La Asamblea Legislativa festejó la jura y asunción de Kirchner

En un acto histórico, el Congreso presenció el traspaso del mando presidencial
Laura Serra
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26 de mayo de 2003  

Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde se fundieron en un caluroso abrazo. El momento más esperado por ambos había llegado. Los legisladores, de pie, saludaban con aplausos aquel momento histórico. El presidente saliente cruzó la banda presidencial sobre el torso de su sucesor y le entregó el bastón de mando. "Fuerza", murmuró Duhalde y, en un gesto confidente hacia su sucesor, apretó sus puños con los pulgares en alto.

Ese instante inmortalizó el acto más trascendente en la vida institucional del país, el traspaso del mando presidencial. Fue una ceremonia atípica, ya que por primera vez el Congreso se convirtió en testigo presencial de la entrega de la banda y del bastón de mando a un nuevo presidente constitucional.

"Vengo a proponerles un sueño. Reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación", fueron las palabras que el flamante mandatario dedicó, en su discurso, a la Asamblea presidida por el presidente provisional del Senado, José Luis Gioja, y el titular de la Cámara baja, Eduardo Camaño.

El recinto lucía abarrotado de legisladores y funcionarios. Trece presidentes extranjeros, entre ellos Fidel Castro (Cuba), Hugo Chávez (Venezuela), Luiz Inacio Lula da Silva (Brasil), Ricardo Lagos (Chile) y el uruguayo Jorge Batlle, estuvieron presentes. También el príncipe Felipe de Borbón, la mayoría de los gobernadores y una generosa delegación diplomática.

Todos ellos presenciaron el primer discurso de Kirchner como presidente, que juró a su cargo "por Dios Nuestro Señor y los Santos Evangelios", junto al vicepresidente, Daniel Scioli. Desde los palcos superiores, colmados de seguidores santacruceños, partió un ensordecedor "olé, olé, Lupo, Lupo", como lo apodan a Kirchner por su parecido con un personaje de historieta.

Duhalde, como presidente saliente, se ubicó en la primera fila de bandeja destinada a los gobernadores, junto a su esposa, Hilda González. Su mujer, cariñosamente, le pasó un brazo por el hombro, y siguieron con atención el discurso de Kirchner.

Con puntualidad inglesa, el flamante jefe del Estado arrancó su alocución a las tres de la tarde y se extendió por 50 minutos, interrumpido más de 40 veces por aplausos de los presentes, algunos tímidos, otros más calurosos.

Los legisladores justicialistas, como era de prever, acompañaron con entusiasmo las palabras presidenciales. No así los representantes más fieles al ex presidente Carlos Menem, que siguieron el discurso con rostro adusto, sin aplaudir una sola vez. No era, para ellos, una situación muy cómoda: de hecho, en un momento de la ceremonia y con el mayor sigilo, Eduardo, el hermano del ex presidente, abandonó el recinto.

Eduardo Menem tal vez intuyó que el flamante presidente no reservaba, precisamente, frases de elogio a quienes encarnaron el poder durante la década de los noventa. Por ello, antes del discurso de Kirchner, se retiró.

"Sabemos adónde vamos y sabemos adónde no queremos ir ni adónde queremos volver", dijo Kirchner, en alusión a la era menemista. Y continuó: "Al contrario del modelo de ajuste permanente, el consumo interno estará en el centro de nuestra estrategia de expansión".

No sólo los menemistas permanecieron callados. También algunos legisladores provinciales, identificados con el ex candidato presidencial Ricardo López Murphy, se preservaron aislados de los festejos. De hecho, algunos de ellos criticaron luego algunos párrafos del discurso (de lo que se informa en la página 9).

Pero, en su mayoría, justicialistas y opositores acompañaron con gestos de aprobación las primeras palabras presidenciales. Hubo frases que despertaron aplausos unánimes, como cuando Kirchner reivindicó la soberanía argentina sobre las islas Malvinas.

"Sostendremos inclaudicablemente nuestro reclamo de soberanía sobre las islas Malvinas", enfatizó Kirchner, y se desató una ovación.

Deuda externa

La cuestión de la deuda externa también despertó aplausos unánimes. "No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos, generando más pobreza y aumentando la conflictividad social -bramó-. Los acreedores tienen que entender que sólo podrán cobrar si a la Argentina le va bien."

Cristina de Kirchner, flamante primera dama y vestida de impecable blanco, seguía con atención las palabras de su marido, sentada en una de las bancas del recinto, en el papel de senadora que pretende preservar.

"Nuestro país debe estar abierto al mundo, pero abierto al mundo de una manera realista (...) fundamentalmente a través del Mercosur", continuó el primer mandatario, lo que generó la inmediata aprobación de los presidentes de Brasil y de Chile, dos de los más vitoreados por los legisladores, junto con Castro y Chávez.

Con su tradicional voz sibilante, Kirchner concluyó su discurso con una convocatoria a los presentes.

"Vengo a proponerles un sueño", expresó, parafraseando la célebre frase "tengo un sueño", del asesinado líder de los movimientos civiles en los Estados Unidos, Martin Luther King.

"Vengo a proponerles un sueño: quiero una Argentina unida. Quiero una Argentina normal. Quiero un país más justo", finalizó y, en medio del fervor general, dedicó su más cálido abrazo como flamante presidente a su hija, Florencia, que se acercó para saludarlo.

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