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La fama que perdió la Reina del Plata

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22 de febrero de 1998  

"Como usted comprenderá, si soy identificado lo voy a negar", respondió con una diplomática sonrisa un miembro del Cuerpo Consular de Buenos Aires, entidad que agrupa a los cónsules extranjeros en nuestro país. Sus palabras se vinculaban con las denuncias que los miembros de la entidad reciben de sus connacionales, que en esta ciudad son objeto de robos de variados estilos.

Son los cónsules los que deben dar pasaportes transitorios y muchas veces ayudar a pagar hoteles y lidiar con las compañías de aviación, cuando a sus connacionales les roban los pasajes.

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No es una queja ni una añoranza de cuando a nuestra ciudad alguien la llamó, algo pomposamente, la Reina del Plata. Así como ya nadie se acuerda de "la avenida más ancha del mundo" (9 de Julio) ni de "la calle que nunca duerme" (Corrientes), tampoco nadie se atreve a hablar de la seguridad.

Hay que sumar los hechos que se exponen a continuación a los treinta y tantos robos a diplomáticos denunciados en los últimos meses. A mediados de 1997, el entonces jefe de la Dirección de Asuntos Consulares, Gerardo Biritos (hoy embajador en la India), invitó a comer a un funcionario de los EE. UU., que había venido por gestiones sobre los pasaportes, a un restaurante muy elegante de la calle Ayacucho.

Al promediar la comida, tres individuos con armas en ristre entraron en el local y recolectaron carteras, joyas y relojes de los comensales. "Felizmente el mío era de esas imitaciones de 10 dólares", confesó Biritos.

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El otro robo en el ambiente les tocó a funcionarios bolivianos que preparaban la reciente visita del presidente Banzer. Se dijo en la Cancillería que fue en el restaurante Las Nazarenas.

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Pero los ladrones parecen tener preferencia por la madre patria. El 30 de septiembre, tres horas antes de partir para Ezeiza de regreso a su país por haber finalizado sus funciones aquí, el agregado de Defensa de España, Adolfo de la Lama, fue a pasear por Florida. Quería tomar "el último café" y recorrer esas "callecitas de Buenos Aires".

Luego caminó hasta Lavalle y Cerrito y subió a un taxi con destino a la embajada, de donde debía salir para el aeropuerto. El taxi tomó el camino por detrás de la Facultad de Derecho y subieron dos sujetos que le exigieron lo que tenía de valor: además del reloj y del anillo de boda, los últimos 25 pesos argentinos.

Acaso una despedida para nunca olvidar. El otro hecho le ocurrió a Fátima Mendoza de Iribarren, esposa del consejero de información de la misma embajada, que fue saqueada y encerrada en la cocina, junto a un grupo de amigas, en el conocido robo al restaurante Dolli.

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La emoción del presidente de Bolivia, general Hugo Banzer, en el agasajo que le ofrecieron hace pocos días en el Colegio Militar, donde había estudiado, estuvo a punto de llevarlo hasta las lágrimas. Después del recibimiento con un recuerdo de la Promoción 75¼, a la que pertenece, lo llevaron al cuarto que ocupó en el instituto, donde se hallaban los compañeros con los que lo compartió. El embajador argentino en La Paz, Alejandro Mosquera, recordó, entre otros, a los entonces cadetes Rizzo Patrón y Leoni Houssay.

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Las cosas buenas vinieron por partida doble para Zelmira Regazzoli: su designación como embajadora en Bolivia y su elección para integrar el Comité contra la Discriminación de la Mujer, de la UN, donde superó a candidatas prestigiosas de otros países.

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