La película del paro que Woody Allen podría filmar

En el centro, fútbol, política y contrastes
Leonardo Tarifeño
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28 de junio de 2012  

La saga de turismo cinematográfico de Woody Allen comenzó con Vicky Cristina Barcelona , siguió con Medianoche en París y ahora continúa en A Roma con amor , de inminente estreno y anunciada con grandes carteles por toda la Avenida de Mayo. A lo largo del centro porteño, los pósteres del film compiten con aquellos para los que "el salario no es ganancia" y otros donde la imagen del prócer Manuel Belgrano aparece junto a una foto del matrimonio presidencial. El cruce es tan insólito que genera una pregunta: ¿cómo sería una película sobre Buenos Aires si el célebre realizador de Manhattan se animara a filmarla?

Una respuesta posible se vivió ayer alrededor de esos carteles. En Avenida de Mayo al 1300, mientras las columnas de eufóricos moyanistas avanzaban a paso firme hacia el acto convocado por su jefe, una larga fila de hombres y mujeres tanto o más enojados que los militantes sindicales impedía el libre tránsito de los peatones. Formados con disciplina de marine, unos cincuenta fanáticos de San Lorenzo dispuestos a todo por una entrada para el partido de hoy inquietaban a los extranjeros instalados en los hostels de la zona y sólo cambiaron su semblante cuando vieron que unos brasileños hinchas del Corinthians comenzaron una rara competencia de cantos y alegría con la manifestación que repudiaba el impuesto a las ganancias.

El Mercosur no servirá para mucho, pero al menos refuerza el vínculo entre los pueblos. Quizá por eso un sindicalista le prestó un bombo al paulista Marcos, quien por un momento dejó la cerveza que bebía en plena calle para improvisar una ruidosa loa al equipo brasileño que a la noche jugaba la final de la Copa Libertadores en la Bombonera. "Yo no sé si la protesta es válida, pero los brasileños tendríamos un país mejor si nos manifestáramos en la calle como los argentinos", dijo Marcos, poco después de devolver el bombo. Susana, que vende garrapiñada en esa misma esquina, agradeció el ¿piropo? del torcedor y devolvió la gentileza con un elogio musical: en cuestiones de percusión, le gustaba más cómo tocaba el brasileño. En todo lo demás, como aseguró minutos más tarde, no estaba nada de acuerdo.

Fútbol, sindicalismo, manifestaciones, desacuerdos, todos materiales para la película sobre Buenos Aires que Woody Allen podría filmar. Pero la realidad argentina incluye tantas caras que parece inabarcable, imposible de retratar con una única mirada. "Hoy vi mucha bronca, la señora presidenta no sabe lo que pasa en la calle -continuó Susana-. Hay mucha gente cansada de que le metan la mano en el bolsillo. Ayer ella hablaba de cooperativismo. Y yo, que ayer sólo me llevé 50 pesos después de trabajar todo el día, le pregunto: ¿cómo se puede compartir, si lo de uno no alcanza para nada?" A metros de Susana, el quiosquero Marcelo -quien vende el clásico La huelga , de Sergei Eisenstein, entre otras películas piratas- opinó en sentido contrario. "Yo sé que el reclamo es justo, pero no estoy de acuerdo con la forma -dijo-. Es una confrontación política: unos están de un lado, otros del otro, y nosotros en el medio. Y si estás en el medio, la única que te queda es laburar."

Para Leandro, cajero del restaurante español Plaza Asturias, "en días como hoy se pierde entre un 30 y un 40% de clientela; pero es algo que uno ya sabe, es normal". Acostumbrados a esa normalidad moldeada por el espectáculo cotidiano de la protesta y la manifestación, en la vereda del café Guayana, en Lima y Rivadavia, dos señores almorzaban tranquilamente entre el humo de las bombas de estruendo. Y en la pizzería Ugi's de al lado, mientras Moyano arengaba a los suyos no lejos de allí, un grupo de jóvenes pedía varias pizzas para esperar de la mejor manera el primer tiempo del partido entre Chacarita y Nueva Chicago. "Yo no entiendo mucho de política -aclaró, de entrada el quiosquero Víctor, de 27 años, que trabaja en la esquina de Corrientes y Esmeralda-, pero lo que veo es que estos sindicalistas ganan mucho mejor que yo y siempre quieren más. Con el paro, el dueño del quiosco se queja porque la mercadería no llega, la gente se queja porque la ciudad es un desastre y nadie sabe bien quién se beneficia."

Al final de Manhattan , Woody Allen enumera (y graba) una por una las razones por las que vale la pena vivir. Si hiciera lo mismo en su soñada película sobre Buenos Aires, cabe dudar si incluiría a la política como una de ellas.

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