La doble vía de la política norteamericana

Joaquín Morales Solá
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9 de noviembre de 2011  

Barack Obama no le dijo a Cristina Kirchner que el poder norteamericano es muy complejo. Puso acento, sí, en la necesidad de que la Argentina pague los juicios perdidos en el tribunal internacional del Ciadi frente a las empresas norteamericanas Azurix y Blueridge. "No podemos adelantar hasta dónde va a llegar el lobby de esas empresas", dijo un diplomático norteamericano, poco después de la reunión en Cannes. ¿Estaba adelantando que la amabilidad política no tiene necesariamente correlación con los asuntos económicos? Cuando ellos hablan de lobby, también se refieren a los bonistas que no aceptaron ninguna de las dos propuestas de canje que hizo la Argentina, una en 2005 y la otra en 2010.

Empresas y bonistas tienen muy buena recepción en el Congreso norteamericano controlado por los republicanos. Un ala dura y conservadora se ha hecho cargo ahora del partido que lidera la oposición a Obama. La poderosa Secretaría del Tesoro prefiere oír esas voces de empresarios despechados con la Argentina o, sencillamente, no quiere nuevos motivos de colisión con un Congreso ya muy difícil para el partido gobernante.

En esos enredos norteamericanos podría encontrarse la explicación del nuevo voto de los Estados Unidos en contra de la Argentina en el Banco Interamericano de Desarrollo. No deja de sorprender, de todos modos, que el hecho haya sucedido antes de que transcurriera una semana de la reunión de los presidentes, que, según todos los trascendidos, fue extremadamente cordial. Obama desplegó su célebre don de seducción política y Cristina se manifestó orgullosa por lo que escuchó.

Es cierto que ya en las anteriores votaciones, previas a los sucesos de Cannes, el Departamento de Estado libró una batalla perdidosa con la Secretaría del Tesoro sobre el trato a la Argentina. Uno es la Cancillería y el otro es el Ministerio de Economía. La Secretaría del Tesoro privilegió siempre la normalización absoluta de la economía del país de Cristina Kirchner. Esa línea de pensamiento significa que debería pagar cuanto antes las deudas (o refinanciarlas) con el Club de París, con las empresas que ganaron los juicios en el Ciadi y con los bonistas que todavía están en default.

El Departamento de Estado prefiere ganar un eventual aliado en varios frentes diplomáticos antes que sumar un indignado. La cartera de Hillary Clinton fue la que abogó para que se hiciera la reunión bilateral de Obama con la presidenta argentina, aunque la secretaria de Estado no pudo concurrir. Su anciana madre murió justo en esos días. Aunque no se habló del tema, un conflicto es primordial para la relación de los Estados Unidos con la Argentina: Irán. En Medio Oriente comienzan a verse preparativos de guerra, sobre todo de Israel para destruir los arsenales nucleares iraníes.

Es poco probable que el gobierno de Obama aspire a otra guerra cuando está saliendo de casi todas las que heredó de George W. Bush. Una dura acción diplomática norteamericana, que podría demorar la opción bélica, necesita aliados. La Argentina es un aliado especial frente a Irán. Mientras el régimen de Teherán es potencialmente peligroso para muchos países occidentales, la Argentina es la única nación del mundo que puede mostrar pruebas de que Irán ya fue peligroso.

La justicia argentina (un fiscal especial y varias instancias judiciales) concluyó que el gobierno de Irán fue el que inspiró y financió el criminal atentado contra la AMIA, hace 17 años, que mató a 85 argentinos inocentes. El gobierno de Irán, debe consignarse, desmintió siempre esa versión de los hechos.

El Departamento de Estado gana en los gestos y la Secretaría del Tesoro se impone en los actos. La prioridad para el Tesoro es que los argentinos les paguen a las empresas que ganaron juicios en el Ciadi. El Club de París está en poder de europeos más que de norteamericanos. Los bonistas tuvieron, después de todo, dos oportunidades para refinanciar la deuda del gobierno argentino y no aceptaron ninguna de las dos. La posición del gobierno de Cristina Kirchner de alargar el pago a aquellas empresas que denunciaron una ruptura de contratos preexistentes deja, en cambio, sin argumentos a los funcionarios norteamericanos.

El gobierno argentino venía sosteniendo que la resolución del tribunal del Ciadi debía pasar previamente por jueces argentinos para tener vigencia. Es decir, las empresas en cuestión deberían pedirles a jueces argentinos la ejecución de las sentencias internacionales. Ni las empresas ni el gobierno norteamericano aceptaron nunca ese punto de vista. Si los casos recayeran en magistrados argentinos, dijeron, se rechazarían los acuerdos previos que reconocen a los tribunales del Ciadi como la instancia en la que se resuelven los conflictos entre los gobiernos y las empresas extranjeras. La controversia se planteó en Cannes, pero no hubo otra resolución que el compromiso mutuo de seguir analizando la cuestión.

Para peor, en los mismos días en que Obama se reunía con la presidenta argentina un influyente diario norteamericano, The Washington Post, hacía una muy severa crítica de la gestión económica de Cristina Kirchner. El lobby de las empresas y la opinión de uno de los diarios con más predicamento en Washington dejaron seguramente a un Obama débil sin margen para cambiar decisiones que estaban tomadas antes de su viaje a la Riviera francesa.

El dato de ayer no es relevante por los montos en cuestión, sino por el mensaje que lleva implícito. Construir una relación nueva con la Argentina, como la que se plantea Washington, es una tarea llena de contradicciones y también de avances y retrocesos. Quizás nadie le dijo a Cristina Kirchner que las palabras amables de Obama que la deleitaron eran sólo el principio de algo que todavía no sucedió.

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