La batalla de la historia versus el sueño

Más de 12 horas de sesión y otras tantas de negociaciones costó designar al nuevo presidente, en un trámite sin precedente
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24 de diciembre de 2001  

La diputada del Frepaso Nilda Garré obtuvo un inesperado aplauso al terminar su intervención en la Asamblea Legislativa, ayer, a las 7 de la mañana. "Solicito autorización para insertar mi discurso en la versión taquigráfica", fue todo lo que dijo. Luchando contra el sueño, los legisladores que quedaban en el recinto tras 10 horas de debate, con más de 100 oradores, rogaban un rápido final.

En los palcos de la Cámara de Diputados dormían los puntanos que habían llegado desde San Luis para ver coronarse presidente a Adolfo Rodríguez Saá. Despatarrados en las sillas, en posiciones inhumanas, guardaban la posición de privilegio para no perderse detalle cuando llegara el momento indicado.

En los pasillos del Congreso el sol se filtraba con haces criminales. Un hueco en alguno los enormes sillones del Salón Azul se cotizaba en oro.

La sesión, convocada para las 19, había empezado a las 21.45, demorada por las fallidas negociaciones en el justicialismo y los bloques de la oposición para que Rodríguez Saá fuera elegido por unanimidad.

En el momento en que el cordobés Juan Carlos Maqueda (vicepresidente del Senado) abrió la sesión, el Salón de los Pasos Perdidos, antesala del recinto, ardía de militantes, periodistas, asesores y familiares de los diputados. El calor era agobiante.

"Se votará a las 11 de la mañana", anunció Maqueda. La noche sería eterna.

La sucesión de exposiciones reflejaba la gravedad de la crisis social, el histórico momento -sin precedente- que se estaba viviendo y los interminables rencores que subsisten en la clase política. Se escuchó decenas de veces la palabra "herencia".

A la medianoche, el recinto comenzó a vaciarse. En los pasillos ya había gente dormida. Los ordenanzas cabeceaban en las sillas del salón de lecturas, donde funcionó un improvisado expendio de bebidas. Los legisladores se turnaban para ir a sus despachos a echar una cabeceada.

Unos pocos, como José Luis Gioja (senador del PJ), se dispusieron a resistir. Algunos escuchaban a sus colegas, otros hacían uso y abuso de sus teléfonos móviles para distraerse. No fue fácil. Si no, que lo diga la formoseña Azucena Paz (PJ), que minutos antes de votar se desmayó en el recinto. Pudo recuperarse rápido.

***

Pasaban las horas y las máquinas de café del Congreso se vaciaron. Algunos periodistas caminaban como zombies para no dormirse, con miedo de perderse algún momento decisivo.

A las 3.10, Rodríguez Saá llegó a la presidencia del Senado y se instaló, insomne, a esperar su designación. Diez agentes de los servicios de inteligencia -inconfundibles- recorrían los alrededores. En el Salón Azul, desmayado, el diputado de la Ucedé Carlos Castellani recuperaba fuerzas.

A las 7.15, el titular de Diputados, Eduardo Camaño, fue a avisarle a Rodríguez Saá que habían conseguido el número para designarlo. Quedaban más de tres horas de sesión. La chicharra -que llama a votar- ejerció como despertador en todo el Congreso. Estaba por asumir un nuevo presidente.

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