Kirchner y Lavagna dejan atrás la tormenta

Una reunión frenó la ola de rumores
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4 de diciembre de 2004  

Probablemente pasado mañana se disipará el vaho de rumores que envuelve otra vez al ministro de Economía, Roberto Lavagna, aunque nadie está seguro de que su espíritu recobrará la calma para siempre.

Pasado mañana, el presidente Néstor Kirchner firmará, si la burocracia es puntual, el decreto más voluminoso que haya suscripto hasta ahora. Se trata de la autorización definitiva del Gobierno para que Lavagna ejecute la operación del canje de la deuda. El decreto contiene el prospecto definitivo de la oferta argentina, el mismo que ya se envió a la SEC norteamericana. El decreto tendrá 450 páginas.

Aunque todas las expresiones oficiales preferían el silencio en la tarde de ayer, la firma de ese decreto tendrá la inevitable lectura de un respaldo político del Presidente a su ministro y de un apoyo definitivo a la propuesta para salir del default.

El proyecto de decreto llegó a la Casa Rosada el miércoles último y ayer ya había atravesado, con suerte, los organismos de control de la administración, como la Sigen y la Procuración del Tesoro. Lavagna llevaba ayer, personalmente, la última gestión ante la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia para hacerle los retoques finales al proyecto. Luego, sólo restaría la firma de Kirchner.

Tres horas es demasiado tiempo en la cima del poder. Fue el lapso que Lavagna estuvo en la mañana de ayer –y hasta avanzado el mediodía– en la Casa de Gobierno. Habló sólo con tres personas: el Presidente, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y el influyente secretario Legal y Técnico, Carlos Zanini.

Había sucedido, hasta la noche anterior, un torrente de versiones sobre la inminente salida del gabinete del ministro Lavagna. En los diez días recientes, los entornos de Kirchner y de Lavagna se atribuyeron mutuamente la filtración de rumores en contra de sus respectivos líderes. Páginas enteras de medios gráficos y numerosas palabras dichas en medios audiovisuales se hicieron eco de esa pelea en el momento más dramático de la Argentina, cuando se avecina la posibilidad -o no- de salir del default, el mayor incumplimiento de la historia que cumplirá tres años en la próxima Navidad.

Veamos los rumores. El primero de ellos, y el que pareció tener mayor envergadura, es el que ubicó al presidente del Banco Central, Martín Redrado, en una posición contraria a la del ministro y desestabilizadora de éste.

La versión indicaba que Lavagna impulsaba un proyecto para que el Poder Ejecutivo tuviera un mayor margen de disponibilidad de las reservas argentinas. Ante una pregunta en el Congreso, Redrado respondió que esa decisión no era "oportuna ni necesaria". Agregó: "Si fuera oportuna y necesaria, los legisladores deberán avalar la decisión".

Ayer, Lavagna aseguró que él hubiera respondido lo mismo que Redrado, sin sacarle un punto ni una coma. Aclaró que jamás existió un proyecto de esa naturaleza en su cartera.

* * *

Desconocen, además, a los protagonistas. Una conspiración de Redrado es altamente improbable. Hace diez años perdió el cargo de presidente de la Comisión de Valores luego de quedar en medio de una pelea antológica entre el entonces presidente Menem y su ministro de Economía, Domingo Cavallo. Estos se reconciliaron y Redrado se fue a su casa.

"Desde entonces aprendí, definitivamente, que no sirvo para las intrigas", suele ironizar Redrado. El jefe del Banco Central tiene una vieja y buena relación con Lavagna, desde que conducía en la Cancillería las relaciones económicas internacionales.

Desde Nueva York, Redrado habló por teléfono en las últimas horas con varios funcionarios del gobierno pidiéndole que lo sacaran de las especulaciones. "Hagan su juego, pero no me jueguen a mí", les suplicó.

Miremos el fondo, también. ¿Qué intención movería a Kirchner a desplazar a su ministro de Economía en las semanas finales del anunciado comienzo del canje de la deuda?

Si nombrara otro ministro para mejorar la oferta, el Presidente debería dar explicaciones políticas internas.

Si lo hiciera, en cambio, para empeorarla frente a los acreedores, debería entonces torcer sus explicaciones hacia los bonistas ya quejosos de antemano.

Si sólo aspirara a ejecutar la propuesta actual, ¿para qué privarse entonces de su autor? Esta es la duda que quedará despejada cuando se firme el decreto del canje.

* * *

¿Qué impulsó esa marea de versiones que ayer puso en vilo hasta los diplomáticos de los países más importantes acreditados en Buenos Aires?

La Casa de Gobierno elegía la tesis de que las pequeñas rencillas internas habían calado entre los adversarios del ministro. "Son los mismos adversarios del Presidente, que ahora se respaldan en él para desestabilizar a Lavagna", dijeron.

Consultado el jefe del Gabinete, su respuesta se limitó a una sola frase: "Es la más lamentable comedia de enredos que conocí hasta ahora".

Lavagna prefería, en cambio, mirar a los representantes de los acreedores. Dijo que su gestión económica estuvo siempre jalonada de las versiones de su renuncia en los momentos más decisivos.

"En los primeros tiempos, esas versiones sucedían todos los viernes. Ahora seguirán ocurriendo cosas raras -pronosticó- hasta el 17 de enero", fecha anunciada para el comienzo del canje de la deuda.

El tiempo se repartió equitativamente en las tres horas de reunión de ayer. Con Zanini, el ministro sólo habló de las cuestiones legales del proyecto de decreto en marcha.

Entre Alberto Fernández y Lavagna hubo, sí, un largo y pormenorizado diálogo sobre la tormenta de rumores. "Jamás he hablado mal de vos. Jamás se me ocurriría que el gobierno pueda prescindir de vos en estos momentos", le aseguró el jefe del Gabinete. Lavagna había llegado mortificado por la omnipresencia de los chismes.

Con el Presidente la reunión fue más distendida. "Esta semana ha sido muy difícil", comenzó Lavagna en un intento para incursionar en el conflicto de las versiones.

El Presidente lo interrumpió: "Roberto, no perdamos un segundo más en esa locura. Pongámonos a trabajar". Mucho después, Lavagna regresó a su despacho con su habitual aspecto sereno y seguro. Lo había perdido cuando creyó estar en el ojo del huracán.

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