una tendencia: la resistencia de los Kirchner a tener en Economía a una estrella cuya remoción resulte luego traumática. Ellos, se volvió a notar ayer, son miniaturistas.

Por eso habría que dejar en observación una de las hipótesis que circularon en medio de las especulaciones sobre el reemplazo de Miceli. La posibilidad de que se divida el ministerio en dos áreas, una de Producción y otra de Hacienda y Finanzas. Es un proyecto que el Presidente abraza desde que llegó al poder, pero que no se animó a poner en práctica cuando exoneró a Lavagna y tampoco ayer, en la mucho menos riesgosa remoción de Miceli.

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