La meta más difícil vuelve a ser la confianza

Jorge Oviedo
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30 de diciembre de 2001  

Por primera vez en mucho tiempo, Adolfo Rodríguez Saá apareció anoche en público sin su característica sonrisa para dar un breve mensaje que aportó mucha menos información que la que la ciudadanía estaba esperando.

El Presidente pareció -aunque tal vez no haya sido ésa su intención- centrar toda la responsabilidad del descontento social en el "corralito" bancario y en las enormes dificultades que las entidades financieras tienen para atender a sus clientes y a los jubilados.

Rodríguez Saá da señales de que está convencido de que el descontento de los ahorristas porteños es la mayor causa del cacerolazo con el que la clase media de la ciudad de Buenos Aires empujó la primera crisis del gabinete antes de que cumpliera una semana en el poder.

Es verdad que la restricción al retiro en efectivo de los depósitos y el feriado cambiario fueron la gota que rebasó el vaso de la paciencia ciudadana con el gobierno de Fernando de la Rúa.

Pero no es menos cierto que, en pocos días de gobierno, el actual mandatario pareció acumular más desaciertos de los que el más que sensibilizado ánimo de los argentinos está dispuesto a tolerar.

En materia económica, las más que imprudentes especulaciones oficiales sobre la tercera moneda fueron el tiro de gracia para la poca actividad que aún resistía en el sector.

Los operadores se alarmaron con toda razón cuando se enteraron de que podrían retirar todos sus depósitos, pero "en argentinos, al tipo de cambio del día", contra el peso o el dólar.

Eso significaba el retorno al más feroz e imprevisible de los controles cambiarios. ¿Por qué los exportadores iban a seguir haciendo envíos al extranjero? ¿Por qué los importadores iban a continuar entregando los productos con semejante incertidumbre?

Rodríguez Saá parece haber abandonado el proyecto de crear el argentino durante su gestión de gobierno que, en teoría, no debería durar más de tres meses. Tal vez, por esta razón la propuesta era resistida por economistas y legisladores.

Sin embargo, ese renunciamiento que podría ser una señal tranquilizadora no ha sido lanzado con la verborragia con la que se lo anunciaba cuando apenas era un más que precario borrador sin ningún respaldo teórico.

Un gobierno que debe actuar rápido y ahorrar en costos no debería recurrir más que a una ampliación de las Lecop, que no sólo ya están impresas y circulando, sino que además no requieren de un cambio legislativo fenomenal.

A la ciudadanía, aturdida por la multiplicidad de papeles que circulan como cuasi monedas, la bancarización obligatoria y las interminables gestiones en los bancos, pocas cosas pueden causarle más inquietud que tener que asimilar otro signo monetario.

Pero más allá de lo económico, la necesidad de Rodríguez Saá de renovar el apoyo de los gobernadores es toda una señal política.

Recuperar la confianza

Es el propio PJ el que parece obligarlo ahora a olvidarse de un proyecto que -más allá de la improvisación con que se lo manejó- parecía ser parte de una estrategia de alguien dispuesto a prolongar su ejercicio del poder presidencial.

La pretensión de derogar el “corralito” es por ahora un sueño imposible. En un sistema bancario no hay restricciones extrañas al retiro de los fondos sólo cuando se cumple con una condición imprescindible: que los depositantes no reclamen sus ahorros al mismo tiempo.

Fue la desconfianza en el gobierno de Fernando de la Rúa la que generó el pánico. Y aunque le resulte desagradable, Rodríguez Saá no puede negar que su aspiración de liberar a los depositantes de esta pesada cadena no es posible porque sus medidas no han logrado que se recupere la confianza. Y hasta parece que hubiera ocurrido lo contrario.

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